Agua dulce corre por mis venas,
mirada serena entre cielo y río,
nada más sonrío al imaginarme sirena
presa en el placer frío del agua en mi piel morena.
Porque soy de agua dulce, hija de río
hermana de islote, mujer de sol
el viento ribereño es mío, yo soy suya, somos los dos.
Amante de verde que se refleja en mi senda
yo soy la cena fresca de agua de río,
con él o ella brillo pues soy verbena
y en cada brazada vivo,
también esquiva y también ajena.
EL LABRIEGO DE PALMA
Abiertos sus ojos, dispuesto humilde el corazón,
adiós dulce Morfeo, buenos días al trabajo,
las gracias al dueño y señor, con toda razón
porque ha levantado al que venía de abajo.
Comienza la jornada aun en penumbra,
es la luna quien afable custodia la partida,
ninguno a esta hora se acostumbra,
atento en la llegada a la orden impartida.
Verde, el aire húmedo cargado de rocío, verde
entre hileras de palmas símbolo del futuro,
fruto naranja aunque contrasta se pierde,
no así, la mueca recia que sabe de trabajo duro.
Y tímidos se asoman los primeros destellos que toman
irregulares formas, brillante aljófar sobre las hojas,
millones de hojas en miles de palmas en perfecta alineación,
creando largos caminos de tierra húmeda y fresca imaginación.
Sale raudo el cazador de racimos, grito de batalla: a lo que vinimos.
Afiladas sus espadas, todos concentrados la labor ha comenzado.
A lo lejos solo las deudas son abismos que perturban lo que vivimos,
aún más próximas están las sonrisas retraídas y el cuerpo cansado,
porque pesa la vida y los años se entrevén en los ojos,
mas el alma es liviana y flota entre grillos y dianas,
escucha azulejos e incluso el gallo de la finca a lo lejos
y el espíritu descansa pero nada le amilana.
Así transcurre el día, manchado de tierra, risueño,
envuelto en sudor sucio y brillante que corre incesante,
contando el sonido seco de los racimos al golpear el suelo.
Satisfecho, la labor ha concluido es hora de marcharse.