Ese viernes como muchos otros, salía corriendo
del trabajo hacia el punto de encuentro con el semibus de una reconocida
empresa de transporte de pasajeros. Reconocida principalmente por tener buses
pequeños para rutas no tan cortas y monopolizar el trayecto Puerto Boyacá –
Barrancabermeja, con tarifas al gusto del propietario. Como se ha vuelto
costumbre, llamé con antelación para asegurar un puesto decente y evitar las
vicisitudes de otros recorridos, en los que habría preferido caminar los 225 km que separan mi lugar
de trabajo de la incipiente Capital de la Provincia de Mares. Curiosidades y
caprichos históricos, podría escribir, puesto que Barrancabermeja inmersa en el
centro del país de mares poco, pero sí de río. El mismo que en mis recuerdos pasa
raudo e imponente frente a mi pueblo natal, el río Magdalena, del que soy hija,
ese que se derrama por 1500 km del territorio nacional y a pesar de no ser el
más extenso, si es considerado el más importante por las comunidades que
alimenta y los pueblos que comunica, algo así como una arteria del país, un
símil burdo pero sencillo.
En esa oportunidad como en todas, al iniciar el
viaje imaginaba el puerto semidestruido de San Pablo, que sería menos poético si
estuviera completo. Dibujaba las escaleras fragmentadas, monumento de un muelle
colosal que nunca se construyó. Los puestos de comida y venta de pescado a
falta de una plaza, erguidos sobre láminas de tierra que parecen levitar en el
río aguardando un derrumbe. La casa de Mañe Canoa amenazada por el avance
decidido del agua. El espacio hueco en el que antes hubo una virgen que
sucumbió al arrebato de la corriente. Y a mi mamá en su motoneta blanca,
esperándome.
Para mi San Pablo no es sin el río, nació hace décadas
a falta de un escampadero para los navegantes que realizaban recorridos de
meses a través del cauce del Magdalena, aun hoy es imposible aproximarse a San
Pablo sin atravesar sus aguas y la travesía que para algunos resulta titánica,
para esta aprendiz de navegante es un bálsamo que cura heridas del recuerdo y
refresca las ilusiones extraviadas.
La primera vez que navegué sobre ella -porque
al Magdalena le pasa lo mismo que al Agua, tienen artículos masculinos pero en
esencia son féminas, son vida- aún era marzo, el mes de mi llegada y mi mamá,
incauta como cualquier niña de 17 años en esa época, se le dió por hacer
semejante viaje para que mi padre me conociera. Por supuesto no tengo ningún
recuerdo asociado con ese evento, pero si una fotografía de las de papel mate
de otros tiempos, en la que aparezco en brazos de esa niña de cabellera larga a
punto de subir a una chalupa y el resto de la imagen es un juego confuso entre
el agua y el cielo.
He contado con la suerte de recorrer algunos
lugares y conocer otros sitios, siempre me pregunto lo mismo, ¿cómo vive un
pueblo sin rio?, incluso para aquellas urbes altivas cobijadas por el mar,
¿cómo se es sin agua dulce?
Ese viernes soportaba el estupor dentro de
aquel semibus, por la promesa de una hora y media de la caricia fresca de la
brisa del río. Rememoraba otros atardeceres magistrales en los que el manto
líquido se transformaba en una danza lumínica y seductora con el sol. Incluso
podía contar las bandadas de garzas, patos, pisingos retornando a sus hogares,
así como yo al mío. Todo aquello iba acrecentando la impaciencia por el
encuentro.
Finalizado el primer tramo de casi tres horas
por las vías tercermundistas de este querido terruño, llegué a la ciudad de la
refinería, caliente y seca como la madera podrida de un tronco al sol. No hay
que ser ladino para evidenciar mi desdén por aquella ciudad. A mi muy viciado
parecer, lo único bueno que tiene es la fortuna de ser bañada por las aguas de
mi río. Y bajo el juicio de mis ojos paladines, posee el imperdonable pecado de
ser una de las principales fuentes de su contaminación.
Me golpeaba furioso el
vaho de una ciudad amarillenta que huele a combustible y a escasez disfrazada
de utopía, mientras yo perseguía los suspiros intermitentes de un aire
conocido, hacia el Yuma. Lo primero que extrañé fue el reflejo
fulminante de sus aguas. Aquel cuerpo espléndido con piel de seda que evocaba,
estaba lleno de llagas infectadas, cicatrices profundas de su congoja. El
ímpetu que fue su estandarte ahora mermaba en una corriente débil, enferma, que
luchaba por seguir el cauce, por no estancarse.
Vi los siglos en unos ojos envejecidos, ya no era un río era un llanto,
vi el daño que pesaba sobre el agua mustia, vi las costras arenosas de unas
playas desubicadas, reflejos de una enfermedad terminal. Inocente accedí a
pensar que se trataba de algo puntual, que tal vez aguas abajo donde los
pueblos son menos industriales y más naturales, el agua agradecida reclamaría
su nivel y sus fuerzas, mas el viaje en aquella chalupa se tornó en
desesperanza. Puerto Wilches y Cantagallo se encontraban cautivos en sendos
playones que amedrentaron al agua y San Pablo…
Desde ese día no hago más que pensar en lo que
sucedería si el Magdalena decide cerrar su cauce. Es inevitable la conclusión,
pueblos como el mío se verían condenados a perderse en el tiempo y la
distancia, como si no fuera suficiente con la dejadez que cargan hoy sobre sus
plazas y sus calles. Sería como cortar el cordón umbilical de unos pueblos
enclenques que aprendieron a nadar en esas aguas y no saben caminar en tierra
firme.
Cuán difícil se hace terminar este relato en el
que pareciera no asomarse un final feliz. Sin embargo, por gracia ribereña,
como compromiso tengo poner punto final solo después de una sonrisa. Así que
cierro este capítulo contrarrestando una tarde fatídica con una mágica.
Eran tres los muchachos alazanos al sol, que
fueron el deleite de mis ojos una tarde de esas en las que el río me sonreía
impasible. Los recuerdo claro, como el
agua del Magdalena en mis sueños de la infancia, cubiertos solo por unas
pantalonetas de colores chillones que contrastaban con sus pieles negras y relucientes,
llenos de comidas efímeras y más de una solitaria, con dentaduras juguetonas,
blancas como las nubes. Me percaté de la presencia de estos mosqueteros, cuando
escuché el sonido seco de un típico quemonazo de aquel que no sabe cómo
entrarle al agua, seguido por dos clavados impecables. Los vi nadar de vuelta a
la orilla y repetir ese ritual con más energía cada vez, sonreían extasiados,
sin preocupaciones. Del embelesamiento solo podía sacarme una cosa y fue la más
quimérica. Un hombre de músculos hechos al sol, se bajó de una canoa, cargando
con esfuerzo un bagre que fácilmente habría sido confundido con el leviatán. La
cara de aquel pescador llevaba una sonrisa cristalina y sus palabras fueron
mantra para mí: El río me ha bendecido.
El Magdalena es para nosotros los de las
orillas, motivo de alegría. Y se derraman nuestras ansias por infectar del mismo sentimiento al resto del país. Nadie con sentido de supervivencia atenta contra su yugular. Es por ello que en cada paseo, pesca, viaje o chapuzón, mantenemos encendida la
esperanza de sus aguas que no se cansan de correr, confirmando que hay vida y
que los grandes se levantan, siempre se levantan.