El calor de la tarde no dio tregua. Estaban todos reunidos bajo el mismo techo que albergaba tantos años y memorias. Cada lámina contaba una historia o dos. Vendavales, jugarretas, visitantes, momentos inolvidables y odiosos al rememorar. Esa casa gritaba secretos que agrietaban las pasarelas impecables que habían construido sobre su pasado. Y temiendo al vértigo que suponía mirar hacia abajo, se dedicaron a ignorar los aullidos del otrora y se ocuparon en comentar la crudeza del clima. -El calor de la tarde es insoportable, deberíamos cambiar la hora o la gente no va a asistir-, dijo uno de ellos. -Tal vez es mejor que no venga nadie, así podemos salir de esto más ligero-, le respondieron.
Se disolvieron las horas entre ires y venires. La caída de la noche en poco había contribuído para desplazar el sopor del atardecer. Las generaciones más jóvenes revoloteaban buscando distraer el tedio. Ellos continuaban esquivando los lazos que los unían como hermanos y mantenían con admirable recelo interacciones distantes y vanas; mas ninguno se atrevía siquiera a mencionar la presencia del cadáver puesto con extrema delicadeza sobre la cama del segundo cuarto.
Eustorgia vivió 83 años incompletos, prestados y compartidos. Murió días antes de su cumpleaños, tuvo su primer hijo a los 14 y le regaló sus sueños al río. Se empezó a quedar sola desde que nació. Su madre murió durante el parto y nunca conoció a su padre, fue su abuela quien se hizo cargo de ella en los primeros años, después también se fue. Tal vez por esa historia de despedidas obligadas se entregó sin miramientos al primer hombre que le brindó compañía. Aunque él también partió antes de lo esperado, dejándola con una casa y 11 hijos improvisados. Había vivido sus últimos años aislada en aquella casa monumental, con ventanales oponiéndose a los rayos de luz, capas de polvo acumulándose sobre las bailarinas de porcelana, centenares de manchas raizales y mohosas sobre las paredes, pedazos de baldosas que batallaron contra la maleza, y los benditos roedores e insectos como inquilinos asiduos, siempre estuvieron allí. Su enlace con el mundo se limitaba a una sobrina nieta que le llevaba comida y otros neceseres de cuando en vez, comprados con las limosnas de los vecinos y las monedas que sus hijos enviaban; junto con las cartas que ya no leía para compensar las mentiras con ausencia, pues le parecía menos dolorosa. Fue una mujer áspera de corazón coralino, crió a sus hijos con firmeza, sin contemplaciones, convencida que la vida no regalaba nada y el tiempo inmutable pasaría sin dilación. De sus enseñanzas germinaron cuatro profesores, dos enfermeras, un agrónomo, dos panaderos y un cantante, que siendo el menor se le fue saliendo de las manos. Emanuel se le ahogó el día que cumplió tres años. Los otros migraron del hogar antes de cumplir la mayoría de edad, con resentimientos y recuerdos para olvidar. A Toya ninguno la entendió y la fueron dejando desvanecerse en la hediondez de la soledad.
El día que murió Emanuel, salieron temprano con el indio, dos gallinas, una pata de vaca y otras tantas cosas más para un sancocho de río. En una canoa hicieron varios viajes hasta que todos quedaron en la playa a mitad del Magdalena. Las mujeres acomodaron los trastes, mientras que los hombres arreglaban una enramada para protegerse del sol, luego armaron una pelota de bolsas y empezaron a jugar en la arena. Terminando todos de comer, llegó la hora del baño. Toya se despertó con los gritos. Al llegar a la orilla Marina llamaba, sin fortuna, a Emanuel; todos sus hijos varones estaban sumergidos buscando, pero Emanuel nunca salió. Toya supo por Marina que Emanuel se soltó de sus brazos y caminó unos cuantos pasos antes de hundirse, y a pesar de que Marina, experta nadadora saltó para agarrarlo, sintió el hueco y la fuerza de la corriente que por poco arrastra con ella también. Toya no dijo nada. Se había sentado en el borde sin tocar el agua y contemplaba pasmada las labores de búsqueda de sus hijos. Emanuel se había ido. Cuando cayó la noche les dijo que se fueran en la canoa y se quedó sola en medio del río, envuelta en una noche irónicamente estrellada. Estuvo en aquella playa durante siete días y siete noches. Lloró y gritó desesperada, nostálgica, aterrada, sin sentido, huérfana de su hijo. Ese hijo amado que de haber crecido terminaría aborreciéndola tanto o más que los otros, ese hijo que arrancaba dientes de león y se los enredaba en el cabello mientras dormía. El amor de Dios ya no estaba con ella.
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La ceremonia de defunción fue corta y simple. Al templo solo asistieron cuatro personas además de los hijos; tres vecinos y la sobrina nieta; solo ella lloraba. Su llanto se mezclaba con el ruido de los abanicos y las palabras perezosas de un cura afanado por ir a dormir la siesta de medio día. En la procesión al cementerio tomaron el camino más corto. El ataúd parecía perder peso al avanzar y el sol fue abrazado por una nube que permitió cerrar las sombrillas. La gente en el pueblo estaba acostumbrada a ver cortejos escandalosos, con coronas imposibles de cargar y cánticos entristecidos; nada de esto acompañaba a Toya en su último recorrido. Al llegar al campo santo, fue la sobrina nieta quien los guió hasta un punto recóndito detrás de los samanes que ya habían asaltado tumbas olvidadas. Todos los hijos quedaron perplejos al darse cuenta que la cripta que se disponía a ser el destino final de Toya, estaba rodeada de cientos de dientes de león, tan amarillos que incluso a la luz de ese sol opaco, parecían tener pétalos de oro. Los inundó una nostalgia sobrecogedora que desarmó sus puentes y se lanzaron en caída libre al torrente de los recuerdos. Empezaron a narrar su pasado con cuentos encantados, en los que Toya era una amazona abnegada y luchadora. Por fin podían ver la luz en todo su espectro, y lloraron y rieron durante siete días y siete noches.