Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

viernes, 25 de diciembre de 2015

La Laguna Encantada

Aún le es confuso cómo terminó al borde de la plataforma, en medio de una noche de pocas estrellas, rodeada de oscuridad, de brisa salobre, de las voces del mar. Jesús, la sacó de su letargo al insinuarle con voz taciturna que no había peligro alguno, pues se encontraba en la cuna de los peces. Era un hombre delgado, amasado al sol, de ojos pequeños en donde se escondía la serenidad de una vida bien vivida. Sus manos eran enormes y amarillas. Tenía una manera de hablar particular, de momentos con elocuencia purista y sin previo aviso hablaba como lo hacen los niños, despreocupado de necias conjugaciones, sin miedo a inventar palabras, mas en cualquiera de los casos lo hacía con una sorprendente sabiduría natural.  

La travesía había iniciado ya entrada la noche. Jesús estaba sentado debajo de la maloca, esperando. Se le veía absorto en la penumbra, hipnotizado por el movimiento indeciso de una vela. Tanta era su concentración que tuvo un sobresalto cuando sintió la presencia de los visitantes. Como si hubiera cometido una imprudencia, se extendió en una disculpa inesperada y explicó con ese saber nativo que mal hiciera en dejar en el ambiente la impresión de ser una persona miedosa, cuando estaba a punto de llevarlos a vivir una experiencia que demandaba confianza incuestionable. Solo hasta tener sus pies al borde de la plataforma, entendió la pertinencia de las palabras de Jesús.

El recorrido consistía en cruzar parte de la isla caminando, hasta llegar a la embarcación que surcando el borde isleño y atravesando algunos manglares los llevaría a la Laguna Encantada. Se le había olvidado cómo era caminar acariciando la maleza, saboreando la humedad, deleitándose en la sinfonía de los insectos y las olas, tanteando la arena debajo de sus pies; ahora que todo aquello ocurría, sus labios se derretían, su piel erizada y sus ojos lacrimosos con dificultad, apaciguaban los sobresaltos de ese corazón cimarrón galopante y desbocado debajo de sus senos. Atravesaron el camino en silencio, con la expectativa a flor de piel. Llegaron a un puerto improvisado y esperaron mientras Jesus ponía a flote una canoa que según él comentaba, era comunitaria. En esa isla de menos de cien habitantes, las cosas no se perdían, solo las personas en el mar. Sin embargo a esa hora las olas menguaban y el campo de aguas era cálido, perfecto para un paseo en bote. Unos minutos después de iniciada la navegación se dio cuenta de algunos peces pequeños y delgados saltando incansables junto a la canoa. De acuerdo con Jesús, se sentían atraídos por la luz de la linterna. Se entregó a profundas cavilaciones sobre la necesidad de muchos seres por la iluminación tanto física como espiritual, la misma necesidad que la empujó a realizar ese viaje imprevisto. Se sentía diferente.

Había renunciado a su trabajo, finalizado una relación sempiterna,  vendido su apartamento y desaparecido del mundo conocido, refugiándose en aquella isla minúscula del Caribe. Ahora vivía en una choza de caña brava y techo de palma, que ostentaba un lecho frugal con toldillo, un bombillo de fulgor débil y amarillento, una cómoda de madera, una mesa de noche con superficie de vidrio y un cuadro tornasolado de una palenquera en carnaval. El baño por otro lado tenía dos baldes, uno con agua dulce y otro con agua de mar, el inodoro y un espejo manchado que a su concepto tenía el mejor reflejo visto jamás. Mientras más repasaba ese inventario, más convencida estaba, no le hacía falta nada. Era diferente. Por eso cuando Jesús le preguntó de dónde era, le respondió: -Yo nací aquí.

No pudo contener la desilusión al entrar a la ensenada y ver el brillo mezquino de la luna rezagada sobre el cristal negro, parecía arroparse con las nubes traslucidas y reflejarse de soslayo en su piel. Esa oscuridad sugerente se apoderó de todos los visitantes. El agua permanecía inmóvil, el sonido del mar se hizo cada vez más lejano e incluso la brisa se tornó densa.   Atracaron junto a una arcaica plataforma metálica y se sentaron en torno a un círculo para escuchar la antesala de Jesús. Él sin embargo, fue breve en su intervención y los instó a dar un salto hacia la negrura de la Laguna Encantada. Esta laguna llevaba ese nombre debido a un fenómeno particular consistente en que las algas que proliferaban en ella, emitían una luminiscencia verdosa con el movimiento. Todos rehuían de la invitación, cada uno escudriñaba la mirada furtiva del otro, aún más esquiva por la carencia de intensidad en la luz de aquella vieja linterna. Lo cierto era que aquel lecho acuático solo inspiraba el más alto grado de incertidumbre, la vacilación se percibía en el ambiente y ni siquiera los hombres que parecieron osados durante el trayecto, emitían palabra alguna dejando entrever un acto de gallardía. Ella tampoco era la excepción, hacía tan solo unos segundos filosofaba acerca de su irrevocable necesidad por la iluminación, ¿cómo entonces lanzarse en aquel vacío marino del que nada conocía?. 

Y lo sintió. Su visión del nirvana fue brillante, la liberación inmediata la inundó, se esparció en todo su ser el regocijo por el reconocimiento de la verdad, la renuncia completa a los pocos vestigios que aún se aferraban a esa vida pasada, ahora distante, incomprensible. Sin pensarlo, dio un salto a las tinieblas de ese abismo con la completa convicción de estar bien, simplemente bien. El segundo que duró el salto se quedaría grabado en lo más profundo de su conciencia, así como la sensación refrescante al sumergirse en la cuna de los peces.     

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Los visitantes quedaron estupefactos, inmóviles ante aquel reflejo súbito de una mujer que no habían escuchado pronunciar palabra, solo se veía sonreír y estallar en carcajadas al aproximarse con admiración infantil a la naturaleza de su alrededor. Sus miradas buscaron ansiosas el lugar de donde provino el sonido producto de su cuerpo al tocar el agua y vieron atónitos el festival de luces y destellos que se activó, iluminando sus brazos y piernas, enmarcando el placer en su rostro. Parecía flotar en el vacío y estar vestida de miles de luciérnagas. Finalmente volvieron a escuchar su risa. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Durante el Alba

Cuántas noches cálidas pedirías?
Estoy dispuesto a dormirte una más 
Me pasearé por tus fantasías 
Y por los abismos de un quizás 

Una canción de amor ligera
Que arrulle todas tus incertidumbres
Un alejandrino entero te diera
Buscando que tu luz me alumbre 

O escabullirme entre tus pecados
Y pintarlos de amarillo como el sol
Nadar en el pozo de tus silencios
Y tocar nuestra canción de amor

Puedo acostarme junto a tu mirada
Y arroparme de tus sonrisas inquietas
Susurrarte un cuento de hadas 
O tal vez mimarte mientras despiertas

Incluso meditar frente a tu alma
Entonando un mantra de sanación 
Y los pies descalzos en una danza 
Que se parezca a nuestra canción 

Cuántos sueños rotos abandonarías?
Me ofrezco a curarlos con besos
A sellar con pétalos blancos las heridas
A encender velas en el camino de regreso

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Quisiera ser el rocío del alba prematura 
Que se cierne en la llanura de su espalda
Que calma la sed en la danza de su saliva 
Tibia y perfecta en su dulzura

Quisiera estar en la cabaña de su ombligo 
Solo, escondido en la puerta de sus entrañas
Custodio en las mañanas de su inquieta sonrisa
Y en las noches de su olvido

Quisiera ver desde sus ojos el universo
Sentarme a tejer versos de estrellas y luceros
Colgar en la luna mil te quieros de caricias
Y viajar en la lluvia de sus besos

lunes, 9 de noviembre de 2015

El sentido común

Todo empezó con la alharaca de Mirta, tras el estruendo de olletas y calderos proveniente de la cocina. Mirta era la muchacha que hacía tan solo un par de días había empezado a trabajar en la casa, era risueña y brillante en su negrura. Se la pasaba silbando una canción que nadie conocía y que parecía tener eco en el cacareo de las gallinas criollas de mi abuelaDinaAun no pasaban las seis de la mañanapor eso Mirta se encontraba sola prendiendo el fogón de leña en el que haría el café cerrero de mi abuelo Mañe. El primer día le había dicho: -Niña Mirta, apréndase una cosa, a mí me gusta el café negro como usted.- A lo que Mirta respondió: -Meno mal, poque a mítambié.- Y soltó una carcajada amplia que dejó entrever sus encías rosadas e hizo que un sismo arremetiera contra sus tetas descomunales

Mis primos y yo fuimos los primeros que aparecimos en la cocina. Era un cuarto con paredes de bareque y sin puerta; dos ventanas improvisadas que permitían la vista hacia el patio yhacia el interior de la casa de mis abuelos. Tenía un piso de tierra duro, que permanecía frío aun cuando el fogón estaba encendido. Una lámpara de petróleo en el centro, de la que brotaba una luz pobre y temerosa. Un almanaque de otro año con imágenes religiosas, que seguía colgado en la pared por el miedo generalizado a desatar una especie de catástrofe o maldición al botarlo a la basura. Dos mesones de madera en forma de ele forrados con papel periódico, de revistas e incluso de regalo. También había una mecedora, en la que la abuela Dina se quedaba dormida mientras preparaba la comida; siempre me sorprendió la forma en que lograba levantarse de un profundo sueño en el momento preciso, nunca se le había quemado nada. Y por último, el fogón. 

Vimos a Mirta encaramada sobre la piedra del fogón, gritando aterrorizada y señalando en dirección al reguero de tapas. Entre su español roído le alcanzamos a entender que algo le había pegado un juetazo y que estaba en la alacena del mesón. Mi papá Rigo, que aseguraba no temerle a nada, llegó con una linterna en la mano y se asomó escudriñando entre las ollas. Cuando de repente el indio de los sancochos salió disparado y le cayó en el pie. Mientras daba saltos en retirada decía: -Esa iguana parece un dinosaurio-. La siguiente aproximación fue por cuenta del tío Libardo, que acostumbraba a dormir en cuero y apareció con la toalla amarrada de la cintura, preguntando que cual era la bulla tan temprano. Le dijimos que había una iguana que tenía acorralada a la negra Mirta. –Negra bajate de ahí, que te vas a quemar-, fueron las palabras del tío a lo que Mirta le respondió: -Vení y me bajaj, pero yo no pongo pie en piso hataque ese lagatto no se haya ido-. Y tamaño problema encontrar a esa hora un buey que cargara con tanto peso, pensé yo. El tío Libardo se agachó y lanzó una tapa a lo profundo del anaquel. El animal se movió empujando los calderos y en su reacción el tío Libardo se cayó de espaldas, con tan mala suerte que al pararse se le enredó la toalla y quedó mostrando todos sus pecados a lospresentes. La primera en formar la algazara fue mi abuela Dina. Quien también había llegado a ver cuál era el cuento que conseguía el milagro de hacer que hasta el tío Libardo se hubiera levantado de madrugada. Todos estallamos en burlas y silbidos, resonaron los piropos y hasta lágrimas salieron del jolgorio que formamos. Sobre todo las lágrimas del primo Juancho, después del cocotazo que le pegó el tío Libardo por andar insinuando que tenía las nalgas como las de Mirta. Acto seguido, llegó Migue, el esposo de mi tía Julia, largo como el sermón de fin de año y flaco por obligación. Le habían diagnosticado osteoporosis, por lo que sus huesos no podían cargar más peso del que ya llevaban. Migue fue el más atrevido, se puso un saco en el brazo y lo estiró en dirección a la iguana. El muy salado, tanteó buscando la cola del animal pero lo próximo que sintió fue un latigazo cruzando por su mejilla izquierda y que le abrió un pequeño rasguño en la frente. Salió de la cocina maldiciendo a todo el mundo, iguana y negra por delante.  

Para ese momento ya hacíamos planes de sacar a la negra por el techo y clausurar la cocina. Estaban los marranos alborotados pues nada que aparecía el desperdicio como plato suculento para su engorde. La negra Mirta en su desesperación preguntó: -¿Aja y al fin cual ej el que me va a sacá?-. Los tíos se miraron entre Cada uno empezó a regarse en un pastoral de razones por las cuales estaba impedido para ejecutar esa misión. Al uno le dolía el dedo, al otro la cabeza, el otro sufría de la tensión, hasta de la religión se valieron con tal de no entrar en la cocina. Los tres tenían miedo y ninguno lo quería aceptar.  La abuela Dina que no hacía más que burlarse de lo que ella llamaba las ninfas de San Cristán, se levantó del mueble y se fue abriendo paso en dirección a la cocina. Nos empujó con sus caderas monumentales que entraban de medio lado en todos los asientos y pronunció las siguientes palabras: -Tanta hombría vuelve bruto a más de uno-. Extendió la sábana que llevaba en las manos y arropó a la iguana como si fuera un niño de pecho, la sacó de la cocina y se fue hasta el fondo del solar, donde sacudió la cobija y la iguana cayó como racimo de plátanos. Se quedó inmóvil mirando a mi abuela, cuando ésta le hizo un amague de volverla a arropar, salió espantada y se escabulló entre la maleza.   

Así pues, vimos mis primos y yo, que la seño Dina lo que más llevaba encima era sentido común. Se paseó entre los hombres de la casa con una sonrisa triunfal y sacó la olla del desperdicio para alimentar a los marranos.

martes, 13 de octubre de 2015

Beto, se va a ir la luz

La madrugada fue silenciosa, herméticaLas hojas de los árboles permanecían inmóviles y escurridas. Algunos animales deambulaban por las calles iluminadas de un amarillo tierra. El pueblo dormía.

La respiración de los tres se había sincronizado en un vaivén terapéutico. El arrullador zumbido de los abanicos mantuvo inalterable el transcurrir de los minutos. De repente el cielo sin luna se iluminó con un rayo centelleante, cuya descarga fue a parar en la subestación eléctrica del sur. Se había ido la luz y el pueblo se despertó. Los faros se apagaron dándole paso a las tinieblas y los ventiladores agonizaron, ofreciendo la victoria a un vaho abrasador que antes combatían. Los mosquitos arreciaron en el ataque, bombardeando como camicaces los toldos que protegían a los tresluego de maniobras infructuosas esperaron pacientemente que el sudor los ahogara y los obligara a abandonar la malla protectora. Finalmente, los tres desistieron y en busca de una frescura inexistente salieron de sus refugios, mientras los perseguían nubes de insectos sedientos. 

La abuela fue la primera en abrir la puerta del patio, se sentó en la mecedora armada con una toalla y los ojos cerrados para aguzar su escucha, persiguiendo sonidos lejanos de críos llorones, ancianos acatarrados e incluso amantes desprevenidos. Era delgada hasta los huesos, la tiroides no respetaba su dedicación a la hora de comer, siempre miraba la balanza y el número era más pequeño, dejó de pesarse. Decía que cuando tomó la decisión de no preocuparse por sus males, se curó, sin necesidad de médicos, ni sobanderos, ni brujos; cada vez que lo manifestaba, unas arruguitas risueñas y profundas se formaban en el pliegue de sus ojos brillantes. 

Minutos después apareció el niño, paseó su mirada en la oscuridad del solar ignorando a su abuela y sin pronunciar palabra acercó un balde y lo volteó para sentarse, estaba descalzo y sudoroso. Tenía las huellas del vitiligo sobre sus hombros y la parte izquierda del cuello, sabía que más temprano que tarde esas manchas subirían hasta su rostro y quedaría como una vaca pero al revés. Era lento en el andar y el pensar, y el sopor nocturno lo acentuaba. 

Finalmente, apareció la madre con un velón de santo. Los otros dos sabían que la verían vestida de calle porque así acostumbraba a acostarse, luego que una noche saliera volando el techo de palma por culpa de un ventarrón. Ese día le tocó salir en toalla y mirar desde la casa del vecino como se desplomaba la suya. Era una mujer de semblante taciturno, dolido. Había sido feliz en otra época. Llevaba el cansancio sobre los párpados y la preocupación en el cabello revoltoso. Tampoco dijo nada al llegar al patio. Se sentó en el borde que se formaba al terminar el piso de la casa, puso los zapatos sobre la tierra y el velón a un lado. 

Permanecieron en silencio varios minutos, hasta que se escuchó la voz del niño: -“Mamá, esta noche volví a ver a mi papá, se sentó en la orilla de la cama y me dijo que se iba a ir la luz”-. La abuela y la madre se miraron de inmediato. Sin perder la calma, la abuela le respondió tajante: -“A tu papá se lo llevó el vendaval, la próxima vez que te venga a ver le preguntas dónde cayó para ir a buscarlo”-. Sin poder contenerse la madre emitió una carcajada sonora, acto seguido la abuela calcó su gesto y las dos estallaron en risas y palmadas. El niño volvió a posar su mirada en el fondo del solar, su semblante confundido detuvo la algazara de las mujeres. -“Beto, fue solo un sueño”- le dijo su madre, y se mandó una palmada a la frente aplastando un mosquito que encontró la muerte por codicioso. Volvieron a quedar en silencio. –“Ve y te metes en la pileta, para que se te pase el calor”. El niño la miró con desgano y le replicó: -“No”-. La madre insistió: -“Si te da miedo, yo te acompaño”-. Con los ojos puestos en su abuela dijo: -“Mi papá también me dijo que si me metía a la pileta, te ibas a morir”-. La abuela se estremeció. Y un segundo rayo atravesó el firmamento escoltado por un estruendo que se dejó escuchar pocos segundos despuésCayó más cerca que el primero. -“No me voy a morir porque el ánima de tu padre lo diga. Así que ve a meterte en la pileta para que dejes de decir sandeces”-. Resopló la abuela.  

Los tres se levantaron, se dirigieron hacia el lavadero mientras iban desgarrando la oscuridad del solar con el velón de santo. La pileta tenía agua hasta el borde y estaba rodeada de piedras y bloques de una construcción que nunca terminaba. El niño miró a su madre y esta le hizo el gesto de que se metiera. No había una hoja en los árboles que se moviera, solo el canto de los grillos y unas cuantas luciérnagas escondidas entre la hierba del solar. El niño se subió en el borde de cemento y cuando iba a lanzarse, se resbaló. Las mujeres oyeron el golpe seco de su cuerpo al caer al agua. La madre soltó el velón y se abalanzó dentro de la pileta. La abuela empezó a gritar en el desespero de las sombras, cuando no pudo oír más el chapoteo se arrimó también al borde. No vio nada, no escuchó nada. Se agachó y empezó a tantear hasta encontrar el velón de santo, siguió sus pasos en sentido contrario, volvió a la cocina y logró encenderlo. Regresó a la pileta y vio en el extremo debajo del lavadero los ojos estupefactos de su nieto, asomó el velón de santo sobre el agua y no encontró a su hija. Le llegó el alba convenciendo al niño para que saliera, le hablara o se moviera, solo cuando los primeros rayos del sol se dejaron ver, el niño decidió salir. Lo abrazó y se lo llevó para el interior de la casa, no sin antes revisar una vez más en la pileta. Su hija no estaba. Cuando logró arroparlo bajo las cobijas le preguntó: “Beto, ¿dónde está tu mamá?”, el niño le dijo: “Se fue con mi papá”. La abuela vio tanta convicción en su nieto que no intentó hacer otra pregunta. Cuando iba saliendo de la habitación volvió a escuchar la voz del niño: “Y te manda a decir, que no se lo llevó el vendaval, sino que lo tiraron al río y está cerca de Magangué”.      

viernes, 21 de agosto de 2015

Betulia

Betulia se dejó llevar al patio junto al lavadero. Allí mismo, improvisado hacía más de cuarenta años, se encontraba un cambuche con láminas de zinc aparentando ser una ducha. Creía recordar el disgusto con Argemiro por esta medida, que aún hoy le parecía inútil, ya que antes se bañaban con la ropa puesta y cada uno la lavaba, ahorrando agua, jabón y tiempo. Luego todos los harapos empezaron a pasar por sus manos. Una sonrisa se camufló entre los múltiples pliegues de su rostro, cuando pensó en ese otro secreto que llevaría a la tumba. Después de décadas fregando, al final solo remojaba y echaba jabón. Lo mejor del cuento era que le quedaba igualita que como saca la ropa la máquina esa, que un día casi se le come la mano. En ese baño, donde a cuento de totumazos y jabón de bola, logró despercudir las pieles ennegrecidas de hijos, nietos y bisnietos, veía las láminas opacas y marrones con mordiscos en los bordes inferiores; pues el agua aunque sin dientes, iba rematando poco a poco los escudos sinuosos y brillantes del otrora, a punto de derrumbarse pese a los refuerzos de alambre y cabuya que alguno de sus bisnietos había instalado.

Ya eran tantos sus descendientes que había olvidado los nombres y optaba por llamarlos mijo o mija, así nunca se iba a equivocar. A otro de esos genios se le ocurrió amarrar un pedazo de atarraya en lugar de poner el techo en la ducha. Solo para pretender resolver el conflicto casi bélico que se cernía entre los suyos y el árbol de mango de los Manjarrés. Habían llegado a comprobar que los mangos caían si alguien estaba bañándose. El problema era que el majestuoso árbol no distinguía de caras y un día su ataque cobró la nariz de Argemiro, el patriarca. Ese día le tocó arrastrarlo por el riachuelo mugroso que salía del lavadero, se obligó a mirar sus pies para así evitar desvanecerse por la impresión de la sangre empozada en su ombligo. Ninguno de sus hijos estaba en la casa y fueron los vecinos quienes llegaron en su auxilio, cuando lo llevaba por el pasillo que conecta la cocina y la sala. Al ver a dos hombres de esos levantando el cuerpo desmayado de su marido, pensó que al menos no se le había muerto en las manos. Con extrañeza, sintió una de las bocanadas de alivio más representativas de su vida, solo comparada con ese momento cuando la partera le decía ya puedes bajar las piernas.  

Así eran sus pensamientos ahora, escurridizos, volubles. Le era imposible rastrear un recuerdo y ni qué decir de las trayectorias que transitaban hasta llegar a su cabeza. Por eso, no hacía ningún esfuerzo en recordar por qué la sacaban tan temprano de la cama y  la llevaban al patio junto al lavadero. 

Se dejó llevar y hacer, con la misma docilidad de una hoja navegando en la corriente de un riachuelo, sin preguntar, solo porque sí. Además, todas esas atenciones tenían sus ventajas, después de tanto vivido, andar pidiendo favores pesaba más que la carne flácida que le colgaba por todas partes. Siempre fue del pensar que cada uno sabía lo que tenía que hacer y si era muy lelo se le debía decir una segunda vez, la tercera ya era necedad. Así había enseñado a sus alumnos, durante los 67 años que tuvo la escuela de un solo salón primero, en la sala de su casa y de dos salones después cuando Argemiro le construyó un quiosco en el patio.

La maestra Betulia, como la conocía todo el pueblo, empezó enseñándole los números del 1 al 100 a sus propios hijos. Hasta el 100 era suficiente. El billete de mayor denominación era el de 5 pesos y ella pensaba que era un desperdicio ir más allá pues cuándo iban a tener esos niños tantos billetes como para contar más de 100. Después una vecina le pidió hacer lo mismo con los de ella y para cuando los niños se aprendieron los números, le tocó aprender cómo se escribía el padre nuestro. Y le quedó gustando tanto que un día a secas le dijo a Argemiro: Voy a ser maestra. Sin más, como si le estuviera diciendo: Me llamo Betulia López. Y tan contundente fue, pues Argemiro supo que no debía preguntar nada.

Fueron casi siete décadas, rodeada de caras pequeñas, redondas, chillonas y empatadas de caramelo.  Algunos tan ágiles que le costaba mantenerles el paso en la enseñanza, otros parecían piedras de las pesadas que no servían ni para tirarlas lejos; y la mayoría, esos ubicados en el ni si, ni no. Sin embargo, a todos los había acogido. Los niños como los parásitos, consumían toda su energía y se le había ido la vida en ello. No le importó.


Así como tampoco le importó verse emperifollada con un vestido que no era de ella, un mono impecable que en otro cuerpo seguro se veía elegante, en el suyo era como una sábana con forma de sábana; o que le pintaran el rostro y le metieran esas masas pegajosas dentro de las grietas de su piel, ni el amarradijo en su cabello tratando de ocultar con estilo obispal las franjas peladas y relucientes de su cráneo. Por eso, solo atino a sonreír cuando vio su cuerpo acomodado milimétricamente en el féretro caoba; que hijos, nietos, bisnietos y estudiantes consiguieron, para enviarla al más allá con extrema e innecesaria comodidad. –Ya era hora– pensó. Y volvió a sonreír.       

viernes, 24 de julio de 2015

Desde la cuna

AGUA DULCE

Agua dulce corre por mis venas,

mirada serena entre cielo y río,
nada más sonrío al imaginarme sirena
presa en el placer frío del agua en mi piel morena.

Porque soy de agua dulce, hija de río

hermana de islote, mujer de sol
el viento ribereño es mío, yo soy suya, somos los dos.

Amante de verde que se refleja en mi senda

yo soy la cena fresca de agua de río,
con él o ella brillo pues soy verbena
y en cada brazada vivo,
también esquiva y también ajena.


EL LABRIEGO DE PALMA


Abiertos sus ojos, dispuesto humilde el corazón,
adiós dulce Morfeo, buenos días al trabajo,
las gracias al dueño y señor, con toda razón
porque ha levantado al que venía de abajo.


Comienza la jornada aun en penumbra,
es la luna quien afable custodia la partida,
ninguno a esta hora se acostumbra,
atento en la llegada a la orden impartida.


Verde, el aire húmedo cargado de rocío, verde
entre hileras de palmas símbolo del futuro,
fruto naranja aunque contrasta se pierde,
no así, la mueca recia que sabe de trabajo duro.


Y tímidos se asoman los primeros destellos que toman
irregulares formas, brillante aljófar sobre las hojas,
millones de hojas en miles de palmas en perfecta alineación,
creando largos caminos de tierra húmeda y fresca imaginación.


Sale raudo el cazador de racimos, grito de batalla: a lo que vinimos.
Afiladas sus espadas, todos concentrados la labor ha comenzado.
A lo lejos solo las deudas son abismos que perturban lo que vivimos,

aún más próximas están las sonrisas retraídas y el cuerpo cansado,
porque pesa la vida y los años se entrevén en los ojos,
mas el alma es liviana y flota entre grillos y dianas,
escucha azulejos e incluso el gallo de la finca a lo lejos
y el espíritu descansa pero nada le amilana.


Así transcurre el día, manchado de tierra, risueño,
envuelto en sudor sucio y brillante que corre incesante,
contando el sonido seco de los racimos al golpear el suelo.
Satisfecho, la labor ha concluido es hora de marcharse.



domingo, 28 de junio de 2015

La agonía del renacimiento

Trascurrido el día con más novedades de las que podían soportar, se encontraban sentados tratando de normalizar aquello que no era de su alcance y que les había arrebatado la tranquilidad por ya varios días. En total eran cinco, congregados alrededor de una mesa magistral debatiendo en dirección al viento con las últimas fuerzas disponibles. El principal, escéptico e imperturbable, con gesto grave y vigilante seguía los movimientos torpes de sus nerviosos gregarios. La bella, que bien podía emular a la niña inocente en un cuento de hadas, obligada a permanecer al frente sonreía sin esfuerzos y esperaba por lo mejor. El ausente, de ojos tristes, meditabundo  sumergido en la más espesa de las preocupaciones, ajeno era de las vicisitudes del momento. El audaz, con cabeza fría buscada adelantarse en la estrategia y dar el siguiente paso de batalla. Y la temperamental, exasperada por la irresolución del conflicto y por la fragilidad que copaba el recinto, como el aroma de la comida recién hecha.

Los cinco, luego de horas de resistencia, bajo acuartelamiento casi militar pues se encontraban custodiados por hombres armados de las fuerzas del bien, tenían los ánimos debilitados y las mentes segregadas, con esperanzas fugaces, etéreas, hasta que sucedió lo inexplicable.  La bella se había apartado del grupo para satisfacer sus necesidades primarias y regresó a la sala con los ojos desorbitados, ahogados en lágrimas, el rostro enrojecido con el gesto perturbado de aquel que se encuentra mirando de frente a la muerte. El audaz saltó a su encuentro, se abalanzó sobre su cuerpo y la sostuvo para evitar que su cuerpo al desfallecer quedara tendido en el suelo. Los demás petrificados en un primer instante, despertaron del letargo vociferando ideas para socorrer a La bella. La llevaron hasta un sitio más abierto donde todos excepto El audaz eran espectadores. En su padecimiento La bella atinó a explicar que no podía respirar porque algo había quedado atascado en su garganta. Tosía con desesperación, como si quisiera expulsar de si todo lo que tenía por dentro, amagaba un vomito milagroso que le devolviera la vida pero que no llegaba, arañaba el viento quitándole un poco de aire para continuar consciente, jadeaba en la imposibilidad de gritar para expresar su agonía. Y mientras tanto todos eran público del más siniestro acto, excepto El audaz. Se había ubicado detrás de ella, rodeando los brazos por encima de su cintura y aplastándole el tórax con sus puños, cohibido entre el temor de causarle más dolor del que ya sentía y la obligación de salvar su vida. El sudor frío que se precipitaba a lo largo de sus extremidades, el temblor involuntario que se apoderó de sus piernas, la mirada intensa e impotente dieron parte al resto del grupo que no estaba funcionando, que la iba perdiendo al paso de los segundos, que se le escapaba de las manos como el agua del mar.

El principal, que por una vez sintió dentro de sí la oleada de desolación, alertó a quienes se encontraban en las inmediaciones y regresó con un hombre muralla que portaba indumentaria guerrerista. El gigante, de tez amarilla y cabello de fuego, se aproximó a La bella desplazando a El audaz, se ubicó en la misma posición e inició la maniobra de Heimlich. La fuerza de su abrazo se vió reflejada en las convulsiones del cuerpo de La bella. Sin un minúsculo asomo de miedo, la levantaba del piso hundiendo los nudillos de sus dedos descomunales por debajo del pecho de aquella que seguía luchando por un suspiro, pero que parecía apagarse incluso con el más leve soplido del viento, en homenaje a la ironía. En el tercer envión, fue expulsada de entre los labios de La bella una almendra de dimensiones astronómicas.  El resoplo se dio al unísono, cuando todos escucharon el ruido que hizo la bocanada de aire al ingresar por la boca de La bella, seguido por el llanto y los gestos de alivio.

Le tomó varios instantes asimilar que aunque su vida había pendido de un hilo, ahora se cosía de nuevo a su piel. Recobró paulatinamente el aliento y la voz para enunciar palabras de absoluta sabiduría: “Sentí que mi vida terminaba, que había sido tan corta, tan frágil, que poco había disfrutado de los días y agradecido por sus pequeños detalles, por las personas, por la vida misma y pedí una oportunidad para hacerlo diferente esta vez”.


El silencio no se hizo esperar y cada uno de los presentes acogió aquel sentimiento como propio… solo un pensamiento quedaba en el aire flotando como una pluma: Puedo hacerlo diferente esta vez.   

domingo, 7 de junio de 2015

Sentada bajo el almendro

César era hijo de la profesora de Matemáticas de mi escuela. Un niño raquítico, de cabeza grande y ojos perdidos, con el cabello estático y negro como la ausencia de luz. Su piel amarillenta se confundía con el medio día, cuando parecía que la ropa iba flotando en el aire. Poseía un talento especial como defensor de causas perdidas, que lo llevaba regularmente a quedarse sin un peso durante el descanso, pues parecía disfrutar más comprando meriendas para los de primero y segundo grado, que para sí mismo. También era un excelente jugador de futbol o por lo menos al nivel que deben tener los niños de cuarto de primaria. Estaba claro que no le importaba el abrasador sol de siempre que caía sobre la cancha de concreto de la escuela, desde la sombra parecía una enorme plancha en la que se derretían aquellos enclenques carentes de coordinación. Era el único que en lugar de salir corriendo a su casa cuando sonaba el timbre de las 12:30 pm, recogía de salón en salón a un grupo de incautos que habían acordado jugar con él después de clases, y yo lo veía desde la sombra de un almendro gigante, como todos los arboles cuando tienes nueve años.

Empecé a quedarme después del timbre, el lunes siguiente a la celebración del día del amor y la amistad. Mi primera vez celebrando un día de algo que creía no conocer y algo que creía no tener, por lo menos no en la escuela. A la profesora Elva se le había dado por integrar los cursos en una fiesta con intercambio de regalos, participaban tres cursos de cuarto de primaria y dos de quinto, en total una masa palpitante conformada por más de 150 niños y niñas. Desde el principio era un plan que estaba destinado a fracasar. El sábado nos reunimos en el salón múltiple de la escuela, con nuestras ropas de calle. Yo por ejemplo llevaba el vestido con estampado de hojas verdes y rojizas que mi papá me había comprado para la primera comunión de mi hermano. Lo recuerdo como mi traje más hermoso, hasta la fecha. La exaltación por participar de tal evento, me había llevado a obligar a mi madre a que comprara con más antelación de la debida, un carro de juguete a control remoto para mi amigo secreto, un niño de mi salón con el que nunca había cruzado palabra y por más retrospectiva que hago, no logro recordar su nombre. Durante toda la semana lo estuve mirando e imaginándome cómo se iba a sentir cuando abriera su regalo, por supuesto también pensaba en que tal vez alguien me miraba de la misma forma. Iniciada la fiesta, el desorden fue descomunal, empezaron a aparecer niños de otros salones e incluso a no aparecer niños que en teoría debieron estar ahí. Luego de casi una veintena de regalos entregados, los profesores desistieron de mantener el orden y accedieron a hacerlo a nuestra manera, el intercambio fue lo de menos. Por ese entonces, como es normal, tenía más desavenencias que proximidades con mi hermano menor, así que procedí a entregar el regalo que llevaba. Mi amigo secreto destrozó con celeridad el papel de avioncitos con el que, en homenaje a la torpeza, mi madre y yo habíamos envuelto el carro. Estuve por más de una hora sentada esperando que alguien se acercara a mí con la intención de darme un regalo. Una hora más tarde solo añoraba que alguien se acercara a decirme: Eres mi amiga secreta, pero no te traje nada. Finalmente me rendí. Me volví a poner los zapatos con los que iba a misa y me retiré del salón comunal en dirección al portón de la escuela. Mientras me alejaba, el sonido de la música iba perdiéndose, la algarabía se quedaba atrapada en el salón múltiple y volvía a casa sin nada que contar. 

Al día siguiente, como era de esperarse en un domingo usual, fuimos al templo. Por decisión propia que mi madre no tuvo forma de disuadir, volví a encajarme el mismo vestido. De no haber sido por ella lo habría llevado puesto por semanas. Al salir de misa, mientras caminaba de la mano de mi papá, escuché que alguien me llamaba. Era César. Dudando cada paso, intenté caminar en dirección a la voz que había detenido el tiempo, mas el impulso fue frenado porque mi papá no se decidía a soltarme. Cuando por fin lo hizo, me acerqué y antes de cualquier pregunta, ese niño descalzo al que le corrían ríos de sudor por el cuerpo, me extendió una bolsa de plástico con rayas azules. Procedí a mirar dentro y encontré una alcancía rosada con ponis y arcoíris dibujados en un papel extra colorido, la alcancía tenía forma de corazón y un candado que resguardaría mi tesoro monetario. Alcé la mirada y le escuché decir: Feliz día del amor y la amistad. Y salió corriendo sin decir más. 

Muchos años después volví a encontrarme con César, le recordé la anécdota de la alcancía. Le confesé cuánto me había alegrado recibirla y también que luego de eso me había quedado durante muchos días a verlo mientras jugaba fútbol, sentada debajo del almendro, reuniendo fuerzas para darle las gracias, un día tras otro, inventando pretextos, desviando la mirada, corriendo en dirección contraria, mas al final las fuerzas no llegaron, nunca le dije nada. Él por su parte, me sorprendió al decirme que en realidad yo no era su amiga secreta, sin embargo cuando vió mi desilusión en la entrega de regalos, decidió darme uno. 

Hace unos días mientras estaba de trasteo encontré la alcancía y al tomarla entre mis manos, casi pude sentir la misma emoción que aquel domingo en que la recibí. Esa simple alcancía me hizo recordar que aun cuando lo ignores, siempre van a existir personas que se preocupan por ti y solo buscan hacer que sonrías. Así que para no cometer las mismas faltas y evitar pasar día tras día sentada bajo el almendro, doy gracias por todo y a todos los que alguna o muchas veces me alegraron la vida. 

P/d: Gracias por las mariposas amarillas. Sentí que todo a mi alrededor quedaba suspendido en un segundo, que de los labios escapaban cintas de colores, la luz se envolvía en una aroma de lavanda y los latidos de mi corazón retumbaban como pedazos de glaciar cayendo en el mar. Pocas veces en la vida me he sentido igual y lamentablemente la simpleza de mi espíritu se ha refugiado en el temor.


lunes, 18 de mayo de 2015

Los zapatos de charol

Las tres valquirias que conozco han podido sanar cualquier lesión o herida que alguna vez haya sentido. Carmen, Libia y Nancy son las deidades generacionales que me preceden y han levantado el más alto estándar en un arte que debo confesar, no domino: ser Mujer. Esta historia es homenaje a una de ellas.


Carmen fue guerrera por excelencia. Dueña de una osamenta menuda y a sus ochenta años la energía que ya quisiera para mí. Su voz ligera y alegrona se mete como el agua en las hendijas de los corazones más cerrados y logra endulzar hasta las caras más amargas. Alguna vez me contó que se había convertido en negociante de madera y hasta la selva había ido a parar, rodeada de hombres desesperados y amenazados por la imprudente decisión de una mujer de escasos 1,50 cm de estatura. Hoy se balancea entre las manos imprecisas y sobreprotectoras de unas hijas de pocos acuerdos, que intentan apaciguar la llama viva asomándose en unos ojos que ya no pueden ver.

Libia nunca le tuvo miedo a nada, era cautelosa pero de temperamento férreo. Como lo hacen todas las personas de buen corazón, no escatimó en la entrega de sus pasiones, ni en la fuerza de sus anhelos, y menos aún en la contundencia de sus despedidas. La acompañaba siempre la gracia de una belleza fresca, como pintada por Monet en alguno de sus tantos jardines. El epítome de su seducción descansaba sobre sus labios rojos, carnosos y sonrientes, en torno a los que giraban sus ojos profundos, sus pómulos altivos, ese cabello negro cimarrón y su nariz egipcia, faraónica.  Fue la primera de muchos hermanos, la segunda al mando después de Carmen y la única para sus cuatro hijos.

Nancy, la última de esos hijos, había sido producto de los amores afanados y salobres que surgen en el sempiterno verano del Valle del Medio Magdalena. Fue engendrada con el calvario de una infinita humildad que se expira por la piel y sale por los ojos. Aun hoy es dueña de un cabello generoso, legendario, marco de su rostro salpicado de pecas. Es dominatriz en la danza de caminar contoneando sus caderas vastas y fértiles. Y su sonrisa calmada y transparente es el sello inconfundible de todo el significado de la fidelidad.  


Ese día Libia y Nancy corrían juntas a lo largo de un paseo comercial en una ciudad que parecía bonita pero no lo era. Nancy, había pensado que esta vez verían a Carmen y su corazón se alegró tanto que casi no durmió durante la noche. La decepción no se hizo esperar al ver que se trataba de otra maratón de compras y ventas de las que Libia ejecutaba majestuosamente mas pasaba desapercibida e inentendible para ella. La pequeña de 8 años ajena a los afanes de su madre, miraba abstraída hacia todos los lados, maravillada y aterrada de su entorno. Veía unas calles abarrotadas de carteles batallando entre sí por llamar la atención de los desatendidos transeúntes. Centenares de vociferadores apareciendo de la nada justo detrás de sus oídos parafraseando una y otra vez lo mismo. Animales desosegados y erráticos buscando un espacio para evitar las pisadas y recostarse con la mirada perdida al igual que sus dueños. Aquellos dueños que ya habían declarado rendición absoluta y esperaban sobrevivir tan solo una noche más. El sin fin de olores nauseabundos fundiéndose en su piel como los malos pensamientos, que para su edad no pasaban de ser: … ese señor debería bañarse en lugar de estar tirado todo el día en el piso… otra vez este vestido que tanto pica, mi mamá si es cansona… mi abuelita Carmen me quiere más…

Llevaba sobre su cuerpo diminuto un remedo de vestido de novia de colores, incluso para esa época abusaba en el uso de tul y encajes. Además a pesar de estar en una ciudad con un clima más frio al de su pueblo natal, sentía que en cualquier momento ardería en llamas. Y para colmo de males, sus pies iban casi descalzos gracias a unas sandalias que, sin contemplación a su incomodidad, permitían la acumulación de tierra entre sus dedos. No entendía por qué debía vestirse como niña para recorrer aquellas calles en donde nadie se percataba siquiera de su existencia, se sonrojaba al pensar que aún si anduviera desnuda lo más probable era que nada pasara. Miraba de reojo a Libia, forrada con un vestido tan rojo como sus labios, se acababa justo encima de sus rodillas para insinuar sus muslos perfectos y arropaba una silueta por la cual la muchedumbre abría sus entrañas para permitir su paso, empero se cerraba para golpear a Nancy.

No era su primera vez en aquellas calles, mas como la primera vez sentía sobre su tierna piel el temor de ser un grano en una tormenta de arena, se aferraba como el hambre a las manos de su madre, esa fue la primera regla. La segunda rezaba que si llegaba a perderse debía refugiarse en lugar seguro, las referencias iban desde una tienda hasta una iglesia. Y la tercera, la misma que usó con sus propios hijos: No debes hablar con desconocidos. Como a cualquier niño de su edad, aun la inocencia le conducía a creer que los derechos y deberes eran universales, y las reglas aplicaban para todos. Tal vez por ello le pareció tan extraño cuando Libia se detuvo y la mano que la arrastraba empezó a derretirse.

La vio levantar la otra mano, en la que llevaba todo lo demás, y volteó su mirada en dirección a la acera opuesta donde un hombre respondía con el mismo gesto. Llevaba un maletín negro gigantesco impedimento de su movilidad, su vestuario no destacaba en la pasarela en la que el resto del mundo seguía transitando, excepto por los tres. Era un hombre alto y fornido, claro como el alba, sonreía sin disimulo mientras atravesaba la calle. Las saludó con un sonoro buenos días y un apretón de manos para Libia, quien a su vez le respondió diciendo: Esta es Nancy. Pasados los saludos de cortesía, aquel hombre las invitó a una panadería esquinera, caminaron en silencio. Al llegar, el bendito olor del pan se metió hasta el alma de Nancy, imaginó comerse todos los postres del mostrador, se sentó al lado de su madre, frente al espacio vacío justo a un costado del desconocido. Escuchó sin oír una conversación como la de los adultos: aburrida y enredada. Contó las vueltas de un reloj ubicado a lo alto de la pared del fondo, mientras esperaba la llegada de aquello que Libia había pedido para ella. Entendía las vueltas como minutos, aun cuando seguía sin poder leer la hora. Minutos eternos en la agonía de saborear la fuente del aroma embriagante que la abrazaba, limpiando los hedores de la calle.

Al terminar de comer, salieron nuevamente. El encantamiento había terminado y otra vez su vestido se humedecía sobre su piel. Seguían caminando junto a ese señor de olor a limpio y hablado pausado, como si pidiera permiso con cada palabra. Llegaron a una zapatería de esas brillantes que cuando corría junto a Libia no alcanzaba a ver bien y en las que nunca entraban. Cada zapato de aquel sitio costaría lo mismo que una casa, cavilaba. Libia le indicó tomar asiento en una de esas butacas que en lugar de patas tenían espejos. En ellos podía ver claramente la mugre de sus sandalias, e intentó limpiarla con un pedacito de servilleta de la panadería. Justo en ese momento escuchó la risa amigable de aquel hombre que todavía seguía con ellas mientras le decía: Tranquila, no están tan sucias. Bajó la mirada rápidamente porque seguía cumpliendo la tercera regla y dejó a Libia quitarle las sandalias. Una vez sacudidos los pies, Libia le preguntó: Mamita, cuáles te gustan más?. Le señalaba dos pares de zapatos ubicados justo en la mesa contigua y previamente seleccionados por ella. El primer par, otras sandalias con pepitas de colores y tantas correas que le obligaron a pensar en amarrárselas como contar árboles en un bosque. El segundo par eran unos zapatos de charol. Los vio tan negros y brillantes como el cabello de su madre. Eran incluso más bonitos comparados con los zapatos que llevaban sus amigas a la escuela y que tanto miraba de soslayo deseando probárselos. Levantó su mano derecha y apuntando con el dedo índice, los señaló. Lo siguiente que escuchó fue a su madre diciendo aliviada: Esos son los mejores y te sirven para ir a estudiar. Aunque los sintió un poco duros al levantarse, los admiró y pensó en no volvérselos a quitar nunca más. Respondió afirmativamente al cuestionario de Libia y finalmente aceptó quitárselos y volver a las sandalias con la promesa de usarlos al llegar a casa.  Se quedó sentada mientras seguía con la mirada a aquel hombre que tomaba los zapatos y se acercaba al mostrador, no los perdió un segundo de vista mientras la señora del almacén los envolvía en una caja y después en una bolsa, para por fin volver a sus manos, de las manos del señor.        

Justo al salir de la zapatería, escuchó el ritual de despedida de los adultos que la acompañaban. El hombre se inclinó a la altura de su cabeza y le dijo: Pórtate bien y cuida a tu mamá. Lo vió atravesar de nuevo la calle y adentrarse entre la multitud. Levantó la mirada y esperó pacientemente a que Libia iniciara la marcha. Antes de que eso ocurriera, ella bajó el rostro y buscó sus ojos, le sonrió preguntándole: Te gustaron los zapatos?. Nancy asintió con la cabeza. Luego la escuchó decir: Ese era tu papá.  Volvió la mirada buscándolo otra vez, pero ya se había ido.  

Fue la primera vez que Nancy vio a su padre. Después de casi medio siglo continúa esperando por la segunda.  

jueves, 23 de abril de 2015

Negación interminable

LA SÚPLICA 

Cuando por fin decidas dejar de engañarte
y puedas reconocer mi verdad,
cuando por fin termines abandonando el orgullo
y quieras hablarme con sinceridad...
Cuando por fin comprendas
que por más lejos que me sientas
estoy justo detrás de ti
y aunque el silencio es lo que escuchas
te grito que estoy aquí...
Cuando puedas confiar en mi de nuevo
y desees salvarme y nada más,
cuando logres mirarme a los ojos
sin reprochar mi honestidad...
Será entonces
cuando por fin pueda abrazarte
sin miedo a que me olvide de ti
sin miedo a que me aleje
sin miedo a que te olvides de mi

DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

Impecable,
no basta siquiera toda una vida
para cumplir las añoranzas y promesas
cuántas en el aire, en el camino de ida?
sin regreso, se ven borrosas y entristecidas.

Imperturbable,
juega lo que tenga por una fracción más
ingenuidad que empuja a creer en un final
que pesado eructa las verdades quien recibe, da,
aun siendo demasiado tarde, ya es hora ya se va.

Irreprochable,
pues para qué perder lo último
cuando lo es todo, ya no hay vuelta atrás.
Lo hecho está hecho, hasta el susurro más ínfimo
nada puede quedar escondido ni en lo más íntimo.

Innegable,
se acerca el momento en que reconoce
que ha sido tonto en tantas ocasiones
y se imagina la carrera imposible casi demencial
así empieza la redención en su esfuerzo final.

martes, 24 de marzo de 2015

La Paz: Entre los cielos


Eran las 2 de la madrugada cuando escuché una voz enlatada avisando que al fin llegábamos a La Paz. Me asomé a la ventana del avión  y vi un festival de luciérnagas que irrumpía en la profunda oscuridad, la vida a 3250 msnm. Una vez en tierra me apresuré a buscar refugio, un mal cálculo en los tiempos de viaje había conllevado a que llegara cuatro horas antes de lo previsto. En la ventanilla de cambio la cara rellena y de mejillas rosadas de la cajera, además de explicarme con paciencia maternal el funcionamiento de aquellos nuevos billetes, me indicó dónde debía tomar el taxi hacia el hotel de forma segura. 

Al salir del aeropuerto una corriente de aire gélido me recordó que había llegado a la capital suramericana más cercana al cielo, aquello era tan cierto que quise levantar mis manos para abrazar esa inmensa luna llena que levitaba sobre mi frente, casi a punto de posarse sobre la mancha de luciérnagas. Para ser más precisa, había llegado a El Alto, La Paz aguardaba tan solo unos metros más abajo. 

Luego de una contemplación de la que por poco termino petrificada, se me acercó Jonni, que no tenía cara de haber sido siempre Jonni, me ofreció su servicio de taxi casi como si yo le estuviera haciendo el favor de su vida. Su actitud de agradecimiento me supo a dulce de leche, que parece ser un manjar que compartimos todos los del sur, y su voz en una tonada de canción de cuna se metió en mis oídos para arrullarme. Incluso hoy puedo escuchar aquel sonoro Señorita, con el que optó por llamarme a falta de una presentación formal y el exceso de cortesía que emanaba de aquel hombrecito de rasgos indígenas serenos. Al día siguiente me daría cuenta que en aquella tierra buena eran mis rasgos los diferentes y los suyos los de casa. 

En el taxi, Jonni escuchaba noticias sobre el reciente proceso electoral del que Evo salía airoso para sorpresa de pocos y me explicaba humildemente el porqué se sentía satisfecho por la realidad de su país:... No le niego Señorita que Evo tiene que mejorar cosas, pero va por buen camino... Me decía en un tono macilento. 

No había terminado de quitarme los guantes, y ya sentía que los volvía a necesitar; en esas estaba cuando de repente se asomó imponente el destello fulminante de una ciudad inmensa, acuñada entre cerros y montañas, dormida aún con la misma belleza de aquella princesa india que la custodiaba impasible. 

Al día siguiente con la luz de la mañana vi a los príncipes eternamente enamorados, resplandecientes. Ella era parte del rosario de nevados de la cordillera real y él dulce viento que acompaña la cima de la montaña, los dos protagonistas de una leyenda milenaria que se erige frente a La Paz. Como los padres se inclinan para contemplar a su bebé, así en el Illimani se asoman ella y él, para custodiar una ciudad que crece a pasos agigantados, bajo la mirada complaciente de aquel guardián inmaculado, perpetuo. La leyenda cuenta que la doncella Mana y el príncipe Illi, de tribus rivales vieron el amor en los ojos del otro, un amor furtivo, atemporal, que no fue aceptado por los dioses. En castigo por la osadía de los nativos al querer casarse, el dios Furia Kheschua congeló a Mana y convirtió la nieve en su vestido de bodas. Illi, presa de la infinita tristeza se aferró a su amada,  sin importar la crudeza de su doncella seguía prendado a los ojos de aquella niña que le robó el alma. Por este incontenible acto de amor, el dios Huirajocha sintió piedad por él y lo elevó hasta la cúspide de Mana como la brisa perenne que arropa al Nevado. De esta forma, los dos amantes permanecen juntos a través de los tiempos en un solo, el majestuoso Illimani. 

Así es La Paz, un cuento para no olvidar, una historia recargada de magia e ilusión, sabores de tierra, vientos gélidos que se pierden entre la calidez de personajes agradables que te sonríen sin esfuerzo, una ciudad tranquila y sabia. Una leyenda romántica y esperanzadora, que no hizo más que devolverme la fuerza, la ilusión, porque no importan ni el tiempo ni la distancia.

viernes, 6 de marzo de 2015

El origen



ADIOS NIÑA MIA

Tierra que es amarilla y polvorienta,
tierra que fue verde y serena,
tierra que aún no sea dado cuenta
que el tiempo pasa y no espera.

Adiós a los retoños de olivo,
nada queda del cristal que corría
bañando dulce tierra de olvido,
adiós a la niña mía.

Adiós niña encantadora,
te has perdido en el camino
a espaldas de un sol que adoras
se apaga el brillo escondido,
se abre a tus pies descalzos
la tierra que no se acuerda
de un pasado triste y falso
que le ha cerrado las puertas.

Tierra, tierra reverdece
con el alma de la divina,
niña, niña se adormece
adiós niña, vida mía.


CUANDO TODO TERMINÓ

Acaba de suceder lo más inverosímil,
se abre implacable la verdad ante sus ojos
que inocentes contemplan los despojos
de una ilusión destrozada de la forma más vil.

Se derraman a cántaros, incontenibles las lágrimas
que arden mientras recorren sus mejillas,
se precipitan angustiosas en las páginas amarillas
buscando sosiego al quitarse el yugo de las víctimas.

De aquella ingenuidad ignorante y pueblerina
que se creyó merecedora de segundas oportunidades
olvidando que el demonio no ve más que banalidades,
malhechor indolente de mirada engreída,
que escondido tras el manto miserable de su piel
orquesta su estrategia infalible al ataque,
nada más vulnerable que un corazón que se abre
a la daga certera y envenenada en su hiel.

Y corre traidor aquel que no tiene alma,
gritando de lejos “lo siento” sin prisa
mira hacia atrás dejando ver su dicha
deleitándose crédulo en una felicidad falsa.

Esa que se alimenta de un sufrimiento agónico
del llanto desbordante de la niña incauta
de la dueña del corazón enfermo que se siente exhausta
de su pasado triste y su presente irónico.

jueves, 19 de febrero de 2015

El arte del dos por uno

El artículo 27 de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, proclama que: “Toda persona tiene derecho a tomar parte en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y del progreso científico”. Léase bien, dice toda persona, entiéndase persona como individuo, no pareja o grupo de 3 o más.

Este mes buscando escapar de algunos demonios y dándole rienda suelta al espíritu aventurero que sé que llevo dentro, pero de tanto en tanto se esconde, me di a la tarea de encontrar un plan lo suficientemente bueno para sustraerme de la realidad durante los tres días de un fin de semana con puente, con la respectiva aclaración, un plan para mí. Resulta entonces que en este país, el concepto de individuo es solo teórico, por lo menos en lo que respecta al entretenimiento (mantengamos el beneficio de la duda latente).

En mi búsqueda encontré un sinfín de planes para dos o más, aquellos contados en los que se dejaba entrever la posibilidad de una persona sola, tenían como objetivo “encontrarte pareja”… ajá y si no estoy buscando?. Con el instinto de aventura embolatado y más enfocada en tirármelas de científica, se me dio por hacer un pequeño experimento. Me fui al extremo y digité las temidas palabras: Para uno. Google en su afán por satisfacer las necesidades de sus desubicados usuarios, me remitió a 3.5 MM de resultados, 7 links en la primera página, todos en Chile. Como siempre los chilenos un paso adelante ya se han desprendido de la ordenanza del dos por uno. Pero en el país del sagrado corazón, ejemplo del incumplimiento de los Derechos Humanos, el mencionado artículo 27 se da por sentado, en parte porque parece obvio y en parte porque no es entendido en su totalidad, empezando por nuestras instituciones madre. Por ejemplo, la iglesia que aun maneja ciertos hilos de oro doble moralistas (…me pega…), es precursora en ofrecerlo todo en combo y un soltero de 30 años representa una profanación al divino sacramento de la empresa matrimonial. Que no me lean ni el padre Jose Manuel, ni mi madre y mucho menos mi tía Nancy, porque con esto sí tendrán para rasgarse las vestiduras y creer que a pesar de tantas oraciones me inscribí en el otro equipo.

Continuando con mi experimento, después de limitar el sondeo a Colombia, solo aparecieron tres pestañas de resultados y los diez primeros links repletos de opciones en Pareja y/o Grupos. Al parecer es más fácil conseguir un plan swinger que un plan para una sola persona.

Luego de horas de navegación infructuosa, encontré una página prometedora no porque pudiera ir sola sino porque era un viaje a Bahía Málaga en el pacífico. A pesar de la restricción hice mi inscripción para dos. Mientras llenaba los datos, tuve que especificar mi estado, ¿soltero o casado? Primero, como si no hubieran más opciones y segundo ¿qué diferencia hace? Es tan segregacionista como exigir la foto en una hoja de vida. Así que ahora debía rebuscar con quien ir. Luego de una selección exhaustiva, en la que de entrada tuve que descartar a mis amistadas pares que por obvias razones dirían que no, le comenté el plan a uno de mis amigos de toda la vida, que según parece sufre de la misma enfermedad que yo… es soltero. Sin embargo luego de varias semanas de indecisión cuando finalmente supuse que no iría, volví a contactar a la compañía, en la cual ya había hecho un depósito para dos personas. Me informaron que no les era posible lograr acomodación simple. Y ahí me quedé al otro lado de la línea, pensando que para ver a las benditas ballenas tenía que sucumbir ante lo arcaico del precepto sobre la pérdida de la individualidad.  El dinero no era el problema, mi disponibilidad tampoco, lo era no tener con quien ir, ¡válgame Dios! No tuve más remedio que solicitar el reembolso, dar las gracias y luego de colgar, estallar a carcajadas, fue cuando me di cuenta que en este país está mal visto estar solo.


¿Por qué en esta sociedad democrática del siglo XXI es tan inconcebible la idea de que alguien por gusto (y no por mala suerte) escoja estar solo?, ¿Acaso no está ésta opción dentro de la baraja? Abiertamente aparece en el Artículo 16 de la citada proclamación de DDHH que hombres y mujeres tienen derecho a casarse, formar familia y hasta divorciarse, pero aclárese también que es un derecho no una obligación... he dicho. 

Agradecimientos a G. Novoa por ayudarme a ver lo evidente.