Aún le es confuso cómo terminó al
borde de la plataforma, en medio de una noche de pocas estrellas, rodeada de
oscuridad, de brisa salobre, de las voces del mar. Jesús, la sacó de su letargo
al insinuarle con voz taciturna que no había peligro alguno, pues se encontraba
en la cuna de los peces. Era un hombre delgado, amasado al sol, de ojos
pequeños en donde se escondía la serenidad de una vida bien vivida. Sus manos
eran enormes y amarillas. Tenía una manera de hablar particular, de momentos con
elocuencia purista y sin previo aviso hablaba como lo hacen los niños,
despreocupado de necias conjugaciones, sin miedo a inventar palabras, mas en
cualquiera de los casos lo hacía con una sorprendente sabiduría natural.
La travesía había iniciado ya
entrada la noche. Jesús estaba sentado debajo de la maloca, esperando. Se le
veía absorto en la penumbra, hipnotizado por el movimiento indeciso de una vela.
Tanta era su concentración que tuvo un sobresalto cuando sintió la presencia de
los visitantes. Como si hubiera cometido una imprudencia, se extendió en una
disculpa inesperada y explicó con ese saber nativo que mal hiciera en dejar en
el ambiente la impresión de ser una persona miedosa, cuando estaba a punto de
llevarlos a vivir una experiencia que demandaba confianza incuestionable. Solo
hasta tener sus pies al borde de la plataforma, entendió la pertinencia de las
palabras de Jesús.
El recorrido consistía en cruzar
parte de la isla caminando, hasta llegar a la embarcación que surcando el borde
isleño y atravesando algunos manglares los llevaría a la Laguna Encantada. Se
le había olvidado cómo era caminar acariciando la maleza, saboreando la
humedad, deleitándose en la sinfonía de los insectos y las olas, tanteando la
arena debajo de sus pies; ahora que todo aquello ocurría, sus labios se derretían,
su piel erizada y sus ojos lacrimosos con dificultad, apaciguaban los sobresaltos
de ese corazón cimarrón galopante y desbocado debajo de sus senos. Atravesaron
el camino en silencio, con la expectativa a flor de piel. Llegaron a un puerto
improvisado y esperaron mientras Jesus ponía a flote una canoa que según él
comentaba, era comunitaria. En esa isla de menos de cien habitantes, las cosas
no se perdían, solo las personas en el mar. Sin embargo a esa hora las olas
menguaban y el campo de aguas era cálido, perfecto para un paseo en bote. Unos minutos
después de iniciada la navegación se dio cuenta de algunos peces pequeños y
delgados saltando incansables junto a la canoa. De acuerdo con Jesús, se
sentían atraídos por la luz de la linterna. Se entregó a profundas cavilaciones
sobre la necesidad de muchos seres por la iluminación tanto física como
espiritual, la misma necesidad que la empujó a realizar ese viaje imprevisto. Se
sentía diferente.
Había renunciado a su trabajo,
finalizado una relación sempiterna,
vendido su apartamento y desaparecido del mundo conocido, refugiándose
en aquella isla minúscula del Caribe. Ahora vivía en una choza de caña brava y
techo de palma, que ostentaba un lecho frugal con toldillo, un bombillo de
fulgor débil y amarillento, una cómoda de madera, una mesa de noche con
superficie de vidrio y un cuadro tornasolado de una palenquera en carnaval. El
baño por otro lado tenía dos baldes, uno con agua dulce y otro con agua de mar,
el inodoro y un espejo manchado que a su concepto tenía el mejor reflejo visto
jamás. Mientras más repasaba ese inventario, más convencida estaba, no le hacía
falta nada. Era diferente. Por eso cuando Jesús le preguntó de dónde era, le
respondió: -Yo nací aquí.
No pudo contener la desilusión al
entrar a la ensenada y ver el brillo mezquino de la luna rezagada sobre el
cristal negro, parecía arroparse con las nubes traslucidas y reflejarse de
soslayo en su piel. Esa oscuridad sugerente se apoderó de todos los visitantes.
El agua permanecía inmóvil, el sonido del mar se hizo cada vez más lejano e
incluso la brisa se tornó densa. Atracaron junto a una arcaica plataforma
metálica y se sentaron en torno a un círculo para escuchar la antesala de
Jesús. Él sin embargo, fue breve en su intervención y los instó a dar un salto
hacia la negrura de la Laguna Encantada. Esta laguna llevaba ese nombre debido
a un fenómeno particular consistente en que las algas que proliferaban en ella,
emitían una luminiscencia verdosa con el movimiento. Todos rehuían de la invitación,
cada uno escudriñaba la mirada furtiva del otro, aún más esquiva por la
carencia de intensidad en la luz de aquella vieja linterna. Lo cierto era que
aquel lecho acuático solo inspiraba el más alto grado de incertidumbre, la
vacilación se percibía en el ambiente y ni siquiera los hombres que parecieron
osados durante el trayecto, emitían palabra alguna dejando entrever un acto de
gallardía. Ella tampoco era la excepción, hacía tan solo unos segundos
filosofaba acerca de su irrevocable necesidad por la iluminación, ¿cómo
entonces lanzarse en aquel vacío marino del que nada conocía?.
Y lo sintió. Su visión del
nirvana fue brillante, la liberación inmediata la inundó, se esparció en todo
su ser el regocijo por el reconocimiento de la verdad, la renuncia completa a
los pocos vestigios que aún se aferraban a esa vida pasada, ahora distante,
incomprensible. Sin pensarlo, dio un salto a las tinieblas de ese abismo con la
completa convicción de estar bien, simplemente bien. El segundo que duró el
salto se quedaría grabado en lo más profundo de su conciencia, así como la sensación
refrescante al sumergirse en la cuna de los peces.
----
Los visitantes quedaron estupefactos,
inmóviles ante aquel reflejo súbito de una mujer que no habían escuchado
pronunciar palabra, solo se veía sonreír y estallar en carcajadas al aproximarse
con admiración infantil a la naturaleza de su alrededor. Sus miradas buscaron
ansiosas el lugar de donde provino el sonido producto de su cuerpo al tocar el
agua y vieron atónitos el festival de luces y destellos que se activó,
iluminando sus brazos y piernas, enmarcando el placer en su rostro. Parecía
flotar en el vacío y estar vestida de miles de luciérnagas. Finalmente
volvieron a escuchar su risa.