Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

miércoles, 8 de junio de 2016

Era domingo

Era sábado o ¿tal vez domingo?, o cualquier otro día, eso no hacía la diferencia. Sin embargo, seguía preguntándose de forma inconsciente y recurrente ¿qué día es hoy? La silla sobre la que estaba sentado se había convertido en el lugar para tomar descansos espasmódicos; ya no lograba distinguir qué lo asustaba más, si su realidad o sus sueños. Sentía todos los dolores en su cuerpo y a la vez ninguno le dolía en verdad, como sufría los de ella. Llevaba días sin ducharse o cambiarse, el aspecto andrajoso le venía mal, pero quién se preocupa por algo así cuando está por perderlo todo?. Como a la mayoría de las personas, no le gustaban los hospitales; mas después de meses entrando y saliendo, llorando y riendo en el mismo centro médico donde le comunicaron con el tacto más irrisorio posible que su esposa tenía cáncer, no conocía otro hogar, era su vecindario, era su mundo.

Al principio, la esperanza fue todo. Su encanto y don de gentes le permitió conseguir renombre entre enfermeros y doctores, incluso elucubrar redes clandestinas con los encargados de la comida para asegurar el mejor bocado para ella; y tanta fue la familiaridad, que llegó a pasar como parte del personal de la unidad y orientaba a los nuevos acompañantes. Todo eso fue en el principio, cuando creía que era una prueba para afianzar su amor, que no era una amenaza, solo un recordatorio para volver a ponerla en el centro de su vida. Hoy la desesperanza le besaba la sien y se aferraba con tanto ahínco a él que lo había dejado sin fuerzas. Se sentía culpable por suplicar el fin, buscaba justificación en el sufrimiento de ella no obstante el suyo le arrebató el sentido de la vida. 

Se levantó de la silla cuando el doctor se aproximó. Ya lo sabía, ocurrió. Las palabras del médico indicándole que ella se había ido le produjeron arcadas, no existía eufemismo decente para expresar lo sucedido, simplemente Ana murió. El médico continuó con un discurso que antes escuchó para otros, inútil. Se volvió a sentar.

Era sábado o ¿tal vez domingo? Por fin había conseguido cambiar la pregunta, y la respuesta si hacía la diferencia. Era domingo el día que la conoció. La plaza estaba abarrotada, un organismo vivo, palpitante, autónomo, del que los dos participaban. La tradición lo empujó a levantarse ese domingo como todos los demás para ir a deambular entre puestos de verduras, frutas, carnes, flores… ah, las flores… con la excusa de hacer el mercado. Se sentó en la misma silla de los domingos, ordenó el jugo de guayabas con limón de siempre, se perdió en la sinfonía de ires y venires, carcajadas, gritos y de repente, todo fue silencio, la vio. Estaba sentada en el puesto del frente, deleitándose con un jugo de moras. Llevaba una falda amarilla de pliegues y una camisa blanca de botones dorados, sus sandalias exhibían unos pies limpios, su piel trigueña, su cabello negro y libre, sus ojos brillantes y la sonrisa… ah, esa sonrisa… El pinchazo que recibió en el pecho le llevó a levantarse de la silla y acercarse, fue tan involuntario, tan natural. Era domingo el día que su vida empezó.