Caminando cerca del cielo

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Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

domingo, 28 de junio de 2015

La agonía del renacimiento

Trascurrido el día con más novedades de las que podían soportar, se encontraban sentados tratando de normalizar aquello que no era de su alcance y que les había arrebatado la tranquilidad por ya varios días. En total eran cinco, congregados alrededor de una mesa magistral debatiendo en dirección al viento con las últimas fuerzas disponibles. El principal, escéptico e imperturbable, con gesto grave y vigilante seguía los movimientos torpes de sus nerviosos gregarios. La bella, que bien podía emular a la niña inocente en un cuento de hadas, obligada a permanecer al frente sonreía sin esfuerzos y esperaba por lo mejor. El ausente, de ojos tristes, meditabundo  sumergido en la más espesa de las preocupaciones, ajeno era de las vicisitudes del momento. El audaz, con cabeza fría buscada adelantarse en la estrategia y dar el siguiente paso de batalla. Y la temperamental, exasperada por la irresolución del conflicto y por la fragilidad que copaba el recinto, como el aroma de la comida recién hecha.

Los cinco, luego de horas de resistencia, bajo acuartelamiento casi militar pues se encontraban custodiados por hombres armados de las fuerzas del bien, tenían los ánimos debilitados y las mentes segregadas, con esperanzas fugaces, etéreas, hasta que sucedió lo inexplicable.  La bella se había apartado del grupo para satisfacer sus necesidades primarias y regresó a la sala con los ojos desorbitados, ahogados en lágrimas, el rostro enrojecido con el gesto perturbado de aquel que se encuentra mirando de frente a la muerte. El audaz saltó a su encuentro, se abalanzó sobre su cuerpo y la sostuvo para evitar que su cuerpo al desfallecer quedara tendido en el suelo. Los demás petrificados en un primer instante, despertaron del letargo vociferando ideas para socorrer a La bella. La llevaron hasta un sitio más abierto donde todos excepto El audaz eran espectadores. En su padecimiento La bella atinó a explicar que no podía respirar porque algo había quedado atascado en su garganta. Tosía con desesperación, como si quisiera expulsar de si todo lo que tenía por dentro, amagaba un vomito milagroso que le devolviera la vida pero que no llegaba, arañaba el viento quitándole un poco de aire para continuar consciente, jadeaba en la imposibilidad de gritar para expresar su agonía. Y mientras tanto todos eran público del más siniestro acto, excepto El audaz. Se había ubicado detrás de ella, rodeando los brazos por encima de su cintura y aplastándole el tórax con sus puños, cohibido entre el temor de causarle más dolor del que ya sentía y la obligación de salvar su vida. El sudor frío que se precipitaba a lo largo de sus extremidades, el temblor involuntario que se apoderó de sus piernas, la mirada intensa e impotente dieron parte al resto del grupo que no estaba funcionando, que la iba perdiendo al paso de los segundos, que se le escapaba de las manos como el agua del mar.

El principal, que por una vez sintió dentro de sí la oleada de desolación, alertó a quienes se encontraban en las inmediaciones y regresó con un hombre muralla que portaba indumentaria guerrerista. El gigante, de tez amarilla y cabello de fuego, se aproximó a La bella desplazando a El audaz, se ubicó en la misma posición e inició la maniobra de Heimlich. La fuerza de su abrazo se vió reflejada en las convulsiones del cuerpo de La bella. Sin un minúsculo asomo de miedo, la levantaba del piso hundiendo los nudillos de sus dedos descomunales por debajo del pecho de aquella que seguía luchando por un suspiro, pero que parecía apagarse incluso con el más leve soplido del viento, en homenaje a la ironía. En el tercer envión, fue expulsada de entre los labios de La bella una almendra de dimensiones astronómicas.  El resoplo se dio al unísono, cuando todos escucharon el ruido que hizo la bocanada de aire al ingresar por la boca de La bella, seguido por el llanto y los gestos de alivio.

Le tomó varios instantes asimilar que aunque su vida había pendido de un hilo, ahora se cosía de nuevo a su piel. Recobró paulatinamente el aliento y la voz para enunciar palabras de absoluta sabiduría: “Sentí que mi vida terminaba, que había sido tan corta, tan frágil, que poco había disfrutado de los días y agradecido por sus pequeños detalles, por las personas, por la vida misma y pedí una oportunidad para hacerlo diferente esta vez”.


El silencio no se hizo esperar y cada uno de los presentes acogió aquel sentimiento como propio… solo un pensamiento quedaba en el aire flotando como una pluma: Puedo hacerlo diferente esta vez.