-“Creí que yo era una buena persona”-. Dijo Evangelina en voz alta a sabiendas que nadie más que ella escuchaba esa verdad. Eran las 5:07 am, una hora extraña para programar el despertador, pero seguía rebelde ante las ataduras que indicaban que la hora de terminar el sueño debía ser en punto. Se decía que ella podía acabar con su sueño a la hora que quisiera y así lo hacía, sonreía al saberse inmersa en reflexiones tan fútiles.
Se había entregado a la faena
diaria con la ilusión que produce el último día laboral de la semana, en
cumplimiento estricto de la consigna: Mantén tu mente ocupada. Parecía lograrlo, hasta que el destino que desde hacía algún tiempo parecía empecinado en hacerle
la vida a cuadros, se atravesó en su mañana y se dejó tentar. Al final del día coincidiría con aquel hombre que neciamente ejercía un efecto seductor en
ella y del que ya sabía que nada debía esperar.
A punta de mentiras se dio el
valor suficiente para ese encuentro, o tal vez por un momento creyó tener la
fuerza necesaria para evitar sucumbir ante tal presión. ¿Pero qué tiene un gato
en su cabeza al pensar que puede hacerle frente a un tigre? Así que se subió al
carro y condujo.
Lo había conocido hacía un par de
meses. Desde el momento que lo vió, supo que su autocontrol estaba en función
de la distancia y por tanto mientras más lejos menos peligro, pero había sido
solo un pensamiento que decidió ignorar por instinto, ese instinto errático del
que se quiere equivocar. Como siempre buscó un paralelismo de aquel nuevo
personaje con algún libro que hubiera pasado por sus manos, esa mala costumbre
de estarlo comparando todo, como si sirviera de algo. Primero, intentó
reflejarlo en una versión un poco menos excéntrica del impredecible Zaphod
Beeblebrox, luego fue precisa y vió entre sus ojos a Tomás, el Tomás de Milan
Kundera y otra vez siguió su instinto. Atando
esos cabos que solo una mente con problemas logra enredar, recordó a Nietzsche
y su endemoniada idea del retorno eterno. Cavilaba insistentemente entre
aquella comodidad exagerada a su lado y la familiaridad con la que podía
conversar con él, como si fueran conocidos de toda una vida o quizás dos. ¿Apenas
llegaba o estaba volviendo?, se preguntaba una y otra vez. Mas esa no era la pregunta adecuada y pasó
mucho tiempo antes de hacer la única pregunta que era válida y que de haber
sido indagada en un principio le habría ahorrado varios dolores de cabeza.
A pesar de todo, ese día no hubo
escapatoria, no la quiso y se dejó arrastrar por remolinos de buenas
intenciones, no tan buenos deseos y poca fuerza de voluntad. Se entregó a la
más primaria de las emociones y se convirtió en una mujer de esas que tanto
aborrecía. Sabía que el amor no se manifestaba
en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a una
única persona, podía leer en los ojos de aquel, que nada tenía que ver con el
amor. Siempre esperaba lo mismo, cuando nada debía esperar.
Al despedirse de él se hundió en
un trance entre la euforia y la indecisión, no terminaba de comprender cómo en
ella podían coexistir esos dos seres tan diametralmente opuestos que ahora batallaban
en su interior. Había atentando de forma consciente contra su atesorada
integridad, no obstante la verdadera fechoría consistía en que aún no lograba
ponerse de acuerdo entre el arrepentimiento o la satisfacción.
Pasaron muchas horas antes de
resolver algo, lo que fuera. Se apeó a un lado de la vía; sin alzar mucho la
mirada sabía que estaba en el lugar perfecto, se regaló unos minutos para
contemplar: “Nunca me había gustado tanto el río", indiferente en decirlo o solo pensarlo. Tomó una hoja de la agenda que siempre llevaba consigo, en la que
consignaba las ideas más disímiles apuntadas por una misma persona, y escribió con letra minuciosa: No es por la
culpa, sino por los anhelos. Dobló el papel, lo dejó sobre la silla del
pasajero, guardó la agenda y revisó que todo estuviera en su puesto dentro de
aquel vehículo. Salió y cerró la puerta tras de sí, se aproximó a la baranda
del puente y saltó…
-“Creí que yo era una buena persona”-.
Grito Evangelina, rogando que alguien la escuchara, miró el reloj, eran las
5:07 am y tímidamente sonrió.