Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

viernes, 21 de agosto de 2015

Betulia

Betulia se dejó llevar al patio junto al lavadero. Allí mismo, improvisado hacía más de cuarenta años, se encontraba un cambuche con láminas de zinc aparentando ser una ducha. Creía recordar el disgusto con Argemiro por esta medida, que aún hoy le parecía inútil, ya que antes se bañaban con la ropa puesta y cada uno la lavaba, ahorrando agua, jabón y tiempo. Luego todos los harapos empezaron a pasar por sus manos. Una sonrisa se camufló entre los múltiples pliegues de su rostro, cuando pensó en ese otro secreto que llevaría a la tumba. Después de décadas fregando, al final solo remojaba y echaba jabón. Lo mejor del cuento era que le quedaba igualita que como saca la ropa la máquina esa, que un día casi se le come la mano. En ese baño, donde a cuento de totumazos y jabón de bola, logró despercudir las pieles ennegrecidas de hijos, nietos y bisnietos, veía las láminas opacas y marrones con mordiscos en los bordes inferiores; pues el agua aunque sin dientes, iba rematando poco a poco los escudos sinuosos y brillantes del otrora, a punto de derrumbarse pese a los refuerzos de alambre y cabuya que alguno de sus bisnietos había instalado.

Ya eran tantos sus descendientes que había olvidado los nombres y optaba por llamarlos mijo o mija, así nunca se iba a equivocar. A otro de esos genios se le ocurrió amarrar un pedazo de atarraya en lugar de poner el techo en la ducha. Solo para pretender resolver el conflicto casi bélico que se cernía entre los suyos y el árbol de mango de los Manjarrés. Habían llegado a comprobar que los mangos caían si alguien estaba bañándose. El problema era que el majestuoso árbol no distinguía de caras y un día su ataque cobró la nariz de Argemiro, el patriarca. Ese día le tocó arrastrarlo por el riachuelo mugroso que salía del lavadero, se obligó a mirar sus pies para así evitar desvanecerse por la impresión de la sangre empozada en su ombligo. Ninguno de sus hijos estaba en la casa y fueron los vecinos quienes llegaron en su auxilio, cuando lo llevaba por el pasillo que conecta la cocina y la sala. Al ver a dos hombres de esos levantando el cuerpo desmayado de su marido, pensó que al menos no se le había muerto en las manos. Con extrañeza, sintió una de las bocanadas de alivio más representativas de su vida, solo comparada con ese momento cuando la partera le decía ya puedes bajar las piernas.  

Así eran sus pensamientos ahora, escurridizos, volubles. Le era imposible rastrear un recuerdo y ni qué decir de las trayectorias que transitaban hasta llegar a su cabeza. Por eso, no hacía ningún esfuerzo en recordar por qué la sacaban tan temprano de la cama y  la llevaban al patio junto al lavadero. 

Se dejó llevar y hacer, con la misma docilidad de una hoja navegando en la corriente de un riachuelo, sin preguntar, solo porque sí. Además, todas esas atenciones tenían sus ventajas, después de tanto vivido, andar pidiendo favores pesaba más que la carne flácida que le colgaba por todas partes. Siempre fue del pensar que cada uno sabía lo que tenía que hacer y si era muy lelo se le debía decir una segunda vez, la tercera ya era necedad. Así había enseñado a sus alumnos, durante los 67 años que tuvo la escuela de un solo salón primero, en la sala de su casa y de dos salones después cuando Argemiro le construyó un quiosco en el patio.

La maestra Betulia, como la conocía todo el pueblo, empezó enseñándole los números del 1 al 100 a sus propios hijos. Hasta el 100 era suficiente. El billete de mayor denominación era el de 5 pesos y ella pensaba que era un desperdicio ir más allá pues cuándo iban a tener esos niños tantos billetes como para contar más de 100. Después una vecina le pidió hacer lo mismo con los de ella y para cuando los niños se aprendieron los números, le tocó aprender cómo se escribía el padre nuestro. Y le quedó gustando tanto que un día a secas le dijo a Argemiro: Voy a ser maestra. Sin más, como si le estuviera diciendo: Me llamo Betulia López. Y tan contundente fue, pues Argemiro supo que no debía preguntar nada.

Fueron casi siete décadas, rodeada de caras pequeñas, redondas, chillonas y empatadas de caramelo.  Algunos tan ágiles que le costaba mantenerles el paso en la enseñanza, otros parecían piedras de las pesadas que no servían ni para tirarlas lejos; y la mayoría, esos ubicados en el ni si, ni no. Sin embargo, a todos los había acogido. Los niños como los parásitos, consumían toda su energía y se le había ido la vida en ello. No le importó.


Así como tampoco le importó verse emperifollada con un vestido que no era de ella, un mono impecable que en otro cuerpo seguro se veía elegante, en el suyo era como una sábana con forma de sábana; o que le pintaran el rostro y le metieran esas masas pegajosas dentro de las grietas de su piel, ni el amarradijo en su cabello tratando de ocultar con estilo obispal las franjas peladas y relucientes de su cráneo. Por eso, solo atino a sonreír cuando vio su cuerpo acomodado milimétricamente en el féretro caoba; que hijos, nietos, bisnietos y estudiantes consiguieron, para enviarla al más allá con extrema e innecesaria comodidad. –Ya era hora– pensó. Y volvió a sonreír.