Las
tres valquirias que conozco han podido sanar cualquier lesión o herida que
alguna vez haya sentido. Carmen, Libia y Nancy son las deidades generacionales
que me preceden y han levantado el más alto estándar en un arte que debo
confesar, no domino: ser Mujer. Esta historia es homenaje a una de ellas.
…
Carmen
fue guerrera por excelencia. Dueña de una osamenta menuda y a sus ochenta años
la energía que ya quisiera para mí. Su voz ligera y alegrona se mete como el
agua en las hendijas de los corazones más cerrados y logra endulzar hasta las
caras más amargas. Alguna vez me contó que se había convertido en negociante de
madera y hasta la selva había ido a parar, rodeada de hombres desesperados y
amenazados por la imprudente decisión de una mujer de escasos 1,50 cm de
estatura. Hoy se balancea entre las manos imprecisas y sobreprotectoras de unas
hijas de pocos acuerdos, que intentan apaciguar la llama viva asomándose en
unos ojos que ya no pueden ver.
Libia
nunca le tuvo miedo a nada, era cautelosa pero de temperamento férreo. Como lo
hacen todas las personas de buen corazón, no escatimó en la entrega de sus
pasiones, ni en la fuerza de sus anhelos, y menos aún en la contundencia de sus
despedidas. La acompañaba siempre la gracia de una belleza fresca, como pintada
por Monet en alguno de sus tantos jardines. El epítome de su seducción
descansaba sobre sus labios rojos, carnosos y sonrientes, en torno a los que
giraban sus ojos profundos, sus pómulos altivos, ese cabello negro cimarrón y
su nariz egipcia, faraónica. Fue la
primera de muchos hermanos, la segunda al mando después de Carmen y la única
para sus cuatro hijos.
Nancy,
la última de esos hijos, había sido producto de los amores afanados y salobres
que surgen en el sempiterno verano del Valle del Medio Magdalena. Fue
engendrada con el calvario de una infinita humildad que se expira por la piel y
sale por los ojos. Aun hoy es dueña de un cabello generoso, legendario, marco
de su rostro salpicado de pecas. Es dominatriz en la danza de caminar
contoneando sus caderas vastas y fértiles. Y su sonrisa calmada y transparente es
el sello inconfundible de todo el significado de la fidelidad.
…
Ese día
Libia y Nancy corrían juntas a lo largo de un paseo comercial en una ciudad que
parecía
bonita pero no lo era. Nancy, había pensado que esta vez verían a Carmen y su
corazón se alegró tanto que casi no durmió durante la noche. La decepción no se
hizo esperar al ver que se trataba de otra maratón de compras y ventas de las que
Libia ejecutaba majestuosamente mas pasaba desapercibida e inentendible para ella.
La pequeña de 8 años ajena a los afanes de su madre, miraba abstraída hacia
todos los lados, maravillada y aterrada de su entorno. Veía unas calles
abarrotadas de carteles batallando entre sí por llamar la atención de los
desatendidos transeúntes. Centenares de vociferadores apareciendo de la nada
justo detrás de sus oídos parafraseando una y otra vez lo mismo. Animales
desosegados y erráticos buscando un espacio para evitar las pisadas y
recostarse con la mirada perdida al igual que sus dueños. Aquellos dueños que
ya habían declarado rendición absoluta y esperaban sobrevivir tan solo una
noche más. El sin fin de olores nauseabundos fundiéndose en su piel como los
malos pensamientos, que para su edad no pasaban de ser: … ese señor debería
bañarse en lugar de estar tirado todo el día en el piso… otra vez este vestido
que tanto pica, mi mamá si es cansona… mi abuelita Carmen me quiere más…
Llevaba
sobre su cuerpo diminuto un remedo de vestido de novia de colores, incluso para
esa época abusaba en el uso de tul y encajes. Además a pesar de estar en una
ciudad con un clima más frio al de su pueblo natal, sentía que en cualquier
momento ardería en llamas. Y para colmo de males, sus pies iban casi descalzos
gracias a unas sandalias que, sin contemplación a su incomodidad, permitían la
acumulación de tierra entre sus dedos. No entendía por qué debía vestirse como
niña para recorrer aquellas calles en donde nadie se percataba siquiera de su
existencia, se sonrojaba al pensar que aún si anduviera desnuda lo más probable
era que nada pasara. Miraba de reojo a Libia, forrada con un vestido tan rojo
como sus labios, se acababa justo encima de sus rodillas para insinuar sus muslos
perfectos y arropaba una silueta por la cual la muchedumbre abría sus entrañas
para permitir su paso, empero se cerraba para golpear a Nancy.
No
era su primera vez en aquellas calles, mas como la primera vez sentía sobre su tierna
piel el temor de ser un grano en una tormenta de arena, se aferraba como el hambre
a las manos de su madre, esa fue la primera regla. La segunda rezaba que si llegaba
a perderse debía refugiarse en lugar seguro, las referencias iban desde una
tienda hasta una iglesia. Y la tercera, la misma que usó con sus propios hijos: No debes hablar con desconocidos. Como a cualquier niño de su edad, aun la
inocencia le conducía a creer que los derechos y deberes eran universales, y
las reglas aplicaban para todos. Tal vez por ello le pareció tan extraño cuando
Libia se detuvo y la mano que la arrastraba empezó a derretirse.
La
vio levantar la otra mano, en la que llevaba todo lo demás, y volteó su mirada
en dirección a la acera opuesta donde un hombre respondía con el mismo gesto.
Llevaba un maletín negro gigantesco impedimento de su movilidad, su vestuario
no destacaba en la pasarela en la que el resto del mundo seguía transitando,
excepto por los tres. Era un hombre alto y fornido, claro como el alba, sonreía
sin disimulo mientras atravesaba la calle. Las saludó con un sonoro buenos días
y un apretón de manos para Libia, quien a su vez le respondió diciendo: Esta es
Nancy. Pasados los saludos de cortesía, aquel hombre las invitó a una panadería
esquinera, caminaron en silencio. Al llegar, el bendito olor del pan se metió hasta
el alma de Nancy, imaginó comerse todos los postres del mostrador, se sentó al
lado de su madre, frente al espacio vacío justo a un costado del desconocido.
Escuchó sin oír una conversación como la de los adultos: aburrida y enredada.
Contó las vueltas de un reloj ubicado a lo alto de la pared del fondo, mientras
esperaba la llegada de aquello que Libia había pedido para ella. Entendía las vueltas
como minutos, aun cuando seguía sin poder leer la hora. Minutos eternos en la
agonía de saborear la fuente del aroma embriagante que la abrazaba, limpiando
los hedores de la calle.
Al terminar
de comer, salieron nuevamente. El encantamiento había terminado y otra vez su
vestido se humedecía sobre su piel. Seguían caminando junto a ese señor de olor
a limpio y hablado pausado, como si pidiera permiso con cada palabra. Llegaron a una zapatería de
esas brillantes que cuando corría junto a Libia no alcanzaba a ver bien y en
las que nunca entraban. Cada zapato de aquel sitio costaría lo mismo que una
casa, cavilaba. Libia le indicó tomar asiento en una de esas butacas que en lugar
de patas tenían espejos. En ellos podía ver claramente la mugre de sus
sandalias, e intentó limpiarla con un pedacito de servilleta de la panadería.
Justo en ese momento escuchó la risa amigable de aquel hombre que todavía
seguía con ellas mientras le decía: Tranquila, no están tan sucias. Bajó la
mirada rápidamente porque seguía cumpliendo la tercera regla y dejó a Libia quitarle
las sandalias. Una vez sacudidos los pies, Libia le preguntó: Mamita, cuáles te
gustan más?. Le señalaba dos pares de zapatos ubicados justo en la mesa
contigua y previamente seleccionados por ella. El primer par, otras sandalias
con pepitas de colores y tantas correas que le obligaron a pensar en amarrárselas
como contar árboles en un bosque. El segundo par eran unos zapatos de charol. Los
vio tan negros y brillantes como el cabello de su madre. Eran incluso más
bonitos comparados con los zapatos que llevaban sus amigas a la escuela y que tanto
miraba de soslayo deseando probárselos. Levantó su mano derecha y apuntando con
el dedo índice, los señaló. Lo
siguiente que escuchó fue a su madre diciendo aliviada: Esos son los mejores y
te sirven para ir a estudiar. Aunque los sintió un poco duros al levantarse,
los admiró y pensó en no volvérselos a quitar nunca más. Respondió
afirmativamente al cuestionario de Libia y finalmente aceptó quitárselos y
volver a las sandalias con la promesa de usarlos al llegar a casa. Se
quedó sentada mientras seguía con la mirada a aquel hombre que tomaba los
zapatos y se acercaba al mostrador, no los perdió un segundo de vista mientras
la señora del almacén los envolvía en una caja y después en una bolsa, para por
fin volver a sus manos, de las manos del señor.
Justo
al salir de la zapatería, escuchó el ritual de despedida de los adultos que la
acompañaban. El hombre se inclinó a la altura de su cabeza y le dijo: Pórtate
bien y cuida a tu mamá. Lo vió atravesar de nuevo la calle y adentrarse entre
la multitud. Levantó la mirada y esperó pacientemente a que Libia iniciara la
marcha. Antes de que eso ocurriera, ella bajó el rostro y buscó sus ojos, le
sonrió preguntándole: Te gustaron los zapatos?. Nancy asintió con la cabeza. Luego
la escuchó decir: Ese era tu papá.
Volvió la mirada buscándolo otra vez, pero ya se había ido.
Fue la primera vez que Nancy vio a su padre.
Después de casi medio siglo continúa esperando por la segunda.