Cuando llegué al patio, Marcia
lloraba inconsolable mientras rodeaba con sus brazos el cuerpo pequeño y frágil
de Andrés. Caía ya la tarde cubierta en un vaho pesado y nauseabundo, producto
de las corrientes de viento que viajaban por el rio y cruzaban la ciénaga del Tacurú;
bautizada así por los montículos cercanos de hasta sesenta centímetros de
altura, que rodeaban el cuerpo de agua en una especie de fuerte de arcilla y
excremento de hormigas; y donde hacía pocos días habían aparecido miles de peces
soplados, flotando sobre las aguas pantanosas. A alguien se le ocurrió decir
que la mortandad era un mal presagio y el cuento corrió a tal velocidad que en
pocas horas la mayoría de habitantes de San Jacinto, la consideraban como una premonición
de eventos desafortunados y trágicos. En el mercado, en la plaza principal, las
tiendas y por supuestos las cantinas, en todos lados se corrió la voz, en tono susurrante,
evitando así desatar las fuerzas del mal por exceso de vanilocuencia. Incluso
el sacerdote en la misa del siguiente domingo, arrojó claras advertencias en su
sermón sobre los asustados feligreses, quienes habían asistido a la iglesia
buscando consuelo y salieron afligidos, pues parecía que las pocas oraciones
que sabían no alcanzarían para protegerlos de una desgracia. Sin embargo,
muchos consideraron que a falta de oraciones podían doblar su cuota de limosna
para asegurar su parte de tranquilidad, por lo cual el sacerdote se sintió muy
complacido. Marcía asistió a la misa del domingo, fue de las pocas que se tornó
escéptica sobre el presagio de los peces. Llegó a la casa despotricando del
sacerdote, renegando de su actuar inquisidor. “Lo hubieras visto” me dijo,
“hasta pareció que sonreía cuando notó que mandaron a buscar otra bandeja para
las limosnas, porque la de siempre se había llenado a rebosar” y continuó “está
igual que la guerrilla cuando viene a amedrentarnos para sacar sus vacunas”; exageraba,
mas su descontento era evidente. Yo me hice el desentendido, pero la escucharla
mientras ella se desahogaba, y ella lo sabía. Ese era el secreto de muchos años
de convivencia pacífica.
Durante la semana, los locales
comerciales empezaron a cerrar más temprano; las puertas y ventanas de las
casas permanecían atrancadas a pesar del inclemente calor; la gente que se
atrevía a salir caminaba perseguida por la nada, con miradas furtivas
confirmaban a cada paso que no los alcanzaban; las jaurías se tomaron las
calles solitarias, dejando en su camino destrozos, lo más terrorífico era
cuando se encontraban dos bandos y se escuchaban primero ladridos agresivos y
después lastimeros propios de una pelea. El pueblo fue perdiendo su voz, hasta
en las cantinas se tomaba puertas adentro y con bajo volumen de las rocolas; la
dinámica vivaz y de algarabía cambió en forma drástica y el miedo se fue
asentando hasta hacerse voluntad. Al alcalde no le quedó más remedio que
declarar toque de queda de jornada continua, el decreto era impreciso, divagaba
en las razones y no se comprometía con una fecha final, daba la impresión de
haber sido redactado desde debajo del escritorio del despacho principal, en
penumbra. Yo me debatía entre creer o no hacerlo, de no ser por la férrea
convicción de Marcia, habría sido de los primeros en apuntillar tablas en
puertas y ventanas por protección. Ella seguía firme diciendo que el miedo
colectivo era infundado y que la mortandad en Tacurú nada tenía que ver con lo
sobrenatural. Por las noches cuando hablábamos se explayaba en múltiples
explicaciones para el suceso, terminaba agotada, al final no sabía si trataba
de convencerme a mí o a ella misma.
Por el toque de queda se
suspendieron las clases y Andrés se la pasaba jugando en el patio, mientras
Marcial cosía o lavaba o se inventaba algún quehacer. El patio era mucho más
grande que la casa, se dividía en dos partes, la primera y más cercana a la
cocina, donde había un quiosco de paja con una hamaca, al lado un galpón
improvisado, más atrás el lavadero con una pileta cuadrada y junto a esta, el
pozo de agua. En la parte trasera se extendía una alfombra de hierva fina y
varios árboles de sombra y frutales. Ese día, retumbaron las campanas de la
iglesia; sin el ruido de las calles, el sonido del campanario resultaba
estentóreo, anunciaban la cercanía de la misa. Yo estaba en la alcaldía donde
un pequeño grupo se había reunido para leer un nuevo comunicado, luego de
leerlo me dirigí hacia la casa para darle las buenas noticias a Marcia. Ella estaba
terminando de barrer la parte frontal del patio, mientras Andrés jugaba junto
al lavadero. En un instante dio la espalda hacia la profundidad del solar y
cuando volvió su mirada en acto reflejo protector para ubicar a Andres, lo vio
sentado sobre el borde del pozo de agua. El pozo tenía una profundidad de
quince metros, con paredes de ladrillos y en el fondo un anillo de hierro para
contribuía a evitar el colapso del mismo. En la parte superior se abría en una
boca de un metro por un metro, con bordes de menos de diez centímetros de
ancho, tenía por tapa una lámina de zinc recortada, encima se le había
instalado un travesaño con manigueta al que estaba amarrado un lazo grueso que
al final de su recorrido tenía atado un balde. Un instante después la lámina se
corrió y el niño quedó colgado de sus pequeñas piernas con la espalda hacia el
vacío. A Marcia esta imagen se le quedó grabada en la retina, paralizada y sin
habla, su corazón resonó en la cárcel de sus costillas y quiso salir con una
explosión de adrenalina que se desató en un grito desgarrador. Ese fue el grito
que yo escuché mientras abría la puerta de la casa y que me hizo salir
corriendo al patio. Cuando me acerqué, Marcia apretaba contra sí a nuestro
hijo. Yo no entendía nada, no sabía qué había pasado, vi en los ojos de mi
mujer el terror inconfundible. El niño estaba bien, aunque asustado. Los llevé
adentro de la casa, traté de calmar a Marcia que no pronunciaba palabra alguna,
solo lloraba. Le dije que en la Alcaldía estaba publicado que la verdadera
razón por la que sucedió la mortandad fue porque la empresa extractora de
aceite de palma, arrojó desechos a la ciénaga que provocaron tal contaminación
que se murieron los peces, entonces no había nada de qué preocuparse, el miedo
era irreal. Marcia no pareció escucharme. Aquella mujer que se resistió al miedo
colectivo, se encontraba sumida en el pánico absoluto. El pueblo fue
recuperando su movimiento, las calles se volvieron a llenar de gentes, y la
música y el ruido se adueñaron del ambiente, menguando otra vez los sonidos de
las campanas. No obstante, Marcia permaneció presa del miedo, ese que para
todos terminó siendo una farsa, para ella fue lo más real que había vivido
jamás.