Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

lunes, 25 de diciembre de 2017

El químico

La fragancia de alcoholes aromáticos que se filtraba por cada hendija del laboratorio, provocaba en Rigoberto, el mismo éxtasis que un adicto siente al ingerir su anhelada dosis. Al principio le producía mareos, llego a pensar que era alérgico por la irritación que se revelaba en forma de picazón dentro de su nariz; pero como le había dicho el laboratorista que lo entrenó: “el tiempo lo acostumbra a uno a vivir como le toque”. Y después de 15 años terminó acostumbrándose, a tal punto que sin saberlo limpiaba los mesones más veces de las que era necesario y cuando no había prácticas apagaba los extractores. El laboratorio era pequeño; le fue heredado, luego de la jubilación de su mentor. Era su territorio y aunque no le pertenecía ni una espátula, se consideraba dueño de todo lo que allí había. El diseño del espacio era torpe, dos mesones ubicados en el centro que acaparaban toda el área y torpedeaban el tránsito, estantería a lo largo de las paredes conteniendo cientos de libros, manuales, partes de equipos, vidriería, un armario para almacenamiento de reactivos y un cementerio de equipos en lo que antes fue un baño. Como todas las instituciones del gobierno, la universidad contaba con un presupuesto restringido que se había venido a menos desde iniciado el Sitio, y que se manifestaba en las grietas de las baldosas del laboratorio, en la corrosión que se extendía entre puertas y ventanas y en los seis meses de retraso en el pago del salario de Rigoberto. El país se encontraba sumido en la tensión previa a un golpe de estado. El pan de cada día traía toques de queda, disparos, camiones de artillería patrullando las calles y silencio. Ya las personas no hablaban, las calles parecían desiertas, los vehículos que habían sobrevivido al asedio permanecían escondidos. Rigoberto era de los pocos que se atrevía a ir hasta la universidad y cumplir con su horario, más porque prefería la soledad de su laboratorio que la de su casa.

La madrugada de ese miércoles estuvo cargada de aviones fantasma que rompían la barrera del sonido, dejando a su paso un eco atronador. Rigoberto se levantó con un dolor punzante en el pecho, que le hizo dudar sobre presentarse o no en la universidad, al fin y al cabo, las clases estaban suspendidas. El espacio vacío de su casa tuvo la última palabra. Salió.

De camino a la universidad se tropezó con varios soldados que cargaban sus enormes maletines de guerra, los vio sin mirarlos, de la misma manera que ellos a él. Le sorprendió que debajo de esos uniformes azules de la fuerza nacional, se asomaban rostros asustados, de jóvenes que en otros tiempos habrían recibido clases en su alma mater.

Al llegar al edificio donde estaba el laboratorio, no encontró a nadie, tuvo que darse la vuelta para ingresar por una entrada auxiliar. Mientras subía por la escalera se asomó a una ventana y vio a un hombre que caminaba rápido, buscando refugio en un edificio cercano. El campus estaba especialmente desolado. Continuó su camino al espacio donde se sentía seguro. Cuando llegó al laboratorio, empezó su rutina diaria de limpieza y alistamiento de elementos para unas prácticas que no se realizarían. Sintió aumentar insistentemente los tiros, acompañados ahora con los estallidos profundos de artillería pesada. La punzada se extendió más aguda por todo su torso, tuvo que sentarse para controlar su respiración y limpiar la sudoración excesiva que recorría su rostro y emanaba de sus manos. Intentaba convencerse que no había nada que temer puesto que la universidad se había declarado territorio imparcial, reconocido por gobierno y oposición. Su corazón no le creía y seguía remontando desbocado. Volvió a asomarse por la ventana, pero esta vez se ocultó de inmediato, un grupo armado se dividía en la plaza principal para penetrar en los edificios contiguos, escuchó atento las indicaciones emitidas en gritos claramente audibles para todos los que como él se encontraban escondidos en aulas, oficinas y laboratorios. Por las palabras desalentadoras se enteró que la tregua entre los bandos se había terminado y que se perpetraba el golpe de estado por parte de la oposición. Luego un seco: “Maten a esos hijueputas”, vociferado a través de un aparato amplificador lo dejó inmóvil, pudo sentir un temblor que comenzó en la punta de sus pies y se extendió por todo su organismo. ¿Qué hacer? ¿dónde esconderse? ¿huir? ¿Enfrentarlos? ¿hablar? Podría explicarles que solo era un laboratorista, sin preferencias políticas, ignorante de partidos y que solo era químico.

Decidió esconderse en el cuarto de los equipos fuera de uso, la puerta estaba dañada, mas era el único sitio donde no le verían, si revisaban solo el área de los mesones. El espacio era muy reducido, por lo que sacó varias carcazas de viejos computadores para acomodarse, se sentó detrás de un cromatógrafo de antaño, un Emerson 400, que fue descontinuado y deshuesado para reparación de otros equipos más actualizados, en esos tiempos en los que era aprendiz. Permaneció callado, respirando con cuidado de producir el menor ruido posible, se sobaba el pecho con la esperanza de arrancarse el sufrimiento. Mientras tanto, de afuera seguía percibiendo órdenes, tiros, portazos, cada vez más próximos. Hasta que se oyó el primer chillido de una mujer, fue desgarrador, como un rayo que atravesara su ser, le dejó sin aire, exánime. Cubrió nariz y boca con sus manos empapadas, se entregó al llanto profuso que había intentado contener; la invasión del miedo aplastante ocupó todos sus pensamientos; ya no era él, sino la personificación del pánico quien se ocultaba detrás de aquella portezuela, irónicamente en lo que había bautizado como el cementerio, ese sería su último lugar.

Se acordó de su madre que le había hecho la vida imposible y a quien extrañaba más que a nada; de un hermano que no sabía si seguía con vida; de su padre que había sido un santo y de los peces que tenía en el acuario de su casa. Quién sabe cuánto tiempo sobrevivirían antes de empezar a comerse los unos a otros. Pensó en la supervivencia. ¿Sería capaz él, de hacer lo que fuera por mantenerse vivo? ¿Lo inundaría la adrenalina y atacaría para matar? ¿Podría luego vivir con ello? La puerta del laboratorio se abrió de golpe, se desplegó un vacío absoluto desde su ombligo que le produjo arcadas; por un momento creyó que su corazón se detenía, pensó que por lo menos así ni siquiera su corazón haría ruido alguno. Se mantuvo atento a los pasos sigilosos del visitante, le pareció escuchar que corría algunas sillas y cerraba las ventanas. Imaginó que su cuerpo se disolvería y el líquido recorrería las canales de las baldosas manchadas hasta llegar a las botas del asaltante. Entró alguien más. Atendió su conversación, atípica para la situación, hablaban sobre una película y sus personajes. ¿Qué escasez de escrúpulos les permitía perpetrar un asesinato platicando como cuando se desayuna o se toma el té? Hacían parte de un conflicto en el que transmutaba el concepto de supervivencia, las personas dejaban de serlo cuando se trataba de llegar a extremos políticos o de religión, y cuando la propia vida estaba en peligro. Siguieron departiendo. Entretanto, la circulación de la sangre se tornó problemática para Rigoberto, no podía sentir sus piernas, el dolor de su pecho se ensanchó hasta su espalda y cuello, el nudo en su garganta amenazaba con explotar estrepitosamente. Los minutos se dilataron volviéndose eternos, mas esperó paciente, por lo menos habían dejado de buscar y solo charlaban. –Hay que continuar- fue la clave que le sugirió que ya se iban, ambos hombres salieron del laboratorio, siguió esperando hasta quedarse dormido. Cuando se despertó, la noche reinaba, se mantenía el ajetreo militar con su sonoridad característica. Caviló lo que pensó fueron horas, entre si salir o quedarse allí para siempre. Primero dejó caer una caja de guantes para asegurarse de que nadie le escuchaba. Al no obtener respuesta decidió irse. Tuvo que ayudarse con las manos para estirar las piernas y arrastrarse hacia la portezuela, sus movimientos eran calculados, pausados y tan precisos como los calambres así se lo permitieron. Dio vuelta a la manija de la portezuela, logró abrirla en su totalidad y empezó a deslizarse hacia afuera, se acercó a una silla y mientras intentaba ponerse en pie, escuchó la voz penetrante de un hombre preguntando: ¿Usted quién es?

Se cayó de bruces, su cuerpo se entumeció, perdió control de sus esfínteres y sintió la tibieza de la orina humedecer su pantalón. El hombre había regresado por un casco que había dejado sobre un mesón. Era alto y gordo, el pasamontaña que llevaba solo mostraba unos ojos enrojecidos. Se acercó mientras apuntaba con el arma y preguntó por otra vez. Rigoberto concentró las fuerzas que reunió en el momento, balbuceó: Rigo; yo solo hago cromatografías. El hombre armado se quedó fijó en él a través de la mirilla de su fusil. Rigoberto bajó su cabeza y descansó su mejilla en el suelo frío. No había esperado lo suficiente, si se hubiera quedado escondido, si aquel hombre no hubiera olvidado su casco; ya no había tiempo para lamentaciones y regresaron las lágrimas a sus ojos y sollozó como un niño. Era el momento.

¿Rigoberto? Se interrumpió el mutismo. Rigoberto alzó su rostro y clavó la mirada en los ojos del extraño. Este se hincó ante él y descubrió su cabeza. Rigoberto vió una nariz prominente acompañada de mejillas rosáceas, eran las facciones de su padre, aunque un tanto más jóvenes que cuando murió. Sonó de nuevo la voz del militante: Soy su hermano, Raúl.
 
...

sábado, 9 de diciembre de 2017

14

En una banqueta raída, está sentada.
Su vestido juega al son del cálido viento
sus ojos enfocados en la inmensa nada
son una imagen detenida por el tiempo.

Le ha venido a perturbar este intruso luciéndose en picada hacia el descenso;
agudizando la mirada en lo difuso
despierta quien antes era presa del silencio.

Única observadora de aquella danza
natural, dueña absoluta del horizonte
y del deleite anónimo que se realza
envuelto entre las alas raudas del sinsonte.

Un leal cedro centenario lo acobija,
de su enramado emerge la fortaleza
que el sinsonte juega a mantener prolija
y donde fue proclamado sublime alteza.

Levitando va desprevenido de las leyes
que la estricta naturaleza le impone,
se supone único descendiente de reyes,
legítimo heredero ante las razones.

Curiosa providencia y sus dulces antojos,
otro personaje irrumpe al escenario,
refinado y desafiante un petirrojo,
presenta su saludo glacial de adversario.

Muestra su impecable plumaje escarlata
refulgente a la luz del sol oro intenso,
se precipita en la marcha de avanzada,
batalla del rojizo contra el ceniciento.

Suspendidos en el firmamento despejado,
un ataque y una maniobra defensiva
se reparten los pequeños guerreros alados
por la reverencia en la lucha de sus vidas.

Un surco granate en vertical se destaca
de las alas grisáceas del herido sinsonte.
El dolor se extiende, este contraataca
Con la furia vibrante de un viejo bisonte

Un golpe seco contra el dorso del retador,
lo empuja hacia el filo en la corteza,
queda marcada la sangre tibia alrededor,
insignia del sinsonte y su magna proeza

Al suelo se entrega denso el petirrojo
presa de un dolor agonizante, malsano.
Padece menos por pesar que por enojo,
mientras la niña lo levanta entre sus manos.

Con cuidado maternal acarician sus plumas,
ya no hay tiempo que sobre para ser valiente,
mientras le lavan sus heridas una a una
enfrenta su batalla final contra la muerte.

lunes, 6 de noviembre de 2017

La tragedia


Cuando llegué al patio, Marcia lloraba inconsolable mientras rodeaba con sus brazos el cuerpo pequeño y frágil de Andrés. Caía ya la tarde cubierta en un vaho pesado y nauseabundo, producto de las corrientes de viento que viajaban por el rio y cruzaban la ciénaga del Tacurú; bautizada así por los montículos cercanos de hasta sesenta centímetros de altura, que rodeaban el cuerpo de agua en una especie de fuerte de arcilla y excremento de hormigas; y donde hacía pocos días habían aparecido miles de peces soplados, flotando sobre las aguas pantanosas. A alguien se le ocurrió decir que la mortandad era un mal presagio y el cuento corrió a tal velocidad que en pocas horas la mayoría de habitantes de San Jacinto, la consideraban como una premonición de eventos desafortunados y trágicos. En el mercado, en la plaza principal, las tiendas y por supuestos las cantinas, en todos lados se corrió la voz, en tono susurrante, evitando así desatar las fuerzas del mal por exceso de vanilocuencia. Incluso el sacerdote en la misa del siguiente domingo, arrojó claras advertencias en su sermón sobre los asustados feligreses, quienes habían asistido a la iglesia buscando consuelo y salieron afligidos, pues parecía que las pocas oraciones que sabían no alcanzarían para protegerlos de una desgracia. Sin embargo, muchos consideraron que a falta de oraciones podían doblar su cuota de limosna para asegurar su parte de tranquilidad, por lo cual el sacerdote se sintió muy complacido. Marcía asistió a la misa del domingo, fue de las pocas que se tornó escéptica sobre el presagio de los peces. Llegó a la casa despotricando del sacerdote, renegando de su actuar inquisidor. “Lo hubieras visto” me dijo, “hasta pareció que sonreía cuando notó que mandaron a buscar otra bandeja para las limosnas, porque la de siempre se había llenado a rebosar” y continuó “está igual que la guerrilla cuando viene a amedrentarnos para sacar sus vacunas”; exageraba, mas su descontento era evidente. Yo me hice el desentendido, pero la escucharla mientras ella se desahogaba, y ella lo sabía. Ese era el secreto de muchos años de convivencia pacífica.

Durante la semana, los locales comerciales empezaron a cerrar más temprano; las puertas y ventanas de las casas permanecían atrancadas a pesar del inclemente calor; la gente que se atrevía a salir caminaba perseguida por la nada, con miradas furtivas confirmaban a cada paso que no los alcanzaban; las jaurías se tomaron las calles solitarias, dejando en su camino destrozos, lo más terrorífico era cuando se encontraban dos bandos y se escuchaban primero ladridos agresivos y después lastimeros propios de una pelea. El pueblo fue perdiendo su voz, hasta en las cantinas se tomaba puertas adentro y con bajo volumen de las rocolas; la dinámica vivaz y de algarabía cambió en forma drástica y el miedo se fue asentando hasta hacerse voluntad. Al alcalde no le quedó más remedio que declarar toque de queda de jornada continua, el decreto era impreciso, divagaba en las razones y no se comprometía con una fecha final, daba la impresión de haber sido redactado desde debajo del escritorio del despacho principal, en penumbra. Yo me debatía entre creer o no hacerlo, de no ser por la férrea convicción de Marcia, habría sido de los primeros en apuntillar tablas en puertas y ventanas por protección. Ella seguía firme diciendo que el miedo colectivo era infundado y que la mortandad en Tacurú nada tenía que ver con lo sobrenatural. Por las noches cuando hablábamos se explayaba en múltiples explicaciones para el suceso, terminaba agotada, al final no sabía si trataba de convencerme a mí o a ella misma.

Por el toque de queda se suspendieron las clases y Andrés se la pasaba jugando en el patio, mientras Marcial cosía o lavaba o se inventaba algún quehacer. El patio era mucho más grande que la casa, se dividía en dos partes, la primera y más cercana a la cocina, donde había un quiosco de paja con una hamaca, al lado un galpón improvisado, más atrás el lavadero con una pileta cuadrada y junto a esta, el pozo de agua. En la parte trasera se extendía una alfombra de hierva fina y varios árboles de sombra y frutales. Ese día, retumbaron las campanas de la iglesia; sin el ruido de las calles, el sonido del campanario resultaba estentóreo, anunciaban la cercanía de la misa. Yo estaba en la alcaldía donde un pequeño grupo se había reunido para leer un nuevo comunicado, luego de leerlo me dirigí hacia la casa para darle las buenas noticias a Marcia. Ella estaba terminando de barrer la parte frontal del patio, mientras Andrés jugaba junto al lavadero. En un instante dio la espalda hacia la profundidad del solar y cuando volvió su mirada en acto reflejo protector para ubicar a Andres, lo vio sentado sobre el borde del pozo de agua. El pozo tenía una profundidad de quince metros, con paredes de ladrillos y en el fondo un anillo de hierro para contribuía a evitar el colapso del mismo. En la parte superior se abría en una boca de un metro por un metro, con bordes de menos de diez centímetros de ancho, tenía por tapa una lámina de zinc recortada, encima se le había instalado un travesaño con manigueta al que estaba amarrado un lazo grueso que al final de su recorrido tenía atado un balde. Un instante después la lámina se corrió y el niño quedó colgado de sus pequeñas piernas con la espalda hacia el vacío. A Marcia esta imagen se le quedó grabada en la retina, paralizada y sin habla, su corazón resonó en la cárcel de sus costillas y quiso salir con una explosión de adrenalina que se desató en un grito desgarrador. Ese fue el grito que yo escuché mientras abría la puerta de la casa y que me hizo salir corriendo al patio. Cuando me acerqué, Marcia apretaba contra sí a nuestro hijo. Yo no entendía nada, no sabía qué había pasado, vi en los ojos de mi mujer el terror inconfundible. El niño estaba bien, aunque asustado. Los llevé adentro de la casa, traté de calmar a Marcia que no pronunciaba palabra alguna, solo lloraba. Le dije que en la Alcaldía estaba publicado que la verdadera razón por la que sucedió la mortandad fue porque la empresa extractora de aceite de palma, arrojó desechos a la ciénaga que provocaron tal contaminación que se murieron los peces, entonces no había nada de qué preocuparse, el miedo era irreal. Marcia no pareció escucharme. Aquella mujer que se resistió al miedo colectivo, se encontraba sumida en el pánico absoluto. El pueblo fue recuperando su movimiento, las calles se volvieron a llenar de gentes, y la música y el ruido se adueñaron del ambiente, menguando otra vez los sonidos de las campanas. No obstante, Marcia permaneció presa del miedo, ese que para todos terminó siendo una farsa, para ella fue lo más real que había vivido jamás.  

jueves, 21 de septiembre de 2017

Sin título


Y un día pensé que la eternidad
se cernía bajo mis pestañas,
galopando en medio de mis cabellos,
escapando de mis labios, buscando los tuyos.

 
Palpaba su furor en la intranquilidad,
la percibía en tus formas extrañas,
modales y silencios más bellos,
la vi yacer sobre la falta de orgullo.

 
Jugaba esbelta en la libertad
del amor sin miedo, de la hazaña 
de entregarle existencia a aquello
que fue menos que un murmullo.

 
Y un día se acabó la eternidad.
 

Ahora la persigo en la realidad
donde no existe, es musaraña
que se apaga, muere en el destello
de una pesadilla infernal de la que huyo.

jueves, 27 de julio de 2017

Perdón





He aquí los dos, frente a frente,

en este recinto caluroso,

yo mustia, pero usted nervioso.

Sea que el dolor no le encuentre. 

2

Ahora ambiguo mas antes altivo,

sus ojos que perforan el suelo

me despojan del vano consuelo

de verle triste y compungido.

3

¡Levante su mirada perversa!

Las horas de espera concluidas,

nuestra desdicha está ungida

con una tragedia sin reversa.

4

Mi duelo sigue con sus palabras

impersonales y aprendidas,

no son bálsamo para heridas

que manan de sus obras macabras.

5

No hay descanso suyo o mío,

Acabaron las noches tranquilas.

¡Devuélvame ya la dulce vida!

¡Arránqueme de este vacío!

...
6

Cada lamento ya es inútil.

Siga el camino escogido,

disfrute lo que ha vivido

y arrastre su corazón fútil.

7

Quiera Dios que no olvide mi voz,

que enmudezca sus oraciones,

le regalo mis absoluciones

por aquel hijo que usted mató.

lunes, 26 de junio de 2017

La divertida confidencia

Mi abuelo tenía la frente amplia, en su cabeza ovalada se extendía una calvicie refulgente, adornada a lado y lado con mechones de cabellos grisáceos y ensortijados. Tenía la piel morena, salpicada con pecas y diminutas verrugas. Había nacido en tiempos de antes, como le gustaba decir; cuando no había bombillos y los velones se hacían con sebo de chivo. Tal vez por eso, cada vez que le prendían un bombillo se paraba rumiando sobre el calor que le daba, me imagino que huía de esa luz brillante a la que no estaba acostumbrado. Sus ojos se tornaron plomizos con el pasar de los años y las bolsas que tenía debajo de ellos se fueron desinflando, dejando una telita arrugada en su lugar. Lo mismo le pasó en los brazos. Vestía camisas de botones a rayas, de mangas cortas y con cuello americano, mientras que los pantalones que llevaba eran de paño casi siempre gris. Mis recuerdos me dicen que todo el tiempo usaba las camisas sin abotonar, mostrando su prominente barriga templada, como de embarazada, con el ombligo salido; puede que me equivoque o puede que no. Con esas camisas se veía cómo le caía la piel de los antebrazos, bailando sin son mientras él se movía. Otra cosa que recuerdo mucho de él, era su bigote; ese mostacho ceniciento que se le untaba de chocolate en las mañanas y ocultaba sus tímidas e insólitas sonrisas. Cuando intento rememorar los rasgos de mi abuelo, llego a la conclusión de que tenía cara de bueno, como un ternero sumiso o un perezoso.    

Mi abuelo era más bien callado, su voz se escuchaba pocas veces mas era dictatorial. A mí nunca me regañó, casi ni me hablaba. Pero tampoco hablaba con nadie o por lo menos, yo no lo veía hacerlo. Lo que sí hacía muy a menudo era sentarse en la puerta de la casa, siempre pasado el mediodía, cuando el sol se encaminaba al oeste y la fachada le hacía sombra, solía acomodarse en un taburete de cuero de vaca que recostaba contra la pared en el límite del equilibrio.   

A mí no se me olvida una vez que lo vi pasar arrastrando sus abarcas y el taburete para sentarse en la calle como de costumbre. Yo tendría como siete u ocho años y estaba en la sala jugando sobre los muebles de cuero sintético rojo; que a todas estas quién sabe a dónde habrán ido a parar. Ya la tarde empezaba a caer, aunque el calor no amainaba. Debía ser sábado o domingo, porque era durante los fines de semana que iba a la casa de mis abuelos, mis padres nos dejaban a mi hermano y a mí, para que nos cuidaran.  La casa como siempre estaba llena de gente, todo el mundo entre la cocina y el patio; desde donde estaba podía escuchar los golpes de los calderos y las carcajadas de mis tías.  Como sentía tanto calor, salí a jugar en el pretil, mis pies colgaban por encima del suelo y mi muñeca insistía en caerse del abismo de cemento para aterrizar entre las piedras. Tan concentrada como estaba en aquel juego, escuché la voz de mi abuelo, al principio pensé que era conmigo y levanté la cabeza. Sin embargo, como ya dije, él conmigo no hablaba, y en efecto lo vi que saludaba a su amigo Lucho, con un sonoro: -Hojombe Luchooo-, que se perdía en el viento; lo particular del sonido que pronunciaba cuando decía Lucho era que parecía Lucho, pero no necesariamente. Seguí en lo mío. Pasada una media hora me llamó la atención que mi abuelo había saludado a Lucho cerca de unas tres veces. Recuerdo haber pensado que a ese señor Lucho le gustaba bastante caminar. Se volvió a caer la muñeca. Y otra vez escuché: -Hojombe Luchooo-. ¿Otra vez ese señor por aquí?, se me dio por mirarlo y resulta que no era el mismo que había visto la primera vez, era un hombre más alto y joven, y puede que haya pensado que era como el hijo del primer Lucho. No había terminado de recoger a la muñeca de su nuevo salto, cuando escuché que mi abuelo saludaba a Lucho. No puede ser el mismo, pensé; y en realidad no lo era. En esta ocasión se trataba de un señor que iba arreando un carromula, ¡que viejo y cansino se veía ese caballo! –Abuelo, tienes muchos amigos que se llaman Lucho- le dije, mas no me respondió. Eso de tener tantos amigos con el mismo nombre debía ser bueno, así a uno no se le olvidaban los nombres y no quedaba mal. Ya me había cansado de tirar a la muñeca por la borda y de nuevo mi abuelo ofrece sus saludos a su amigo Lucho. Cuál sería mi sorpresa al ver que la que pasaba por enfrente era una señora que le respondía con un movimiento de cabeza leve.  

Me encontré con la mirada risueña de mi abuelo, que sabía que me había dado cuenta de su estrategia y me eché a reír. Era como si me hubiera contado un secreto, me sentí digna de su confianza y compañía. Nos quedamos el resto de la tarde, él, con su cara de bueno, saludando al desfile de Luchos que no eran Luchos y yo mirándolos y preguntándome cuáles serían sus verdaderos nombres.   

A mí no se me olvida esa tarde, cuando descubrí que mi abuelo era un maestro de la distracción y saludaba a todo el mundo igual, ya fuera porque no se acordaba de los nombres o porque en su introspección prefería limitarse en el contacto. En todo caso, allí estuvimos los dos, arropados en la complicidad de una divertida confidencia que me contó mi abuelo, sin pronunciar palabra.


lunes, 1 de mayo de 2017

Sin titulo

Pasadas las 8 de la noche recibió la llamada acostumbrada en la que le avisaba su salida del trabajo y su próxima llegada a casa. Las palabras fueron escuetas y cansinas. Eran años los que serpenteaban en una conversación obligada y predecible. La rutina le indicaba que tenía cerca de 20 minutos antes que él llegara; por lo que decidió caminar hacia la despensa ubicada en una esquina cercana. Había estado aplazando la diligencia desde varios días atrás, mas hoy sin azúcar en su alacena y sin pretexto válido, se convenció de la necesidad de salir. Tan maquinal como las demás tareas que ejecutaba, agarró un suéter sin color que habitaba detrás de la puerta. Sabía que allí lo encontraría y que no tendría que embotarse en seleccionar una prenda para vestir; porque, aunque el suéter no le quedaba espléndido cumpliría la función de abrigarla lo suficiente. Verse espléndida había dejado de ser una preocupación. Retiró las llaves de un recipiente comprado en tiempos mejores, cuando las ilusiones sobraban y el amor eterno existía. El llavero era de épocas con menos lustre y más realidad. Lo había encontrado en un mercado de las pulgas, un domingo lluvioso en que decidió perdonar la infidelidad. Ese pequeño gato enjaulado, metálico y mal oliente, le recordada que ante la traición se había rendido por miedo a quedarse sola. No era un pensamiento feliz mas ya lo había adoptado como habitual; ¿si podía vivir sin espíritu, por qué no con eso? Sonrió con algo de desdén mientras entrecerraba los ojos y torcía su mirada hacia otro ángulo, era algo así como su sello personal.

El camino para llegar a la despensa que quedaba del otro lado de una avenida secundaria, se prolongaba por una cuadra y media desde su casa. Para cruzar usaba el puente peatonal; la verdadera razón por la que procrastinaba de forma incesante cuando debía abastecerse de algo en el mercado. Desde el puente podía ver con cierta repulsión, a los transeúntes que de manera insensata se abalanzaban al cruce de la vía en un punto donde no existían semáforos o señales de pare, solo aquella plataforma que todos resolvían ignorar. Le parecía tan factible arriesgar la vida en formas incontablemente estúpidas empero cuando intentó quitarse la suya no lo había conseguido. Les daba vueltas a los hechos, circunstancias, decisiones; hizo sus cálculos con determinación, no había tenido intenciones de llamar la atención de nadie, solo se quiso ir, y no sucedió. Más temprano que tarde volvería a intentarlo, pero antes debía asegurarlo todo, sin margen de error. Llegó a la despensa.

Ya dentro tomó una canastilla verde para medir sus compras, no quería agitarse cargando peso de más al regresar. Recogió algunas bolsas de azúcar, se paseó frente al estante de las galletas hasta encontrar las promociones, durante varios minutos caviló sobre la elección del queso holandés de su preferencia y pesó algunos tomates tan grandes como manzanas. Cuando se encontraba escogiendo con minucia las fresas que se llevaría, escuchó un golpe seco seguido del característico rechinamiento de las llantas sobre el asfalto en maniobra de frenado y luego la algarabía de la gente que se asomaba por la puerta de la despensa hacia la calle. En principio solo imaginó un típico accidente y continuó como si nada. Mientras caminaba por los pasillos recolectaba los comentarios de periodistas improvisados, que reseñaban algo más parecido a una hazaña épica de salvación que a un simple choque. Reconstruyó los hechos a partir de la murmuración que se dispersó en toda la despensa. Un motociclista en un acto heroico evadió a un hombre mayor que cruzaba la avenida a mitad de trayecto; la motocicleta chocó contra el separador y el conductor salió volando a una velocidad extraordinaria, cayó junto a la acera y en el golpe el casco salió disparado, los vehículos que venían en marcha frenaron en seco para evitar arrollar al viejo, que del shock había quedado paralizado en el centro de la vía y al motociclista que yacía en el suelo sobre un pequeño charco de sangre que iba expandiéndose de manera vertiginosa. Impresionante e impersonal.

Se dirigió a la caja para pagar por sus víveres. Al pararse frente al mostrador se percató de que la cajera, de uniforme gris y sonrisa fingida, intercambiaba detalles del accidente con su compañera de al lado. Empezó a sacar las cosas de la canastilla verde una a una, mientras la otra de forma automática facturaba. Intentó concentrarse en el aumento progresivo de su cuenta, diecisiete mil, veintiún mil quinientos, treinta y tres mil… hasta que del otro lado del mostrador alguien pronunció las palabras VSA-14C. Reprodujo los sonidos en su mente, se imaginó los caracteres de números y letras, cerró los ojos y vio la moto de su marido. Salió del ensimismamiento cuando la cajera por tercera vez le indicó que la cuenta era por ciento setenta y cinco mil pesos. Con un hilo de voz le pidió que repitiera las placas de la motocicleta accidentada, no había error, escuchó bien. Sin mediar palabras salió de la despensa y dirigiéndose hacia el tumulto que rodeaba al motorizado, se abrió paso a golpes y empujones. En su mente solo se dibujaba el llavero reluciente como el día que lo adquirió; estaba desconectada de todo, no sintió la tenue llovizna que humedecía su rostro, se hundió en el silencio absoluto y sintió la liviandad de su cuerpo del que se levantaba un peso infinito.

De pie junto al que posiblemente era su marido, observó sin mayor exaltación la fastuosa flexibilidad en la posición del cuerpo, el ángulo en que se ubicaba el rostro no le permitió verlo y la sangre que lo cubría lo hizo aún más difícil; indagó buscando algún sonido o movimiento, tuvo la tentación de patear su bota izquierda para confirmar si había alguna respuesta, pero se abstuvo. Uno de los policías que estaba en la escena intentó retirarla del área, mas al ver su determinación en permanecer allí le preguntó si tenía relación con el accidentado, a lo que ella respondió: Creo que lo conozco. El policía, que ya había revisado los documentos del motociclista, confirmó que en efecto se trataba de su marido y que el accidente había sido ocasionado por un transeúnte irresponsable, que no usó el puente y atravesó la avenida en un lugar prohibido, y a quien su marido le había salvado la vida al esquivarlo. Salvar la vida de alguien, que afirmación tan intensa y trascendental o más bien ridícula e irónica. ¿El hombre que estaba allí tirado en el suelo, había decidido en cuestión de segundos sobreponer la existencia de un desconocido a la suya propia? Ese mismo hombre abusador y bélico que ardía en soberbia y explotaba en insultos, que maltrataba tanto su mente como su cuerpo, que había marchitado su espíritu hasta acabarlo, que pisoteaba su existencia día a día desde hacía tantos años, ¿era un héroe?...

El policía la extrajo de sus cavilaciones y solicitó su cédula para corroborar la relación que manifestaba tener con el motociclista; lo hizo más por protocolo que por desconfianza. Recibió una maleta negra perteneciente a su marido y se sentó en un borde cercano, se la puso sobre las piernas, mientras esperaba la llegada de la ambulancia. Parecía que no había pulso, pero nadie lo podía confirmar. Sintió que algo se movió dentro de la maleta y al revisar vio iluminarse la pantalla de un celular, lo sacó y observó un número que conocía, era solo el número sin nombre o identificación, ese mismo número que llamaba todos los días pasadas las 9 de la noche, esa misma llamada después de la cual su marido siempre salía del apartamento para fumar en el pasillo o a la tienda para comprar algo y llegar sin nada. La rutina en definitiva era una droga, la mantenía en la inercia del diario vivir, le permitía una falsa sensación de estabilidad y era suficiente para cohibirla de pensar en el futuro. Al contestar escuchó la voz de una mujer angustiada que bien habría podido ser su madre o su amante por la forma en que se refería, si tan solo su madre hubiera estado viva. Luego de unos segundos de mutismo, la llamada finalizó. Trágica la forma de confirmar, sin espacio para dudas, que su marido la engañaba. Era algo que ya sabía pero que había ignorado decididamente. ¿Y ahora?

Sorprendida reconoció que ningún sentimiento de empatía se manifestaba al mirar a su marido tirado en la acera de una avenida secundaria, podría incluso haber sentido más piedad por un desconocido que por él; y entendió.  La sensación de alivio fue irrefutable. Sus pensamientos divagaron un poco más hasta llegar a la fría y sensata conclusión: De no haber ocurrido esto, probablemente yo misma lo habría asesinado. Sonrió con algo de desdén mientras entrecerraba los ojos y torcía su mirada hacia otro ángulo. Siguió esperando a que llegara la ambulancia.


   


sábado, 28 de enero de 2017

Un día normal

En esa ciudad siempre amanece tarde, es como si el sol prefiriera otros lugares y llegara a ella por simple compromiso astronómico. Por eso el frío y la neblina se extienden sobre la sabana como emperador y emperatriz, monárquicos e implacables. Y los súbditos se conforman con pasearse al mismo ritmo, transitar las mismas rutas, hablar igual y sobre los temas de siempre, o como en muchos casos, no hablar.

Esa madrugada, Miguel se levantó como todos los días, deseando algo más de tiempo, quizás un lustro o varios, para terminar aquellos sueños inconclusos que parecían llevarlo ante las puertas del clímax, justo antes de despertar. Nada pareció indicarle que sería un día diferente, todo se desenvolvía bajo el mismo letargo matinal. Se bañó con el agua glacial de esa ciudad helada, que sin embargo parecía hervir en comparación con la mezcla líquido-sólido que salía de los grifos y las regaderas. Se vistió con lo usual, colores neutros para disimular la edad, la suya y la de la ropa. Desayunó con una tasa de café que, luego de mecerla entre sus manos por un par de minutos, no logró calentar lo suficiente su cuerpo. Y salió del cubículo que tenía por apartamento y que se sentía tan gélido como la plaza de cualquier parque.

El orto se demoraría, el cielo permanecía en tinieblas y las nubes negras ocultaban los miles de millones de estrellas que sabía estaban allí, encima de su cabeza. Esperó por cerca de 20 minutos, bajo la luz tenue de una lámpara que se alzaba junto al paradero de buses. Al llegar el vehículo sintió el mismo placer diario de saberse el primer pasajero y saborearse en el lujo de escoger su silla. En esta ciudad extensa, con rutas que demoraban horas, diseñada para los automóviles y en la que las personas congeladas vivían el mismo día una y otra vez, la supervivencia se medía en detalles como lograr sentarse en el transporte público. Las dificultades que enumeraba Miguel para lograr dicha proeza, por supuesto eran inagotables; ancianos, niños, mujeres o peor aún, mujeres con niños, destrozaban sin piedad aquel dulce goce de descansar o por qué no, dormir unos minutos más. Podría decirse incluso que lograr el acto épico de llegar a destino conservando el asiento, constituía un augurio de buenaventura para ese día. Supersticiones tontas, al fin y al cabo. Miguel era supersticioso.   


Justo después de iniciar marcha, se quedó dormido. Ya tenía acostumbrado el cuello para evitar que su cabeza golpeara con fuerza contra la ventana y seguido de un dolor agudo, se viera objeto de las miradas indiscretas de todos los pasajeros, como antes le había sucedido. Abría los ojos de cuando en vez para confirmar la ruta. Para la cuarta inspección lo despertó un aroma dulce y encantador, levantó su cabeza y la vio. Era ella otra vez. Ya desde antes la había notado y cada vez le parecía más bella. Antes la miraba de reojo desde la parte trasera del bus, fijándose en la curvatura de su cuello, esbelto y sutil, su piel nívea enmarcada por un cabello brillante como la noche misma y esa delicadeza que envolvía todos sus movimientos, lo mantenían absorto la mayor parte del camino. Toda ella representaba una visión perfecta. Pero esta vez era diferente, la proximidad de sus cuerpos se podía medir en centímetros y su percepción lo había traicionado. No era bella nada más, era angelical. Como le pasa a aquellas personas que pasan demasiado tiempo a solas, divagó entre pensamientos fugaces sobre la vida que vivirían juntos. -Qué fácil es tenerlo todo cuando no se tiene nada-, pensó. Al instante, mientras soñaba despierto, una estela de sonrisa se dibujaba tímida en la comisura de los labios de ella, debió ser producto de la expresión alelada en la cara de Miguel.  Este, al darse cuenta de ello, sintió un estremecimiento con el cual desapareció cualquier vestigio de sueño que antes lo llevara adormilado. Su cerebro se activó en función de establecer de algún modo un vínculo con aquel ser que le aceleraba las palpitaciones. Luego de unos segundos se decidió por lo obvio, cederle su puesto. Con la firme intención de presentarse como un caballero, hizo su movimiento lleno de firmeza. Tal vez más de la requerida. Al levantarse, exageró la fuerza con la que alzó su maleta. Acto seguido, de la nariz de la hermosa doncella emanaba un hilo de sangre que luego inundó su rosto. La había golpeado con el codo. Que torpeza, que desacierto tan infinito. Su momento de resaltar, ahora se transformaba en pesadilla. Se derramó en un mar de frases sonsas e inútiles; mas el daño ya estaba hecho y lo vio en los ojos de aquella muchacha, en los que podía leer insultos tan claros como agresivos. Dio un paso al lado y ella se alejó hacia la salida del bus, luego se bajó. Miguel quedó estupefacto en la mitad del bus, centro de todas las miradas y comentarios y sin un puesto donde sentarse. Ese no era un buen día.