Betulia
se dejó llevar al patio junto al lavadero. Allí mismo, improvisado hacía más de
cuarenta años, se encontraba un cambuche con láminas de zinc aparentando ser
una ducha. Creía recordar el disgusto con Argemiro por esta medida, que aún hoy
le parecía inútil, ya que antes se bañaban con la ropa puesta y cada uno la lavaba,
ahorrando agua, jabón y tiempo. Luego todos los harapos empezaron a pasar por
sus manos. Una sonrisa se camufló entre los múltiples pliegues de su rostro,
cuando pensó en ese otro secreto que llevaría a la tumba. Después de décadas
fregando, al final solo remojaba y echaba jabón. Lo mejor del cuento era que le
quedaba igualita que como saca la ropa la máquina esa, que un día casi se le
come la mano. En
ese baño, donde a cuento de totumazos y jabón de bola, logró despercudir las
pieles ennegrecidas de hijos, nietos y bisnietos, veía las láminas opacas y
marrones con mordiscos en los bordes inferiores; pues el agua aunque sin
dientes, iba rematando poco a poco los escudos sinuosos y brillantes del otrora,
a punto de derrumbarse pese a los refuerzos de alambre y cabuya que alguno de
sus bisnietos había instalado.
Ya
eran tantos sus descendientes que había olvidado los nombres y optaba por
llamarlos mijo o mija, así nunca se iba a equivocar. A
otro de esos genios se le ocurrió amarrar un pedazo de atarraya en lugar de
poner el techo en la ducha. Solo para pretender resolver el conflicto casi
bélico que se cernía entre los suyos y el árbol de mango de los Manjarrés. Habían
llegado a comprobar que los mangos caían si alguien estaba bañándose. El
problema era que el majestuoso árbol no distinguía de caras y un día su ataque cobró
la nariz de Argemiro, el patriarca. Ese día le tocó arrastrarlo por el
riachuelo mugroso que salía del lavadero, se obligó a mirar sus pies para así
evitar desvanecerse por la impresión de la sangre empozada en su ombligo.
Ninguno de sus hijos estaba en la casa y fueron los vecinos quienes llegaron en
su auxilio, cuando lo llevaba por el pasillo que conecta la cocina y la sala. Al
ver a dos hombres de esos levantando el cuerpo desmayado de su marido, pensó que
al menos no se le había muerto en las manos. Con extrañeza, sintió una de las
bocanadas de alivio más representativas de su vida, solo comparada con ese
momento cuando la partera le decía ya puedes bajar las piernas.
Así
eran sus pensamientos ahora, escurridizos, volubles. Le era imposible rastrear
un recuerdo y ni qué decir de las trayectorias que transitaban hasta llegar a
su cabeza. Por eso, no hacía ningún esfuerzo en recordar por qué la sacaban tan
temprano de la cama y la llevaban al
patio junto al lavadero.
Se
dejó llevar y hacer, con la misma docilidad de una hoja navegando en la
corriente de un riachuelo, sin preguntar, solo porque sí. Además, todas esas
atenciones tenían sus ventajas, después de tanto vivido, andar pidiendo favores
pesaba más que la carne flácida que le colgaba por todas partes. Siempre fue
del pensar que cada uno sabía lo que tenía que hacer y si era muy lelo se le
debía decir una segunda vez, la tercera ya era necedad. Así había enseñado a
sus alumnos, durante los 67 años que tuvo la escuela de un solo salón primero,
en la sala de su casa y de dos salones después cuando Argemiro le construyó un
quiosco en el patio.
La
maestra Betulia, como la conocía todo el pueblo, empezó enseñándole los números
del 1 al 100 a sus propios hijos. Hasta el 100 era suficiente. El billete de
mayor denominación era el de 5 pesos y ella pensaba que era un desperdicio ir
más allá pues cuándo iban a tener esos niños tantos billetes como para contar
más de 100. Después una vecina le pidió hacer lo mismo con los de ella y para
cuando los niños se aprendieron los números, le tocó aprender cómo se escribía
el padre nuestro. Y le quedó gustando tanto que un día a secas le dijo a
Argemiro: Voy a ser maestra. Sin más, como si le estuviera diciendo: Me llamo Betulia
López. Y tan contundente fue, pues Argemiro supo que no debía preguntar nada.
Fueron
casi siete décadas, rodeada de caras pequeñas, redondas, chillonas y empatadas
de caramelo. Algunos tan ágiles que le
costaba mantenerles el paso en la enseñanza, otros parecían piedras de las
pesadas que no servían ni para tirarlas lejos; y la mayoría, esos ubicados en
el ni si, ni no. Sin embargo, a todos los había acogido. Los niños como los
parásitos, consumían toda su energía y se le había ido la vida en ello. No le
importó.
Así
como tampoco le importó verse emperifollada con un vestido que no era de ella,
un mono impecable que en otro cuerpo seguro se veía elegante, en el suyo era
como una sábana con forma de sábana; o que le pintaran el rostro y le metieran
esas masas pegajosas dentro de las grietas de su piel, ni el amarradijo en su
cabello tratando de ocultar con estilo obispal las franjas peladas y relucientes
de su cráneo. Por eso, solo atino a sonreír cuando vio su cuerpo acomodado milimétricamente
en el féretro caoba; que hijos, nietos, bisnietos y estudiantes consiguieron,
para enviarla al más allá con extrema e innecesaria comodidad. –Ya era hora– pensó. Y volvió a sonreír.