En esa ciudad siempre amanece
tarde, es como si el sol prefiriera otros lugares y llegara a ella por simple
compromiso astronómico. Por eso el frío y la neblina se extienden sobre la
sabana como emperador y emperatriz, monárquicos e implacables. Y los súbditos se
conforman con pasearse al mismo ritmo, transitar las mismas rutas, hablar igual
y sobre los temas de siempre, o como en muchos casos, no hablar.
Esa madrugada, Miguel se levantó
como todos los días, deseando algo más de tiempo, quizás un lustro o varios,
para terminar aquellos sueños inconclusos que parecían llevarlo ante las
puertas del clímax, justo antes de despertar. Nada pareció indicarle que sería
un día diferente, todo se desenvolvía bajo el mismo letargo matinal. Se bañó
con el agua glacial de esa ciudad helada, que sin embargo parecía hervir en
comparación con la mezcla líquido-sólido que salía de los grifos y las
regaderas. Se vistió con lo usual, colores neutros para disimular la edad, la
suya y la de la ropa. Desayunó con una tasa de café que, luego de mecerla entre
sus manos por un par de minutos, no logró calentar lo suficiente su cuerpo. Y
salió del cubículo que tenía por apartamento y que se sentía tan gélido como la
plaza de cualquier parque.
El orto se demoraría, el cielo
permanecía en tinieblas y las nubes negras ocultaban los miles de millones de
estrellas que sabía estaban allí, encima de su cabeza. Esperó por cerca de 20
minutos, bajo la luz tenue de una lámpara que se alzaba junto al paradero de
buses. Al llegar el vehículo sintió el mismo placer diario de saberse el primer
pasajero y saborearse en el lujo de escoger su silla. En esta ciudad extensa,
con rutas que demoraban horas, diseñada para los automóviles y en la que las
personas congeladas vivían el mismo día una y otra vez, la supervivencia se
medía en detalles como lograr sentarse en el transporte público. Las
dificultades que enumeraba Miguel para lograr dicha proeza, por supuesto eran inagotables;
ancianos, niños, mujeres o peor aún, mujeres con niños, destrozaban sin piedad
aquel dulce goce de descansar o por qué no, dormir unos minutos más. Podría
decirse incluso que lograr el acto épico de llegar a destino conservando el
asiento, constituía un augurio de buenaventura para ese día. Supersticiones
tontas, al fin y al cabo. Miguel era supersticioso.
Justo después de iniciar marcha,
se quedó dormido. Ya tenía acostumbrado el cuello para evitar que su cabeza
golpeara con fuerza contra la ventana y seguido de un dolor agudo, se viera
objeto de las miradas indiscretas de todos los pasajeros, como antes le había
sucedido. Abría los ojos de cuando en vez para confirmar la ruta. Para la
cuarta inspección lo despertó un aroma dulce y encantador, levantó su cabeza y
la vio. Era ella otra vez. Ya desde antes la había notado y cada vez le parecía
más bella. Antes la miraba de reojo desde la parte trasera del bus, fijándose en
la curvatura de su cuello, esbelto y sutil, su piel nívea enmarcada por un
cabello brillante como la noche misma y esa delicadeza que envolvía todos sus
movimientos, lo mantenían absorto la mayor parte del camino. Toda ella
representaba una visión perfecta. Pero esta vez era diferente, la proximidad de
sus cuerpos se podía medir en centímetros y su percepción lo había traicionado.
No era bella nada más, era angelical. Como le pasa a aquellas personas que
pasan demasiado tiempo a solas, divagó entre pensamientos fugaces sobre la vida
que vivirían juntos. -Qué fácil es tenerlo todo cuando no se tiene nada-,
pensó. Al instante, mientras soñaba despierto, una estela de sonrisa se
dibujaba tímida en la comisura de los labios de ella, debió ser producto de la expresión
alelada en la cara de Miguel. Este, al
darse cuenta de ello, sintió un estremecimiento con el cual desapareció
cualquier vestigio de sueño que antes lo llevara adormilado. Su cerebro se
activó en función de establecer de algún modo un vínculo con aquel ser que le
aceleraba las palpitaciones. Luego de unos segundos se decidió por lo obvio,
cederle su puesto. Con la firme intención de presentarse como un caballero,
hizo su movimiento lleno de firmeza. Tal vez más de la requerida. Al
levantarse, exageró la fuerza con la que alzó su maleta. Acto seguido, de la
nariz de la hermosa doncella emanaba un hilo de sangre que luego inundó su
rosto. La había golpeado con el codo. Que torpeza, que desacierto tan infinito.
Su momento de resaltar, ahora se transformaba en pesadilla. Se derramó en un
mar de frases sonsas e inútiles; mas el daño ya estaba hecho y lo vio en los
ojos de aquella muchacha, en los que podía leer insultos tan claros como
agresivos. Dio un paso al lado y ella se alejó hacia la salida del bus, luego
se bajó. Miguel quedó estupefacto en la mitad del bus, centro de todas las
miradas y comentarios y sin un puesto donde sentarse. Ese no era un buen día.