Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

lunes, 6 de noviembre de 2017

La tragedia


Cuando llegué al patio, Marcia lloraba inconsolable mientras rodeaba con sus brazos el cuerpo pequeño y frágil de Andrés. Caía ya la tarde cubierta en un vaho pesado y nauseabundo, producto de las corrientes de viento que viajaban por el rio y cruzaban la ciénaga del Tacurú; bautizada así por los montículos cercanos de hasta sesenta centímetros de altura, que rodeaban el cuerpo de agua en una especie de fuerte de arcilla y excremento de hormigas; y donde hacía pocos días habían aparecido miles de peces soplados, flotando sobre las aguas pantanosas. A alguien se le ocurrió decir que la mortandad era un mal presagio y el cuento corrió a tal velocidad que en pocas horas la mayoría de habitantes de San Jacinto, la consideraban como una premonición de eventos desafortunados y trágicos. En el mercado, en la plaza principal, las tiendas y por supuestos las cantinas, en todos lados se corrió la voz, en tono susurrante, evitando así desatar las fuerzas del mal por exceso de vanilocuencia. Incluso el sacerdote en la misa del siguiente domingo, arrojó claras advertencias en su sermón sobre los asustados feligreses, quienes habían asistido a la iglesia buscando consuelo y salieron afligidos, pues parecía que las pocas oraciones que sabían no alcanzarían para protegerlos de una desgracia. Sin embargo, muchos consideraron que a falta de oraciones podían doblar su cuota de limosna para asegurar su parte de tranquilidad, por lo cual el sacerdote se sintió muy complacido. Marcía asistió a la misa del domingo, fue de las pocas que se tornó escéptica sobre el presagio de los peces. Llegó a la casa despotricando del sacerdote, renegando de su actuar inquisidor. “Lo hubieras visto” me dijo, “hasta pareció que sonreía cuando notó que mandaron a buscar otra bandeja para las limosnas, porque la de siempre se había llenado a rebosar” y continuó “está igual que la guerrilla cuando viene a amedrentarnos para sacar sus vacunas”; exageraba, mas su descontento era evidente. Yo me hice el desentendido, pero la escucharla mientras ella se desahogaba, y ella lo sabía. Ese era el secreto de muchos años de convivencia pacífica.

Durante la semana, los locales comerciales empezaron a cerrar más temprano; las puertas y ventanas de las casas permanecían atrancadas a pesar del inclemente calor; la gente que se atrevía a salir caminaba perseguida por la nada, con miradas furtivas confirmaban a cada paso que no los alcanzaban; las jaurías se tomaron las calles solitarias, dejando en su camino destrozos, lo más terrorífico era cuando se encontraban dos bandos y se escuchaban primero ladridos agresivos y después lastimeros propios de una pelea. El pueblo fue perdiendo su voz, hasta en las cantinas se tomaba puertas adentro y con bajo volumen de las rocolas; la dinámica vivaz y de algarabía cambió en forma drástica y el miedo se fue asentando hasta hacerse voluntad. Al alcalde no le quedó más remedio que declarar toque de queda de jornada continua, el decreto era impreciso, divagaba en las razones y no se comprometía con una fecha final, daba la impresión de haber sido redactado desde debajo del escritorio del despacho principal, en penumbra. Yo me debatía entre creer o no hacerlo, de no ser por la férrea convicción de Marcia, habría sido de los primeros en apuntillar tablas en puertas y ventanas por protección. Ella seguía firme diciendo que el miedo colectivo era infundado y que la mortandad en Tacurú nada tenía que ver con lo sobrenatural. Por las noches cuando hablábamos se explayaba en múltiples explicaciones para el suceso, terminaba agotada, al final no sabía si trataba de convencerme a mí o a ella misma.

Por el toque de queda se suspendieron las clases y Andrés se la pasaba jugando en el patio, mientras Marcial cosía o lavaba o se inventaba algún quehacer. El patio era mucho más grande que la casa, se dividía en dos partes, la primera y más cercana a la cocina, donde había un quiosco de paja con una hamaca, al lado un galpón improvisado, más atrás el lavadero con una pileta cuadrada y junto a esta, el pozo de agua. En la parte trasera se extendía una alfombra de hierva fina y varios árboles de sombra y frutales. Ese día, retumbaron las campanas de la iglesia; sin el ruido de las calles, el sonido del campanario resultaba estentóreo, anunciaban la cercanía de la misa. Yo estaba en la alcaldía donde un pequeño grupo se había reunido para leer un nuevo comunicado, luego de leerlo me dirigí hacia la casa para darle las buenas noticias a Marcia. Ella estaba terminando de barrer la parte frontal del patio, mientras Andrés jugaba junto al lavadero. En un instante dio la espalda hacia la profundidad del solar y cuando volvió su mirada en acto reflejo protector para ubicar a Andres, lo vio sentado sobre el borde del pozo de agua. El pozo tenía una profundidad de quince metros, con paredes de ladrillos y en el fondo un anillo de hierro para contribuía a evitar el colapso del mismo. En la parte superior se abría en una boca de un metro por un metro, con bordes de menos de diez centímetros de ancho, tenía por tapa una lámina de zinc recortada, encima se le había instalado un travesaño con manigueta al que estaba amarrado un lazo grueso que al final de su recorrido tenía atado un balde. Un instante después la lámina se corrió y el niño quedó colgado de sus pequeñas piernas con la espalda hacia el vacío. A Marcia esta imagen se le quedó grabada en la retina, paralizada y sin habla, su corazón resonó en la cárcel de sus costillas y quiso salir con una explosión de adrenalina que se desató en un grito desgarrador. Ese fue el grito que yo escuché mientras abría la puerta de la casa y que me hizo salir corriendo al patio. Cuando me acerqué, Marcia apretaba contra sí a nuestro hijo. Yo no entendía nada, no sabía qué había pasado, vi en los ojos de mi mujer el terror inconfundible. El niño estaba bien, aunque asustado. Los llevé adentro de la casa, traté de calmar a Marcia que no pronunciaba palabra alguna, solo lloraba. Le dije que en la Alcaldía estaba publicado que la verdadera razón por la que sucedió la mortandad fue porque la empresa extractora de aceite de palma, arrojó desechos a la ciénaga que provocaron tal contaminación que se murieron los peces, entonces no había nada de qué preocuparse, el miedo era irreal. Marcia no pareció escucharme. Aquella mujer que se resistió al miedo colectivo, se encontraba sumida en el pánico absoluto. El pueblo fue recuperando su movimiento, las calles se volvieron a llenar de gentes, y la música y el ruido se adueñaron del ambiente, menguando otra vez los sonidos de las campanas. No obstante, Marcia permaneció presa del miedo, ese que para todos terminó siendo una farsa, para ella fue lo más real que había vivido jamás.