Caminando cerca del cielo

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Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

lunes, 9 de noviembre de 2015

El sentido común

Todo empezó con la alharaca de Mirta, tras el estruendo de olletas y calderos proveniente de la cocina. Mirta era la muchacha que hacía tan solo un par de días había empezado a trabajar en la casa, era risueña y brillante en su negrura. Se la pasaba silbando una canción que nadie conocía y que parecía tener eco en el cacareo de las gallinas criollas de mi abuelaDinaAun no pasaban las seis de la mañanapor eso Mirta se encontraba sola prendiendo el fogón de leña en el que haría el café cerrero de mi abuelo Mañe. El primer día le había dicho: -Niña Mirta, apréndase una cosa, a mí me gusta el café negro como usted.- A lo que Mirta respondió: -Meno mal, poque a mítambié.- Y soltó una carcajada amplia que dejó entrever sus encías rosadas e hizo que un sismo arremetiera contra sus tetas descomunales

Mis primos y yo fuimos los primeros que aparecimos en la cocina. Era un cuarto con paredes de bareque y sin puerta; dos ventanas improvisadas que permitían la vista hacia el patio yhacia el interior de la casa de mis abuelos. Tenía un piso de tierra duro, que permanecía frío aun cuando el fogón estaba encendido. Una lámpara de petróleo en el centro, de la que brotaba una luz pobre y temerosa. Un almanaque de otro año con imágenes religiosas, que seguía colgado en la pared por el miedo generalizado a desatar una especie de catástrofe o maldición al botarlo a la basura. Dos mesones de madera en forma de ele forrados con papel periódico, de revistas e incluso de regalo. También había una mecedora, en la que la abuela Dina se quedaba dormida mientras preparaba la comida; siempre me sorprendió la forma en que lograba levantarse de un profundo sueño en el momento preciso, nunca se le había quemado nada. Y por último, el fogón. 

Vimos a Mirta encaramada sobre la piedra del fogón, gritando aterrorizada y señalando en dirección al reguero de tapas. Entre su español roído le alcanzamos a entender que algo le había pegado un juetazo y que estaba en la alacena del mesón. Mi papá Rigo, que aseguraba no temerle a nada, llegó con una linterna en la mano y se asomó escudriñando entre las ollas. Cuando de repente el indio de los sancochos salió disparado y le cayó en el pie. Mientras daba saltos en retirada decía: -Esa iguana parece un dinosaurio-. La siguiente aproximación fue por cuenta del tío Libardo, que acostumbraba a dormir en cuero y apareció con la toalla amarrada de la cintura, preguntando que cual era la bulla tan temprano. Le dijimos que había una iguana que tenía acorralada a la negra Mirta. –Negra bajate de ahí, que te vas a quemar-, fueron las palabras del tío a lo que Mirta le respondió: -Vení y me bajaj, pero yo no pongo pie en piso hataque ese lagatto no se haya ido-. Y tamaño problema encontrar a esa hora un buey que cargara con tanto peso, pensé yo. El tío Libardo se agachó y lanzó una tapa a lo profundo del anaquel. El animal se movió empujando los calderos y en su reacción el tío Libardo se cayó de espaldas, con tan mala suerte que al pararse se le enredó la toalla y quedó mostrando todos sus pecados a lospresentes. La primera en formar la algazara fue mi abuela Dina. Quien también había llegado a ver cuál era el cuento que conseguía el milagro de hacer que hasta el tío Libardo se hubiera levantado de madrugada. Todos estallamos en burlas y silbidos, resonaron los piropos y hasta lágrimas salieron del jolgorio que formamos. Sobre todo las lágrimas del primo Juancho, después del cocotazo que le pegó el tío Libardo por andar insinuando que tenía las nalgas como las de Mirta. Acto seguido, llegó Migue, el esposo de mi tía Julia, largo como el sermón de fin de año y flaco por obligación. Le habían diagnosticado osteoporosis, por lo que sus huesos no podían cargar más peso del que ya llevaban. Migue fue el más atrevido, se puso un saco en el brazo y lo estiró en dirección a la iguana. El muy salado, tanteó buscando la cola del animal pero lo próximo que sintió fue un latigazo cruzando por su mejilla izquierda y que le abrió un pequeño rasguño en la frente. Salió de la cocina maldiciendo a todo el mundo, iguana y negra por delante.  

Para ese momento ya hacíamos planes de sacar a la negra por el techo y clausurar la cocina. Estaban los marranos alborotados pues nada que aparecía el desperdicio como plato suculento para su engorde. La negra Mirta en su desesperación preguntó: -¿Aja y al fin cual ej el que me va a sacá?-. Los tíos se miraron entre Cada uno empezó a regarse en un pastoral de razones por las cuales estaba impedido para ejecutar esa misión. Al uno le dolía el dedo, al otro la cabeza, el otro sufría de la tensión, hasta de la religión se valieron con tal de no entrar en la cocina. Los tres tenían miedo y ninguno lo quería aceptar.  La abuela Dina que no hacía más que burlarse de lo que ella llamaba las ninfas de San Cristán, se levantó del mueble y se fue abriendo paso en dirección a la cocina. Nos empujó con sus caderas monumentales que entraban de medio lado en todos los asientos y pronunció las siguientes palabras: -Tanta hombría vuelve bruto a más de uno-. Extendió la sábana que llevaba en las manos y arropó a la iguana como si fuera un niño de pecho, la sacó de la cocina y se fue hasta el fondo del solar, donde sacudió la cobija y la iguana cayó como racimo de plátanos. Se quedó inmóvil mirando a mi abuela, cuando ésta le hizo un amague de volverla a arropar, salió espantada y se escabulló entre la maleza.   

Así pues, vimos mis primos y yo, que la seño Dina lo que más llevaba encima era sentido común. Se paseó entre los hombres de la casa con una sonrisa triunfal y sacó la olla del desperdicio para alimentar a los marranos.