Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

martes, 24 de marzo de 2015

La Paz: Entre los cielos


Eran las 2 de la madrugada cuando escuché una voz enlatada avisando que al fin llegábamos a La Paz. Me asomé a la ventana del avión  y vi un festival de luciérnagas que irrumpía en la profunda oscuridad, la vida a 3250 msnm. Una vez en tierra me apresuré a buscar refugio, un mal cálculo en los tiempos de viaje había conllevado a que llegara cuatro horas antes de lo previsto. En la ventanilla de cambio la cara rellena y de mejillas rosadas de la cajera, además de explicarme con paciencia maternal el funcionamiento de aquellos nuevos billetes, me indicó dónde debía tomar el taxi hacia el hotel de forma segura. 

Al salir del aeropuerto una corriente de aire gélido me recordó que había llegado a la capital suramericana más cercana al cielo, aquello era tan cierto que quise levantar mis manos para abrazar esa inmensa luna llena que levitaba sobre mi frente, casi a punto de posarse sobre la mancha de luciérnagas. Para ser más precisa, había llegado a El Alto, La Paz aguardaba tan solo unos metros más abajo. 

Luego de una contemplación de la que por poco termino petrificada, se me acercó Jonni, que no tenía cara de haber sido siempre Jonni, me ofreció su servicio de taxi casi como si yo le estuviera haciendo el favor de su vida. Su actitud de agradecimiento me supo a dulce de leche, que parece ser un manjar que compartimos todos los del sur, y su voz en una tonada de canción de cuna se metió en mis oídos para arrullarme. Incluso hoy puedo escuchar aquel sonoro Señorita, con el que optó por llamarme a falta de una presentación formal y el exceso de cortesía que emanaba de aquel hombrecito de rasgos indígenas serenos. Al día siguiente me daría cuenta que en aquella tierra buena eran mis rasgos los diferentes y los suyos los de casa. 

En el taxi, Jonni escuchaba noticias sobre el reciente proceso electoral del que Evo salía airoso para sorpresa de pocos y me explicaba humildemente el porqué se sentía satisfecho por la realidad de su país:... No le niego Señorita que Evo tiene que mejorar cosas, pero va por buen camino... Me decía en un tono macilento. 

No había terminado de quitarme los guantes, y ya sentía que los volvía a necesitar; en esas estaba cuando de repente se asomó imponente el destello fulminante de una ciudad inmensa, acuñada entre cerros y montañas, dormida aún con la misma belleza de aquella princesa india que la custodiaba impasible. 

Al día siguiente con la luz de la mañana vi a los príncipes eternamente enamorados, resplandecientes. Ella era parte del rosario de nevados de la cordillera real y él dulce viento que acompaña la cima de la montaña, los dos protagonistas de una leyenda milenaria que se erige frente a La Paz. Como los padres se inclinan para contemplar a su bebé, así en el Illimani se asoman ella y él, para custodiar una ciudad que crece a pasos agigantados, bajo la mirada complaciente de aquel guardián inmaculado, perpetuo. La leyenda cuenta que la doncella Mana y el príncipe Illi, de tribus rivales vieron el amor en los ojos del otro, un amor furtivo, atemporal, que no fue aceptado por los dioses. En castigo por la osadía de los nativos al querer casarse, el dios Furia Kheschua congeló a Mana y convirtió la nieve en su vestido de bodas. Illi, presa de la infinita tristeza se aferró a su amada,  sin importar la crudeza de su doncella seguía prendado a los ojos de aquella niña que le robó el alma. Por este incontenible acto de amor, el dios Huirajocha sintió piedad por él y lo elevó hasta la cúspide de Mana como la brisa perenne que arropa al Nevado. De esta forma, los dos amantes permanecen juntos a través de los tiempos en un solo, el majestuoso Illimani. 

Así es La Paz, un cuento para no olvidar, una historia recargada de magia e ilusión, sabores de tierra, vientos gélidos que se pierden entre la calidez de personajes agradables que te sonríen sin esfuerzo, una ciudad tranquila y sabia. Una leyenda romántica y esperanzadora, que no hizo más que devolverme la fuerza, la ilusión, porque no importan ni el tiempo ni la distancia.

viernes, 6 de marzo de 2015

El origen



ADIOS NIÑA MIA

Tierra que es amarilla y polvorienta,
tierra que fue verde y serena,
tierra que aún no sea dado cuenta
que el tiempo pasa y no espera.

Adiós a los retoños de olivo,
nada queda del cristal que corría
bañando dulce tierra de olvido,
adiós a la niña mía.

Adiós niña encantadora,
te has perdido en el camino
a espaldas de un sol que adoras
se apaga el brillo escondido,
se abre a tus pies descalzos
la tierra que no se acuerda
de un pasado triste y falso
que le ha cerrado las puertas.

Tierra, tierra reverdece
con el alma de la divina,
niña, niña se adormece
adiós niña, vida mía.


CUANDO TODO TERMINÓ

Acaba de suceder lo más inverosímil,
se abre implacable la verdad ante sus ojos
que inocentes contemplan los despojos
de una ilusión destrozada de la forma más vil.

Se derraman a cántaros, incontenibles las lágrimas
que arden mientras recorren sus mejillas,
se precipitan angustiosas en las páginas amarillas
buscando sosiego al quitarse el yugo de las víctimas.

De aquella ingenuidad ignorante y pueblerina
que se creyó merecedora de segundas oportunidades
olvidando que el demonio no ve más que banalidades,
malhechor indolente de mirada engreída,
que escondido tras el manto miserable de su piel
orquesta su estrategia infalible al ataque,
nada más vulnerable que un corazón que se abre
a la daga certera y envenenada en su hiel.

Y corre traidor aquel que no tiene alma,
gritando de lejos “lo siento” sin prisa
mira hacia atrás dejando ver su dicha
deleitándose crédulo en una felicidad falsa.

Esa que se alimenta de un sufrimiento agónico
del llanto desbordante de la niña incauta
de la dueña del corazón enfermo que se siente exhausta
de su pasado triste y su presente irónico.