“Y ni siquiera le dije a mamá”. Es el último
pensamiento sensato que recuerdo de ese momento, a más de 8000 pies de altura,
mientras sobrevolaba Flandes en una avioneta monomotor, que parecía pujar antes
que volar y de la cual debía salir de la forma fácil, saltando hacia el mundo
atada a un paracaídas, ¿¡a quién se le ocurre!?.
Ese día al abrir los ojos, pasaban las 8 de la
mañana, y aunque sobre las 5 y media me había despertado por las razones
equivocadas, ahora era el hambre la que agobiaba mi cuerpo y me obligaba a
dejar atrás el mundo de Morfeo y entrar en otro menos agradable. Al igual que
los tímidos rayos de sol de la nevera, sentí una ráfaga de brisa gélida que se
coló por la ventana de la habitación, había olvidado cerrarla la noche anterior
y ahora resolvía el misterio de por qué tanto frío a pesar de estar enterrada bajo
un bunker de cobijas. No fue fácil salir de tantas capas, aunada a la cantidad
estaba también la primera ley de Newton, simplemente no quería salir, mas fue
sencillo comprobar que los instintos del hombre pueden romper las leyes de la
física y en este caso se podía inferir que el hambre desayunó inercia. Luego de engañar al estómago con un par de
galletas y un jugo de cajita, de esos que los niños no deberían tomar, puesto
que tienen tanta azúcar que los hace tan ilegales como un porro, me introduje
en la tarea de lavarme el cuerpo más por costumbre que por convicción. El agua,
que en otras latitudes es mi elemento preferido, salió con la firme intención
de petrificarme dejándome sin aliento, los segundos esperando que cambiara su
temperatura fueron eternos y a punto estuve de salir de la regadera, pero me
contuve recordando que esa era una peor idea y que a veces, tan solo había que
esperar. En efecto, empecé a concebir el calor del agua como una bendición,
hasta que mi piel que ha sido objeto de halagos por su inconfundible color
dulce acaramelado, se tornó rosa e inconforme, no había dudas, me estaba
quemando. Jugué con las llaves, hasta que logré el suficiente sentido común
como para ajustar la temperatura deseada y he de confesar con cierta vergüenza
que a pesar de la sequía por el fenómeno del niño, estuve durante casi media
hora extasiada debajo de aquella cascada de agua perfecta que lavaba el
desánimo y lo transformaba en vitalidad, el color de la piel volvió a ser el de
siempre y advertí su suavidad entre los dedos, la humedad que me recorría trajo
deliciosas imágenes de mi río e intenté recitar aquel poema de Agua Dulce que
alguna vez escribí, ahora bien mi memoria es tan terca como yo y solo recuerda
lo que le viene en gana, claro el poema no estaba en la lista. Terminé el
ritual de sanación por pura conciencia ambiental y al salir sufrí de nuevo la
dureza del frío, por lo que tuve que correr hacia el bunker nuevamente, a
riesgo estuve de quedarme dormida, pero una llamada me recordó los planes
propuestos para ese día, claro está que una cosa era escucharlo y otra hacerlo.
Así que me levanté, encendí a Pachita quien llenó la habitación con las notas benignas
de Turn your lights down low y retomé las labores; me vestí con las ropas
habituales, tan fresca como la brisa del Magdalena, hice la maleta de un día, intenté
peinarme, la batalla perdida de todos los tiempos, y empecé a bailar, en ese instante
ya escuchaba Waiting in vain que me transportó a otros espacios, de los que
algún día escribiré, no ahora, no aquí.
Sobre las once de la mañana apareció mi
compañero de aventura, con su respectiva armadura en un animal de 78hp al que
solo me había subido una vez y que ese día me llevaría en un viaje de casi tres
horas por una carretera curvilínea, tanto que hacía que los risos de mis
cabellos lucieran como lisas autopistas gringas. Me disfracé según correspondía
por aquello de la seguridad y me eché la bendición, poniéndole de forma
innecesaria trabajo demás a un Dios, que bien ocupado estaba con los conflictos
de medio oriente y que ahora debía desviar su atención para evitar que yo
terminara tendida en el asfalto, cuan inconsciente de mi parte, cuan magnánimo
de la suya. Según palabras del piloto: nos echamos a andar!, lo aburrido de ir
a casi 200 kph en ese disfraz es que no puedes apreciar la caricia arrebatada
de la brisa directamente sobre la piel, lo excelso es zigzaguear a esa
velocidad pues era lo más parecido a volar que había sentido hasta esa oportunidad,
incluso después de un planeo en parapente que en otrora hice, como en otra vida
porque parecía un sueño. Aun durante el
trayecto mi mente no consiguió enfocarse en la finalidad del viaje y se
sumergió en la belleza del paisaje de la sabana mientras descendíamos a tierras
más cálidas.
Al llegar al pueblo fui consciente del calor
producido por el disfraz de motorizado que llevaba, así que la ansiedad por
culminar el viaje correspondía más a la necesidad de quitarme toda aquella
parafernalia que a la expectativa por poner en riesgo mi vida en pleno uso de
mis facultades mentales, cabe anotar que hasta ese momento aún no caía en la
cuenta del riesgo y mis facultades mentales eran cuestionables. Como es
costumbre, las indicaciones para llegar al aeropuerto no fueron lo suficientemente
convincentes, por lo que el piloto buscó las respectivas señas en los lugareños
para asegurarse de llegar al sitio correcto; contrario a lo que reza la
creencia popular que aduce que los hombres no preguntan direcciones, en esta
ocasión me encontraba con una excepción a la regla. En efecto, íbamos en
dirección correcta y con la confianza que esto proporciona nos adentramos en un
camino en el que no se divisaba el final, adornado con árboles descuidados en
cada margen y una calzada destrozada por
el uso de otros tiempos. En el lado derecho se extendía un potrero gigante alfombrado
en maleza sobre la que cabalgaba la brisa del Magdalena, quien se escondía
metros más allá y al que había visto minutos antes sin mirarlo, recuerdo haber
hecho un recorrido rio abajo hasta llegar a casa. Lejos estaba cuando apareció
el letrero que presentaba al Aeropuerto Santiago Vila, el hombre que enseñó a
volar a los tolimenses, donde nos recibió una mujer a cargo de la seguridad que
tan acostumbrada estaba a no recibir visitantes, que anotó nuestros nombres sin
interés y solicitó la cuota de ingreso 3.700 pesos colombianos. Continuamos
unos cuantos metros y llegamos a un hangar descuidado en el que se escondían
dos avionetas, que dudo hubieran salido de paseo en la última década y por lo
tanto eran quizás los objetos de decoración más costosos del lugar, ya eran las
2 de aquella tarde. Al lado del hangar una cafetería inventada en la que sin
importar cuánto dinero tenía no pude satisfacer ni deseos ni necesidades. En
ese espacio convergente estaban reunidas cerca de diez personas que se
preparaban para saltar, saltar se escuchaba tan fácil. Era palpable la emoción en
sus rostros, en el tono de voz agudo y nervioso con el que pronunciaban
palabras innecesarias y en las sonrisas inquietas, entre agonizantes y
extasiadas. Es probable que fueran las hormonas porque curiosamente estaban en
fila un mayor número de mujeres que hombres, dispuestas a desfilar por el filo
de la navaja a cambio de segundos de libertad.
Empero yo aún continuaba retraída, como quien
mira un reloj en la pared y ve el andar de sus manecillas, mas no comprende que
es el tiempo el que pasa, así que esperé. Quedamos programados en el último
vuelo, el número 8, el día del cumpleaños de mi madre, a quien por cierto no le
había mencionado nada sobre esta aventura, entre otras cosas por descuido y
otras tantas para evitar preocuparla por mis malas decisiones, con Dios era
suficiente. Fueron dos largas horas durante las que vi partir a personas
frenéticas pero resignadas y regresar
individuos etéreos rebosantes de energía, pude apreciar los treinta segundos de
caída libre y los dos o tres minutos planeando, ¿era posible que la vida
cambiara tanto en tan solo un par de minutos?.
Por supuesto, la vida podía cambiar de forma radical incluso en menos
tiempo.
Nos llamaron a colocarnos los arneses que
serían lo único que impediría que por encima de 180 kph en vertical termináramos
convertidos en puré, no era algo en lo que pensara en ese instante, de lo
contrario habría salido corriendo hacia el río y flotado hacia el norte buscando
estar más cerca de mi mamá. Sin embargo era tan larga la fila que acabamos
recostados, casi dormidos, en unas colchonetas improvisadas, esperando la hora
en medio de la incertidumbre porque se adentraba la tarde y el cielo parecía
cerrar sus puertas. Al final, la hora llegó, por ser los últimos no hubo tiempo
de charla sobre lo que nos correspondía hacer al salir del avión, nos
dirigieron hacia la pista de despegue y como si fuera un paquete de fedex me
entregaron a un instructor que parecía haber salido recientemente de la
pubertad, en sus manos estaba dejando mi futuro. Para ese momento ya la mente
empezaba a atar cabos y el cuerpo siguió el ritmo entendiendo poco hacia donde
iba. Nos subimos a una diminuta avioneta, tan frágil y poco agraciada, producto
de los años que llevaba sobre sus alas. Éramos siete pasajeros en total, ahora
que lo escribo, me sorprende como tantos nos acomodamos en un espacio tan
pequeño, en resumen tres instructores, un estudiante y dos desocupados, no es
necesario especificar cuál era mi categoría y finalmente, el capitán un hombre
que en tierra firme nunca habría podido convencerme que era piloto, pero lo era.
Esperamos minutos eternos mientras la torre de control otorgaba el permiso de
salir, en ese momento recibí las instrucciones más escuetas y breves posibles
sobre la posición que tenía que adoptar mi cuerpo al lanzarnos, manos al arnés,
codos recogidos contra el cuerpo y rodillas dobladas. En esas circunstancias me
volví a acordar de mi mamá, aquella escena rayaba en la coincidencia con los
tiempos aquellos en los que ella me daba instrucciones al hacer mandados de
tres o cuatro cosas y que yo por pereza decidía no anotar, para darme cuenta al
regresar que había olvidado algo, la principal diferencia radicaba en que esta
vez si olvidaba algo probablemente no podría volver a repetirlo. En esas
cavilaciones andaba cuando escuché el estruendo del motor taladrando mis
pensamientos turbulentos, ya no había marcha atrás. El canarito que nos llevaba
se empezó a elevar con tal dificultad en un vaivén infernal en el que mi
estómago rebotaba en todas direcciones, me había embargado la adrenalina y por
fin tomaba conciencia sobre lo que iba a hacer, ya me quería devolver, mas la
forma rápida de salir era arrojándome a la voluntad de los cielos. Luego de
algunos juegos de rutina para los primíparos, vi cómo se acomodó la primera
pareja en la puerta de la avioneta; el
primer instructor y el estudiante, un oficial de policía al que no le bastaba
con el riesgo de su profesión y tenía como jobby navegar por los cielos, en un punto
estaban allí decidiendo no sé qué cosa y al otro ya no estaban, se perdieron en
la inmensidad en un santiamén. El segundo turno fue de mi compañero de
aventuras con su instructor, se aproximaron al borde de la aeronave y después
ya no los vi.
Ahora seguía yo, me iba a lanzar de una altura
similar a un rascacielos de casi 700 pisos, sentí un suave empujón del
instructor que me señaló la salida, mientras el capi soltaba la mano del
control de mando para despedirse de mí, nos arrastramos hacia la salida y comprobé
álgido el golpe de los mil vientos, vi el verde inmóvil surcado de venas grises
y me encontré de frente con un sol que renuente se despedía entre imponentes
nubes anaranjadas, sin duda alguna el mejor atardecer que haya visto jamás. Salí
de aquella abstracción cuando el instructor me empujó un poco más y quedé
suspendida por fuera de la avioneta, mientras él seguía sentado en ella,
supongo que era parte de los juegos previos, el éxtasis habría de llegar pronto,
todos mis sentidos alerta. A menos de un
metro estaban el motor y el ala derecha del pajarraco este que finalmente había
conseguido la arrogancia suficiente para sostenerse a 8000 pies sobre Flandes y
después solo nubes. La caída fue torpe, olvidé las instrucciones recibidas y
fueron dos o quizás tres vueltas frenéticas las que dimos hasta que el niño que
tenía por instructor, que definitivamente si sabía lo que hacía, puso sus manos
brazos sobre los míos y me obligó a cerrarlos contra el cuerpo, recordé lo de
las piernas y continuamos el trayecto como debía ser, de jeta contra el planeta.
El cabello que en teoría iba ajustado danzaba de forma arrebatada al ritmo de
la caída, mi respiración era tan dispareja como los eventos de mi vida en los
últimos tres años, a mis ojos les costaba observar tanto en tan poco tiempo y
mis cuerdas vocales trabajaron lo que nunca antes en un alarido sostenido y
exorbitante, porque vencer el miedo hacia parte de la liberación y yo intentaba
ahuyentar el mío a punta de gritos. La
resistencia del viento quiso arrancarme la ropa, su circulación a través de mi pecho
estremeció todas mis fibras y aunque no pudo rasgar mi camisa supe que se
llevaba la desazón que desde hacía tantos meses rondaba mi alma y dejaba a
cambio brisa fresca, ligera, imperturbable y el mundo esperándome mientras yo allí
estaba, recordando que era polvo de estrellas y cayendo libremente.
En otra vida halaron el arnés y fue un golpe el
que me avisó que el paracaídas había sido liberado, finalizaba la caída libre y
ahora planeábamos, el descenso se pintó de atardecer. Dimos algunas vueltas menos
espontáneas y admiré la grandeza de los alrededores que eran iguales desde
antes de mi nacimiento y seguirían iguales mucho después de mi deceso, y tan
solo importaba que pudiera verlos así, en ese ahora.
Alcé las piernas y toqué tierra de nuevo, la
aventura había terminado, ahora podía decir que me había lanzado en paracaídas.
Abrace al instructor quien me dijo: -Lo mejor de todo es esa sonrisa, no te
parece? Lo volverías a hacer?. No vi necesario responder, asentir fue
suficiente.
Tuve que tirarme de un avión para recuperar esa
sonrisa, la que me acompaña ahora mientras escribo estas líneas, y por supuesto
valió la pena porque en medio de la caída encontré dentro de mi pecho que ya
tenía todo lo que necesitaba y por eso era, soy la mejor versión de mí, la
mujer más completa que él conoce. Había terminado la época del oscurantismo y
otra vez brilla mi sonrisa, irónicamente la caída me elevó a donde pertenezco y
sigo cayendo.