Proveníamos de Ocaña mi hermano y yo, luego de un fin de semana deportivo y dulce, por una jornada de baloncesto amateur y el tan promocionado día del amor y la amistad. Nos embarcamos en un corsa rojo, conducido por un ex vendedor de frutas y verduras, dueño de unas manazas percudidas que exudaban olor a tierra húmeda. Con un cántico montañero, que curiosamente comparten los descendientes de los Hacaritamas y los motilones, nos confesó que le había tocado volverse pirata porque el otro negocio estaba muy malo. Pocas cosas pueden ser peor que cuando el pueblo deja de comer, pero en un pueblo que se ha vuelto esclavo de sus vanidades, rinde más con un carro que con un puesto de verduras, esa es la cruda verdad. Ya tengo yo ejemplos variados de aquellos que vendieron su alma pacífica por una camioneta y un apartamento en Chapinero Alto. Pero lo triste del cuento es que la gente cambia y la mayoría del tiempo es pa' mal, así lo iba pregonando el as del volante que solía escarbar en la tierra para alimentar a su familia y ahora bordeaba a 90 kph el sin fin de abismos que separan a Ocaña de Aguachica, por la módica suma de 10.000 pesitos por cabeza.
Los 119 km en aquel pajarito rojo, fueron un contraste entre el latente peligro de choque con alguna de las mulas que nos encontrábamos de frente y el paisaje más sereno que haya visto en mucho tiempo. Cualquiera pensaría que bajábamos del cielo, puesto que una cobija algodonada de nubes se posaba en el cuerpo montañoso de la cordillera y dejaba al descubierto sus verdes ápices, que enmarcaban el valle del Cesar. Fue como espiar la desnudez de las caderas de un mujer ancha y fértil. Finalizando el camino, ya caída la noche se ocultó la bella dona y dio paso al peligroso juego de luces, otra vez un padre nuestro entre los dientes para asegurar la llegada.
No se sí mi hermano, pero yo sentí un alivio certero al terminar con aquella hora larga de curvas pronunciadas e imprudencias suicidas en el descenso de la hermosísima cordillera oriental.
Atrás habíamos dejado el cielo y nos recibía el vaho denso de Aguachica. Las peripecias del destino nos obligaron a adentrarnos en las entrañas de aquel pueblo recalentado, debíamos tomar el bus en un terminal descuidado por el uso que se le da a aquello que poco interesa. Luego de confirmar nuestros tiquetes pasamos a la sala de espera en la que aguardaban varios viajeros, entre ellos lo que parecía ser un matrimonio de muchos años, de aquellos que han vivido las malas y las peores mas siguen juntos. Ella lucía un cabello corto y negro, que hacía juego con su rostro satisfecho y su blusa azul oscuro, además de unos ojos tranquilos y no más de sesenta años en su haber. Mientras que él llevaba ropas frescas, una cabellera blanca que le recordaba las siete décadas que reposaban sobre sus hombros y la dependencia orgullosa del hombre que ya no sabe vivir sin su esposa. Como a todos los arrieros su acento los delató. Mientras hablaban por celular con algún familiar sobre una moto que no usaron y su regreso a Medellín, los escudriñé disimuladamente, tratando de averiguar en sus gestos el secreto de la paciencia y la resistencia, los mismos gestos que recordaba en otros lados, otras épocas, pero que seguía sin entender. Evoqué una de mis citas preferidas, tomada del maestro Tolstoi en su querida Ana Karenina: Todas las familias felices se parecen entre sí, mas las infelices son desgraciadas en su propia manera.
Decidí terminar mis suposiciones sobre los desconocidos y centrar mi atención en el hambre que ya hacia mella, así que me separé de mi hermano en busca de algo más que papitas para comer. Poca suerte me acompañaba por lo que tuve que hacerme a un par de ponquecitos gala y más papitas. Justo cuando iba a pagar escuché los gritos desesperados de una mujer, un sudor frío cruzó por mi espalda al percatarme lo cerca que había dejado a mi hermano del sitio de donde provenían los gritos. Como si tuviéramos nueve otra vez, corrí con el corazón en las manos rezando para que mi hermanito nada tuviera que ver con el escándalo desgarrador que había convocado a todos los presentes en el terminal. Al llegar lo vi como un espectador más de la dolorosa escena que sufrían los arrieros.
El hombre que había visto con una escasa cabellera blanca, se había pintado de escarlata y bajo sus pies crecía copiosa una mancha de su sangre. Su esposa al lado no se parecía en nada a la mujer antes tan tranquila; ahora con ojos desorbitados y enrojecidos, una vena verdosa palpitante en medio de su frente y aquella boca abierta en un grito sin término. Los murmullos indicaban que mientras el hombre subía el equipaje en el bus, una maleta se le resbaló y cayó sobre su cabeza abriéndole aquella herida. Entre los chismosos y preocupados, apareció un policía desubicado que nunca supo como llamar una ambulancia, así que improvisó un taxi para llevar al hombre accidentado a un centro médico, mientras su esposa a punto de desmayarse iba arrastrando su cuerpo tras él.
Y es a ella a quien más recuerdo, cómo esa mujer parecía agonizar ante la sola idea de saber lastimado al hombre que amaba, cómo su mundo pareció volcarse con aquel segundo trágico. Irónicamente en ese momento deseé sentirme así, aquella entrega solo podía ser producto de una vida, una vida entera juntos.
Probablemente jamás sepa que fue de la suerte de los arrieros, pero aún hoy los recuerdo, esperando que aquel impase se quedara en una anécdota y nada más.