Se sentó en la silla número siete
porque, aunque no sabía leer, sí conocía los números. El bus le pareció de una
comodidad innecesaria y esquiva. Reparaba desconcertado, sin que se le notara,
todos los detalles, las personas, los ruidos, los olores. Se dio cuenta que
había quienes casi se acostaban sobre las sillas, mas no supo cómo reclinar la suya, estaba ya tan acostumbrado a sentarse sobre piedras o en el suelo que supuso
yacía en un trono. Viajaba solo, con un bolso negro de colegial que tenía
pintada la figura de una caricatura que no conocía y en el que llevaba una
camisa, un par de medias, un calzoncillo y el cepillo de dientes. Empacó como
había hecho todo en la vida, con exceso de practicidad. Su rostro era redondo y
matizado al sol. Tenía los ojos asimétricos por causa de un accidente de su
infancia que le dejó el párpado izquierdo caído encubriendo un ojo traslucido
por el que ya casi no veía y que le confería un aspecto defectuoso. En la
cabeza llevaba un sombrero de forajido, impoluto mas raído por el tiempo; se le
veían ciertos parches de un cabello liso nieve que desde antes ya era escaso. Su
porte encorvado y reflexivo, exhibía una delgadez que nada tenía que ver con su
apetito. Una persona común. Sin embargo, para cualquiera que en realidad se
hubiese fijado en él, lo que más le habría llamado la atención hubieran sido
sus manos. La desproporción con su cuerpo era notable, esas formas robustas y acorazadas
solo podían pertenecerle a alguien brotado de la tierra. Su camisa de rayas
pálidas lavada hasta la saciedad, le confería un color pálido generalizado. El
pantalón color excremento lo había escogido hace muchos años por los malos
consejos de una vendedora coqueta de su pueblo, solía verse y sentirse un poco mejor, ahora
le recordaba el cercado de ortigas que bordeaba el potrero de su hogar.
Los zapatos eran el motivo de su orgullo, le habían costado mucho. Cuando los
fue a pagar casi pierde la cuenta de cuántos jornales había tenido que trabajar
para hacerse a ellos; eran negros perfectamente lustrados, no parecían gastarse
nunca, solo los había usado en contadas ocasiones: cuando se casó, cuando se
murió su padre y para este viaje.
Su primer viaje lejos de su
hogar, para visitar a unos hijos comatosos y extraños con los que, si al caso,
logró cruzar un par de palabras. Le pareció curioso descubrir que tenía el don
de la invisibilidad cuando estaba con ellos. A Dios gracias ya regresaba,
cansado, pero inimaginablemente impaciente por volver a lo conocido, a lo suyo.
Lo suyo sin comparación, todo aquello que había sido siempre tan suficiente,
que no experimentó ganas de explorar más allá del portón de madera gruesa
pintada con brea que separaba lo suyo de todo lo demás. Regresaba con una
sonrisa exánime y la certeza de saber que lo de afuera le interesaba ahora
menos que siempre. Tanto ruido, tanto movimiento, tanto humo, completa desazón,
así vivían esos que decían ser sus hijos, como autómatas, sin sentido. Había
pasado muchos años de trabajo de la única forma que conocía, incansablemente,
para brindarle a sus hijos lo que otros llamaban un mejor futuro, en la ciudad,
como profesionales. Alcanzaba incluso a lamentarse por no haber sembrado en
ellos el amor por la tierra, por eso que todo lo daba, que a cambio pedía
esfuerzo y constancia empero florecía, fructificaba, alimentaba sin cesar.
Ahora que veía en lo que se habían convertido sus hijos, se entristecía en el
alma, con la humildad del que reconoce la escasez del otro y la culpa del que
se reconoce asimismo en abundancia.
En medio de su escrutinio sonó el
aparato que le obligaron a comprarse para estar en contacto con gente con la
que no le apetecía hablar. Solo hasta ese viaje le vio provecho a la cajita
negra que sonaba y no paraba por más botoncitos que se le oprimieran. Sentía
cierto halo de vergüenza cuando otros se volteaban exasperados por el timbre incipiente
y luego estentóreo que adquiría, que según él creía, era la forma que tenía el
celular de proclamar su exasperación por no ser contestado a tiempo. Luego de varios intentos, logró hacer que el
sonido se ahogara. Escuchó todo aquel que se encontraba en el bus, la voz de
una niña que se escapaba de la cajita negra preguntando: - ¿Quién habla? -. De
nuevo la misma sensación ignominiosa producto de no saber cómo reducirle el
volumen a la voz que escuchaba. Dudó un poco y luego contestó: - Es Marcelino -.
La niña lo saludó con cariño, era su nieta, le preguntó dónde estaba y cuando
volvía, le respondió corto y preciso de palabras. Luego se oyó el hablar de una
mujer de voz cansina que le dijo: - Marcelino, ¿está solo? -. A lo que éste
respondió: - Sí -. La mujer resopló: - ¿Por qué? -. Y Marcelino sin asomo de
resentimiento le dijo: - Porque estaban todos ocupados -. Ella continuó: - Más
bien porque ya no tienen tiempo para nosotros -. Marcelino se encogió de
hombros, como si la mujer al otro lado de la línea pudiera verlo y luego atinó
a balbucear: - No sé -. Cruzaron un par de frases más sobre la llegada y al
final terminaron con un inerte: - Que le vaya bien - y un - Igual - aún más
impersonal.