Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

sábado, 23 de agosto de 2014

A la yugular

Ese viernes como muchos otros, salía corriendo del trabajo hacia el punto de encuentro con el semibus de una reconocida empresa de transporte de pasajeros. Reconocida principalmente por tener buses pequeños para rutas no tan cortas y monopolizar el trayecto Puerto Boyacá – Barrancabermeja, con tarifas al gusto del propietario. Como se ha vuelto costumbre, llamé con antelación para asegurar un puesto decente y evitar las vicisitudes de otros recorridos, en los que habría preferido caminar los 225 km que separan mi lugar de trabajo de la incipiente Capital de la Provincia de Mares. Curiosidades y caprichos históricos, podría escribir, puesto que Barrancabermeja inmersa en el centro del país de mares poco, pero sí de río. El mismo que en mis recuerdos pasa raudo e imponente frente a mi pueblo natal, el río Magdalena, del que soy hija, ese que se derrama por 1500 km del territorio nacional y a pesar de no ser el más extenso, si es considerado el más importante por las comunidades que alimenta y los pueblos que comunica, algo así como una arteria del país, un símil burdo pero sencillo.
  
En esa oportunidad como en todas, al iniciar el viaje imaginaba el puerto semidestruido de San Pablo, que sería menos poético si estuviera completo. Dibujaba las escaleras fragmentadas, monumento de un muelle colosal que nunca se construyó. Los puestos de comida y venta de pescado a falta de una plaza, erguidos sobre láminas de tierra que parecen levitar en el río aguardando un derrumbe. La casa de Mañe Canoa amenazada por el avance decidido del agua. El espacio hueco en el que antes hubo una virgen que sucumbió al arrebato de la corriente. Y a mi mamá en su motoneta blanca, esperándome.

Para mi San Pablo no es sin el río, nació hace décadas a falta de un escampadero para los navegantes que realizaban recorridos de meses a través del cauce del Magdalena, aun hoy es imposible aproximarse a San Pablo sin atravesar sus aguas y la travesía que para algunos resulta titánica, para esta aprendiz de navegante es un bálsamo que cura heridas del recuerdo y refresca las ilusiones extraviadas.    

La primera vez que navegué sobre ella -porque al Magdalena le pasa lo mismo que al Agua, tienen artículos masculinos pero en esencia son féminas, son vida- aún era marzo, el mes de mi llegada y mi mamá, incauta como cualquier niña de 17 años en esa época, se le dió por hacer semejante viaje para que mi padre me conociera. Por supuesto no tengo ningún recuerdo asociado con ese evento, pero si una fotografía de las de papel mate de otros tiempos, en la que aparezco en brazos de esa niña de cabellera larga a punto de subir a una chalupa y el resto de la imagen es un juego confuso entre el agua y el cielo.

He contado con la suerte de recorrer algunos lugares y conocer otros sitios, siempre me pregunto lo mismo, ¿cómo vive un pueblo sin rio?, incluso para aquellas urbes altivas cobijadas por el mar, ¿cómo se es sin agua dulce?   

Ese viernes soportaba el estupor dentro de aquel semibus, por la promesa de una hora y media de la caricia fresca de la brisa del río. Rememoraba otros atardeceres magistrales en los que el manto líquido se transformaba en una danza lumínica y seductora con el sol. Incluso podía contar las bandadas de garzas, patos, pisingos retornando a sus hogares, así como yo al mío. Todo aquello iba acrecentando la impaciencia por el encuentro. 

Finalizado el primer tramo de casi tres horas por las vías tercermundistas de este querido terruño, llegué a la ciudad de la refinería, caliente y seca como la madera podrida de un tronco al sol. No hay que ser ladino para evidenciar mi desdén por aquella ciudad. A mi muy viciado parecer, lo único bueno que tiene es la fortuna de ser bañada por las aguas de mi río. Y bajo el juicio de mis ojos paladines, posee el imperdonable pecado de ser una de las principales fuentes de su contaminación. 

Me golpeaba furioso el vaho de una ciudad amarillenta que huele a combustible y a escasez disfrazada de utopía, mientras yo perseguía los suspiros intermitentes de un aire conocido, hacia el Yuma. Lo primero que extrañé fue el reflejo fulminante de sus aguas. Aquel cuerpo espléndido con piel de seda que evocaba, estaba lleno de llagas infectadas, cicatrices profundas de su congoja. El ímpetu que fue su estandarte ahora mermaba en una corriente débil, enferma, que luchaba por seguir el cauce, por no estancarse.  Vi los siglos en unos ojos envejecidos, ya no era un río era un llanto, vi el daño que pesaba sobre el agua mustia, vi las costras arenosas de unas playas desubicadas, reflejos de una enfermedad terminal. Inocente accedí a pensar que se trataba de algo puntual, que tal vez aguas abajo donde los pueblos son menos industriales y más naturales, el agua agradecida reclamaría su nivel y sus fuerzas, mas el viaje en aquella chalupa se tornó en desesperanza. Puerto Wilches y Cantagallo se encontraban cautivos en sendos playones que amedrentaron al agua y San Pablo…

Desde ese día no hago más que pensar en lo que sucedería si el Magdalena decide cerrar su cauce. Es inevitable la conclusión, pueblos como el mío se verían condenados a perderse en el tiempo y la distancia, como si no fuera suficiente con la dejadez que cargan hoy sobre sus plazas y sus calles. Sería como cortar el cordón umbilical de unos pueblos enclenques que aprendieron a nadar en esas aguas y no saben caminar en tierra firme.

Cuán difícil se hace terminar este relato en el que pareciera no asomarse un final feliz. Sin embargo, por gracia ribereña, como compromiso tengo poner punto final solo después de una sonrisa. Así que cierro este capítulo contrarrestando una tarde fatídica con una mágica.

Eran tres los muchachos alazanos al sol, que fueron el deleite de mis ojos una tarde de esas en las que el río me sonreía impasible. Los  recuerdo claro, como el agua del Magdalena en mis sueños de la infancia, cubiertos solo por unas pantalonetas de colores chillones que contrastaban con sus pieles negras y relucientes, llenos de comidas efímeras y más de una solitaria, con dentaduras juguetonas, blancas como las nubes. Me percaté de la presencia de estos mosqueteros, cuando escuché el sonido seco de un típico quemonazo de aquel que no sabe cómo entrarle al agua, seguido por dos clavados impecables. Los vi nadar de vuelta a la orilla y repetir ese ritual con más energía cada vez, sonreían extasiados, sin preocupaciones. Del embelesamiento solo podía sacarme una cosa y fue la más quimérica. Un hombre de músculos hechos al sol, se bajó de una canoa, cargando con esfuerzo un bagre que fácilmente habría sido confundido con el leviatán. La cara de aquel pescador llevaba una sonrisa cristalina y sus palabras fueron mantra para mí: El río me ha bendecido.      

El Magdalena es para nosotros los de las orillas, motivo de alegría. Y se derraman nuestras ansias por infectar del mismo sentimiento al resto del país. Nadie con sentido de supervivencia atenta contra su yugular. Es por ello que en cada paseo, pesca, viaje o chapuzón, mantenemos encendida la esperanza de sus aguas que no se cansan de correr, confirmando que hay vida y que los grandes se levantan, siempre se levantan.  


lunes, 11 de agosto de 2014

A las alturas por la mejor versión


“Y ni siquiera le dije a mamá”. Es el último pensamiento sensato que recuerdo de ese momento, a más de 8000 pies de altura, mientras sobrevolaba Flandes en una avioneta monomotor, que parecía pujar antes que volar y de la cual debía salir de la forma fácil, saltando hacia el mundo atada a un paracaídas, ¿¡a quién se le ocurre!?.

Ese día al abrir los ojos, pasaban las 8 de la mañana, y aunque sobre las 5 y media me había despertado por las razones equivocadas, ahora era el hambre la que agobiaba mi cuerpo y me obligaba a dejar atrás el mundo de Morfeo y entrar en otro menos agradable. Al igual que los tímidos rayos de sol de la nevera, sentí una ráfaga de brisa gélida que se coló por la ventana de la habitación, había olvidado cerrarla la noche anterior y ahora resolvía el misterio de por qué tanto frío a pesar de estar enterrada bajo un bunker de cobijas. No fue fácil salir de tantas capas, aunada a la cantidad estaba también la primera ley de Newton, simplemente no quería salir, mas fue sencillo comprobar que los instintos del hombre pueden romper las leyes de la física y en este caso se podía inferir que el hambre desayunó inercia.  Luego de engañar al estómago con un par de galletas y un jugo de cajita, de esos que los niños no deberían tomar, puesto que tienen tanta azúcar que los hace tan ilegales como un porro, me introduje en la tarea de lavarme el cuerpo más por costumbre que por convicción. El agua, que en otras latitudes es mi elemento preferido, salió con la firme intención de petrificarme dejándome sin aliento, los segundos esperando que cambiara su temperatura fueron eternos y a punto estuve de salir de la regadera, pero me contuve recordando que esa era una peor idea y que a veces, tan solo había que esperar. En efecto, empecé a concebir el calor del agua como una bendición, hasta que mi piel que ha sido objeto de halagos por su inconfundible color dulce acaramelado, se tornó rosa e inconforme, no había dudas, me estaba quemando. Jugué con las llaves, hasta que logré el suficiente sentido común como para ajustar la temperatura deseada y he de confesar con cierta vergüenza que a pesar de la sequía por el fenómeno del niño, estuve durante casi media hora extasiada debajo de aquella cascada de agua perfecta que lavaba el desánimo y lo transformaba en vitalidad, el color de la piel volvió a ser el de siempre y advertí su suavidad entre los dedos, la humedad que me recorría trajo deliciosas imágenes de mi río e intenté recitar aquel poema de Agua Dulce que alguna vez escribí, ahora bien mi memoria es tan terca como yo y solo recuerda lo que le viene en gana, claro el poema no estaba en la lista. Terminé el ritual de sanación por pura conciencia ambiental y al salir sufrí de nuevo la dureza del frío, por lo que tuve que correr hacia el bunker nuevamente, a riesgo estuve de quedarme dormida, pero una llamada me recordó los planes propuestos para ese día, claro está que una cosa era escucharlo y otra hacerlo. Así que me levanté, encendí a Pachita quien llenó la habitación con las notas benignas de Turn your lights down low y retomé las labores; me vestí con las ropas habituales, tan fresca como la brisa del Magdalena, hice la maleta de un día, intenté peinarme, la batalla perdida de todos los tiempos, y empecé a bailar, en ese instante ya escuchaba Waiting in vain que me transportó a otros espacios, de los que algún día escribiré, no ahora, no aquí.     
            
Sobre las once de la mañana apareció mi compañero de aventura, con su respectiva armadura en un animal de 78hp al que solo me había subido una vez y que ese día me llevaría en un viaje de casi tres horas por una carretera curvilínea, tanto que hacía que los risos de mis cabellos lucieran como lisas autopistas gringas. Me disfracé según correspondía por aquello de la seguridad y me eché la bendición, poniéndole de forma innecesaria trabajo demás a un Dios, que bien ocupado estaba con los conflictos de medio oriente y que ahora debía desviar su atención para evitar que yo terminara tendida en el asfalto, cuan inconsciente de mi parte, cuan magnánimo de la suya. Según palabras del piloto: nos echamos a andar!, lo aburrido de ir a casi 200 kph en ese disfraz es que no puedes apreciar la caricia arrebatada de la brisa directamente sobre la piel, lo excelso es zigzaguear a esa velocidad pues era lo más parecido a volar que había sentido hasta esa oportunidad, incluso después de un planeo en parapente que en otrora hice, como en otra vida porque parecía un sueño.  Aun durante el trayecto mi mente no consiguió enfocarse en la finalidad del viaje y se sumergió en la belleza del paisaje de la sabana mientras descendíamos a tierras más cálidas.

Al llegar al pueblo fui consciente del calor producido por el disfraz de motorizado que llevaba, así que la ansiedad por culminar el viaje correspondía más a la necesidad de quitarme toda aquella parafernalia que a la expectativa por poner en riesgo mi vida en pleno uso de mis facultades mentales, cabe anotar que hasta ese momento aún no caía en la cuenta del riesgo y mis facultades mentales eran cuestionables. Como es costumbre, las indicaciones para llegar al aeropuerto no fueron lo suficientemente convincentes, por lo que el piloto buscó las respectivas señas en los lugareños para asegurarse de llegar al sitio correcto; contrario a lo que reza la creencia popular que aduce que los hombres no preguntan direcciones, en esta ocasión me encontraba con una excepción a la regla. En efecto, íbamos en dirección correcta y con la confianza que esto proporciona nos adentramos en un camino en el que no se divisaba el final, adornado con árboles descuidados en cada margen  y una calzada destrozada por el uso de otros tiempos. En el lado derecho se extendía un potrero gigante alfombrado en maleza sobre la que cabalgaba la brisa del Magdalena, quien se escondía metros más allá y al que había visto minutos antes sin mirarlo, recuerdo haber hecho un recorrido rio abajo hasta llegar a casa. Lejos estaba cuando apareció el letrero que presentaba al Aeropuerto Santiago Vila, el hombre que enseñó a volar a los tolimenses, donde nos recibió una mujer a cargo de la seguridad que tan acostumbrada estaba a no recibir visitantes, que anotó nuestros nombres sin interés y solicitó la cuota de ingreso 3.700 pesos colombianos. Continuamos unos cuantos metros y llegamos a un hangar descuidado en el que se escondían dos avionetas, que dudo hubieran salido de paseo en la última década y por lo tanto eran quizás los objetos de decoración más costosos del lugar, ya eran las 2 de aquella tarde. Al lado del hangar una cafetería inventada en la que sin importar cuánto dinero tenía no pude satisfacer ni deseos ni necesidades. En ese espacio convergente estaban reunidas cerca de diez personas que se preparaban para saltar, saltar se escuchaba tan fácil. Era palpable la emoción en sus rostros, en el tono de voz agudo y nervioso con el que pronunciaban palabras innecesarias y en las sonrisas inquietas, entre agonizantes y extasiadas. Es probable que fueran las hormonas porque curiosamente estaban en fila un mayor número de mujeres que hombres, dispuestas a desfilar por el filo de la navaja a cambio de segundos de libertad.    
             
Empero yo aún continuaba retraída, como quien mira un reloj en la pared y ve el andar de sus manecillas, mas no comprende que es el tiempo el que pasa, así que esperé. Quedamos programados en el último vuelo, el número 8, el día del cumpleaños de mi madre, a quien por cierto no le había mencionado nada sobre esta aventura, entre otras cosas por descuido y otras tantas para evitar preocuparla por mis malas decisiones, con Dios era suficiente. Fueron dos largas horas durante las que vi partir a personas frenéticas pero resignadas y  regresar individuos etéreos rebosantes de energía, pude apreciar los treinta segundos de caída libre y los dos o tres minutos planeando, ¿era posible que la vida cambiara tanto en tan solo un par de minutos?.  Por supuesto, la vida podía cambiar de forma radical incluso en menos tiempo.

Nos llamaron a colocarnos los arneses que serían lo único que impediría que por encima de 180 kph en vertical termináramos convertidos en puré, no era algo en lo que pensara en ese instante, de lo contrario habría salido corriendo hacia el río y flotado hacia el norte buscando estar más cerca de mi mamá. Sin embargo era tan larga la fila que acabamos recostados, casi dormidos, en unas colchonetas improvisadas, esperando la hora en medio de la incertidumbre porque se adentraba la tarde y el cielo parecía cerrar sus puertas. Al final, la hora llegó, por ser los últimos no hubo tiempo de charla sobre lo que nos correspondía hacer al salir del avión, nos dirigieron hacia la pista de despegue y como si fuera un paquete de fedex me entregaron a un instructor que parecía haber salido recientemente de la pubertad, en sus manos estaba dejando mi futuro. Para ese momento ya la mente empezaba a atar cabos y el cuerpo siguió el ritmo entendiendo poco hacia donde iba. Nos subimos a una diminuta avioneta, tan frágil y poco agraciada, producto de los años que llevaba sobre sus alas. Éramos siete pasajeros en total, ahora que lo escribo, me sorprende como tantos nos acomodamos en un espacio tan pequeño, en resumen tres instructores, un estudiante y dos desocupados, no es necesario especificar cuál era mi categoría y finalmente, el capitán un hombre que en tierra firme nunca habría podido convencerme que era piloto, pero lo era. Esperamos minutos eternos mientras la torre de control otorgaba el permiso de salir, en ese momento recibí las instrucciones más escuetas y breves posibles sobre la posición que tenía que adoptar mi cuerpo al lanzarnos, manos al arnés, codos recogidos contra el cuerpo y rodillas dobladas. En esas circunstancias me volví a acordar de mi mamá, aquella escena rayaba en la coincidencia con los tiempos aquellos en los que ella me daba instrucciones al hacer mandados de tres o cuatro cosas y que yo por pereza decidía no anotar, para darme cuenta al regresar que había olvidado algo, la principal diferencia radicaba en que esta vez si olvidaba algo probablemente no podría volver a repetirlo. En esas cavilaciones andaba cuando escuché el estruendo del motor taladrando mis pensamientos turbulentos, ya no había marcha atrás. El canarito que nos llevaba se empezó a elevar con tal dificultad en un vaivén infernal en el que mi estómago rebotaba en todas direcciones, me había embargado la adrenalina y por fin tomaba conciencia sobre lo que iba a hacer, ya me quería devolver, mas la forma rápida de salir era arrojándome a la voluntad de los cielos. Luego de algunos juegos de rutina para los primíparos, vi cómo se acomodó la primera pareja en la puerta de la avioneta;  el primer instructor y el estudiante, un oficial de policía al que no le bastaba con el riesgo de su profesión y tenía como jobby navegar por los cielos, en un punto estaban allí decidiendo no sé qué cosa y al otro ya no estaban, se perdieron en la inmensidad en un santiamén. El segundo turno fue de mi compañero de aventuras con su instructor, se aproximaron al borde de la aeronave y después ya no los vi.

Ahora seguía yo, me iba a lanzar de una altura similar a un rascacielos de casi 700 pisos, sentí un suave empujón del instructor que me señaló la salida, mientras el capi soltaba la mano del control de mando para despedirse de mí, nos arrastramos hacia la salida y comprobé álgido el golpe de los mil vientos, vi el verde inmóvil surcado de venas grises y me encontré de frente con un sol que renuente se despedía entre imponentes nubes anaranjadas, sin duda alguna el mejor atardecer que haya visto jamás. Salí de aquella abstracción cuando el instructor me empujó un poco más y quedé suspendida por fuera de la avioneta, mientras él seguía sentado en ella, supongo que era parte de los juegos previos, el éxtasis habría de llegar pronto, todos mis sentidos alerta.  A menos de un metro estaban el motor y el ala derecha del pajarraco este que finalmente había conseguido la arrogancia suficiente para sostenerse a 8000 pies sobre Flandes y después solo nubes. La caída fue torpe, olvidé las instrucciones recibidas y fueron dos o quizás tres vueltas frenéticas las que dimos hasta que el niño que tenía por instructor, que definitivamente si sabía lo que hacía, puso sus manos brazos sobre los míos y me obligó a cerrarlos contra el cuerpo, recordé lo de las piernas y continuamos el trayecto como debía ser, de jeta contra el planeta. El cabello que en teoría iba ajustado danzaba de forma arrebatada al ritmo de la caída, mi respiración era tan dispareja como los eventos de mi vida en los últimos tres años, a mis ojos les costaba observar tanto en tan poco tiempo y mis cuerdas vocales trabajaron lo que nunca antes en un alarido sostenido y exorbitante, porque vencer el miedo hacia parte de la liberación y yo intentaba ahuyentar el mío a punta de gritos.  La resistencia del viento quiso arrancarme la ropa, su circulación a través de mi pecho estremeció todas mis fibras y aunque no pudo rasgar mi camisa supe que se llevaba la desazón que desde hacía tantos meses rondaba mi alma y dejaba a cambio brisa fresca, ligera, imperturbable y el mundo esperándome mientras yo allí estaba, recordando que era polvo de estrellas y cayendo libremente.

En otra vida halaron el arnés y fue un golpe el que me avisó que el paracaídas había sido liberado, finalizaba la caída libre y ahora planeábamos, el descenso se pintó de atardecer. Dimos algunas vueltas menos espontáneas y admiré la grandeza de los alrededores que eran iguales desde antes de mi nacimiento y seguirían iguales mucho después de mi deceso, y tan solo importaba que pudiera verlos así, en ese ahora.  

Alcé las piernas y toqué tierra de nuevo, la aventura había terminado, ahora podía decir que me había lanzado en paracaídas. Abrace al instructor quien me dijo: -Lo mejor de todo es esa sonrisa, no te parece? Lo volverías a hacer?. No vi necesario responder, asentir fue suficiente.

Tuve que tirarme de un avión para recuperar esa sonrisa, la que me acompaña ahora mientras escribo estas líneas, y por supuesto valió la pena porque en medio de la caída encontré dentro de mi pecho que ya tenía todo lo que necesitaba y por eso era, soy la mejor versión de mí, la mujer más completa que él conoce. Había terminado la época del oscurantismo y otra vez brilla mi sonrisa, irónicamente la caída me elevó a donde pertenezco y sigo cayendo.   
               


viernes, 1 de agosto de 2014

Volví a ser Lupita

Cuando escuché esas trompetas, sentí un llamado de los buenos tiempos, de los lejanos, una sonrisa se posó sobre mis labios y se extendió en todo mi cuerpo, sonreía con el cuerpo, me levanté de la silla.

Eran más de las nueve de la noche y la vena masoquista que llevo dentro decidió escuchar un programa de nombre Parrandeando, un viernes por la noche en mi oficina ubicada a 40 km de la población más cercana, en la mitad del Magdalena Medio. Envuelta entre tantas minutas y solicitudes de pedido, que a pesar de haber estudiado una ingeniería son mi pan de cada día, me distraje escuchando los sonidos alegres de este lado del charco, entre Guayacán, Chocquibtown, La India y Mark Antony, apareció el grande, el mío, el sr. Alvaro Jose Arroyo y supe entonces que sería una buena noche. En efecto, entre movimientos cadenciosos de cabeza logré agilizar mis tareas manteniendo la esperanza de acostarme antes de las 10:00 pm.  Y como regalo divino, justo al finalizar las escuché, unas trompetas poderosas de las que imagino en el Olimpo, seguidas de la inconfundible magia del padre del Mambo Dámaso Perez Prado, allí estaba hipnotizada bajo una sola pregunta: Qué le pasa a Lupita?

Y fueron justo dos décadas las que desaparecieron de mis recuerdos para dejarme en 1995 con tan solo 10 añitos en mi haber, en una tarde de quinto de primaria junto a mis audaces compañeros de clase y Frank Vides, un profesor entusiasta de ojos claros como el mar que aún no conocía, carismático y vital, de esas personas que recuerdas aun con el pasar del tiempo, el mismo que concibió la inconcebible idea de hacerme Lupita. Y esa tarde esa era yo, La Lupita de Perez Prado, la misma niña famélica que un par de semanas atrás no sabía bailar Mambo y ahora estaba vestida con tul de colores y una falda minúscula, muy parecida a las muñecas con las que aun jugaba. Este fue mi primer encuentro cercano con el Mambo, con aquella conversación sagrada del espíritu, que se metía entre mis venas y desplazaba todo lo demás por las ganas incontenibles de bailar como fuera, sorprendente más aun por tratarse de un alma tan joven.     

Mi memoria diáfana en ciertos detalles, no recuerda otros como por ejemplo cuantas veces nos reunimos al atardecer para practicar los pasos inventados por el profe Frank, en pistas improvisadas de baile como la cancha de la escuela mixta o la casa de mi prima Katty. Mas recuerdo con la claridad del cristal aquel movimiento dancístico en el cual mis 40 kg se paseaban por encima de las espaldas desnudas de mis compañeros, yo era la reina, era torpe pero era la reina. No puedo evitar sonreír al recordar las quejas de aquellos niños cuando mis pies descalzos se resbalaban y terminaba golpeándolos con mis huesudas rodillas en sus cabezas, mientras ese profesor convencido de mi talento u obstinado en ello, me brindaba sus indicaciones para hacerlo mejor.

Todo estuvo listo para el día de la izada de bandera, la coreografía, el vestuario, la música y nosotros, el grupito de niños que pretendía danzar al ritmo del Mambo de los dioses y en frente de aquella osadía, estaba Lupita. Fue una de las mejores tardes de mi vida y empezó cuando escuché las trompetas majestuosas y mi cuerpo irrumpió en un vaivén caribe que copiaron mis secuaces. Qué le pasa a Lupita? Alcanzó el éxtasis al bailar su mambo y su papá la dejó.

Y fue la misma sensación la que me obligó a levantarme de la silla y empezar a reproducir la coreografía de aquella tarde en la que bailé con el alma. En la estrechez de mi oficina, con un televisor de 80” por equipo de sonido, un par de decenios más tarde y 15 kilos demás, volví a ser Lupita.    

sábado, 26 de julio de 2014

Del llanto del cielo

Dulce brisa que riegas
ante mis oídos ávidos tus cantares,
que acallan todos mis pesares
y a abandonarme te niegas.
Lluvia pura que te lanzas
en la noche dolorosa y eterna
para lavar mi alma enferma,
sedienta entre las danzas
de tus ríos de verdades,
que serpentean en las alturas
ante niebla espesa y bruma
buscando despertarme.
Así se arma de argumentos,
como los truenos al galope
que retumban entre los golpes
con que se cuentan los momentos,
aquellos que te anticipan
para calcular tu lejanía,
al son de letanías
donde las matronas participan.
Honrado en tu presencia
escucho tu llegada,
Oh lluvia abnegada
que de mi eres esencia.