Trascurrido el día con más
novedades de las que podían soportar, se encontraban sentados tratando de normalizar
aquello que no era de su alcance y que les había arrebatado la tranquilidad por
ya varios días. En total eran cinco, congregados alrededor de una mesa
magistral debatiendo en dirección al viento con las últimas fuerzas disponibles.
El principal, escéptico e imperturbable, con gesto grave y vigilante seguía los
movimientos torpes de sus nerviosos gregarios. La bella, que bien podía emular
a la niña inocente en un cuento de hadas, obligada a permanecer al frente sonreía
sin esfuerzos y esperaba por lo mejor. El ausente, de ojos tristes, meditabundo
sumergido en la más espesa de las
preocupaciones, ajeno era de las vicisitudes del momento. El audaz, con cabeza fría
buscada adelantarse en la estrategia y dar el siguiente paso de batalla. Y la temperamental,
exasperada por la irresolución del conflicto y por la fragilidad que copaba el
recinto, como el aroma de la comida recién hecha.
Los cinco, luego de horas de
resistencia, bajo acuartelamiento casi militar pues se encontraban custodiados
por hombres armados de las fuerzas del bien, tenían los ánimos debilitados y
las mentes segregadas, con esperanzas fugaces, etéreas, hasta que sucedió lo
inexplicable. La bella se había apartado
del grupo para satisfacer sus necesidades primarias y regresó a la sala con los
ojos desorbitados, ahogados en lágrimas, el rostro enrojecido con el gesto
perturbado de aquel que se encuentra mirando de frente a la muerte. El audaz
saltó a su encuentro, se abalanzó sobre su cuerpo y la sostuvo para evitar que
su cuerpo al desfallecer quedara tendido en el suelo. Los demás petrificados en
un primer instante, despertaron del letargo vociferando ideas para socorrer a
La bella. La llevaron hasta un sitio más abierto donde todos excepto El audaz
eran espectadores. En su padecimiento La bella atinó a explicar que no podía respirar
porque algo había quedado atascado en su garganta. Tosía con desesperación,
como si quisiera expulsar de si todo lo que tenía por dentro, amagaba un vomito
milagroso que le devolviera la vida pero que no llegaba, arañaba el viento quitándole
un poco de aire para continuar consciente, jadeaba en la imposibilidad de
gritar para expresar su agonía. Y mientras tanto todos eran público del más
siniestro acto, excepto El audaz. Se había ubicado detrás de ella, rodeando los
brazos por encima de su cintura y aplastándole el tórax con sus puños, cohibido
entre el temor de causarle más dolor del que ya sentía y la obligación de
salvar su vida. El sudor frío que se precipitaba a lo largo de sus
extremidades, el temblor involuntario que se apoderó de sus piernas, la mirada
intensa e impotente dieron parte al resto del grupo que no estaba funcionando,
que la iba perdiendo al paso de los segundos, que se le escapaba de las manos
como el agua del mar.
El principal, que por una vez sintió
dentro de sí la oleada de desolación, alertó a quienes se encontraban en las
inmediaciones y regresó con un hombre muralla que portaba indumentaria
guerrerista. El gigante, de tez amarilla y cabello de fuego, se aproximó a La
bella desplazando a El audaz, se ubicó en la misma posición e inició la
maniobra de Heimlich. La fuerza de su abrazo se vió reflejada en las convulsiones
del cuerpo de La bella. Sin un minúsculo asomo de miedo, la levantaba del piso
hundiendo los nudillos de sus dedos descomunales por debajo del pecho de
aquella que seguía luchando por un suspiro, pero que parecía apagarse incluso
con el más leve soplido del viento, en homenaje a la ironía. En el tercer envión,
fue expulsada de entre los labios de La bella una almendra de dimensiones astronómicas.
El resoplo se dio al unísono, cuando
todos escucharon el ruido que hizo la bocanada de aire al ingresar por la boca
de La
bella, seguido por el llanto y los gestos de alivio.
Le tomó varios instantes asimilar
que aunque su vida había pendido de un hilo, ahora se cosía de nuevo a su piel.
Recobró paulatinamente el aliento y la voz para enunciar palabras de absoluta sabiduría:
“Sentí que mi vida terminaba, que había sido tan corta, tan frágil, que poco había
disfrutado de los días y agradecido por sus pequeños detalles, por las
personas, por la vida misma y pedí una oportunidad para hacerlo diferente esta
vez”.
El silencio no se hizo esperar y
cada uno de los presentes acogió aquel sentimiento como propio… solo un pensamiento
quedaba en el aire flotando como una pluma: Puedo hacerlo diferente esta vez.