Dulce brisa que riegas
ante mis oídos ávidos tus cantares,
que acallan todos mis pesares
y a abandonarme te niegas.
Lluvia pura que te lanzas
en la noche dolorosa y eterna
para lavar mi alma enferma,
sedienta entre las danzas
de tus ríos de verdades,
que serpentean en las alturas
ante niebla espesa y bruma
buscando despertarme.
Así se arma de argumentos,
como los truenos al galope
que retumban entre los golpes
con que se cuentan los momentos,
aquellos que te anticipan
para calcular tu lejanía,
al son de letanías
donde las matronas participan.
Honrado en tu presencia
escucho tu llegada,
Oh lluvia abnegada
que de mi eres esencia.