Mi abuelo tenía
la frente amplia, en su cabeza ovalada se extendía una calvicie refulgente,
adornada a lado y lado con mechones de cabellos grisáceos y ensortijados. Tenía
la piel morena, salpicada con pecas y diminutas verrugas. Había nacido en
tiempos de antes, como le gustaba decir; cuando no había bombillos y los
velones se hacían con sebo de chivo. Tal vez por eso, cada vez que le prendían
un bombillo se paraba rumiando sobre el calor que le daba, me imagino que huía
de esa luz brillante a la que no estaba acostumbrado. Sus ojos se tornaron plomizos
con el pasar de los años y las bolsas que tenía debajo de ellos se fueron
desinflando, dejando una telita arrugada en su lugar. Lo mismo le pasó en los
brazos. Vestía camisas de botones a rayas, de mangas cortas y con cuello
americano, mientras que los pantalones que llevaba eran de paño casi siempre
gris. Mis recuerdos me dicen que todo el tiempo usaba las camisas sin abotonar,
mostrando su prominente barriga templada, como de embarazada, con el ombligo salido;
puede que me equivoque o puede que no. Con esas camisas se veía cómo le caía la
piel de los antebrazos, bailando sin son mientras él se movía. Otra cosa que
recuerdo mucho de él, era su bigote; ese mostacho ceniciento que se le untaba
de chocolate en las mañanas y ocultaba sus tímidas e insólitas sonrisas. Cuando
intento rememorar los rasgos de mi abuelo, llego a la conclusión de que tenía
cara de bueno, como un ternero sumiso o un perezoso.
Mi abuelo era
más bien callado, su voz se escuchaba pocas veces mas era dictatorial. A mí
nunca me regañó, casi ni me hablaba. Pero tampoco hablaba con nadie o por lo
menos, yo no lo veía hacerlo. Lo que sí hacía muy a menudo era sentarse en la
puerta de la casa, siempre pasado el mediodía, cuando el sol se encaminaba al
oeste y la fachada le hacía sombra, solía acomodarse en un taburete de cuero de
vaca que recostaba contra la pared en el límite del equilibrio.
A mí no se me
olvida una vez que lo vi pasar arrastrando sus abarcas y el taburete para
sentarse en la calle como de costumbre. Yo tendría como siete u ocho años y estaba
en la sala jugando sobre los muebles de cuero sintético rojo; que a todas estas
quién sabe a dónde habrán ido a parar. Ya la tarde empezaba a caer, aunque el
calor no amainaba. Debía ser sábado o domingo, porque era durante los fines de
semana que iba a la casa de mis abuelos, mis padres nos dejaban a mi hermano y
a mí, para que nos cuidaran. La casa
como siempre estaba llena de gente, todo el mundo entre la cocina y el patio;
desde donde estaba podía escuchar los golpes de los calderos y las carcajadas
de mis tías. Como sentía tanto calor,
salí a jugar en el pretil, mis pies colgaban por encima del suelo y mi muñeca
insistía en caerse del abismo de cemento para aterrizar entre las piedras. Tan
concentrada como estaba en aquel juego, escuché la voz de mi abuelo, al
principio pensé que era conmigo y levanté la cabeza. Sin embargo, como ya dije,
él conmigo no hablaba, y en efecto lo vi que saludaba a su amigo Lucho, con un
sonoro: -Hojombe Luchooo-, que se perdía en el viento; lo particular del sonido
que pronunciaba cuando decía Lucho era que parecía Lucho, pero no
necesariamente. Seguí en lo mío. Pasada una media hora me llamó la atención que
mi abuelo había saludado a Lucho cerca de unas tres veces. Recuerdo haber
pensado que a ese señor Lucho le gustaba bastante caminar. Se volvió a caer la
muñeca. Y otra vez escuché: -Hojombe Luchooo-. ¿Otra vez ese señor por aquí?,
se me dio por mirarlo y resulta que no era el mismo que había visto la primera
vez, era un hombre más alto y joven, y puede que haya pensado que era como el
hijo del primer Lucho. No había terminado de recoger a la muñeca de su nuevo
salto, cuando escuché que mi abuelo saludaba a Lucho. No puede ser el mismo,
pensé; y en realidad no lo era. En esta ocasión se trataba de un señor que iba
arreando un carromula, ¡que viejo y cansino se veía ese caballo! –Abuelo,
tienes muchos amigos que se llaman Lucho- le dije, mas no me respondió. Eso de tener
tantos amigos con el mismo nombre debía ser bueno, así a uno no se le olvidaban
los nombres y no quedaba mal. Ya me había cansado de tirar a la muñeca por la
borda y de nuevo mi abuelo ofrece sus saludos a su amigo Lucho. Cuál sería mi
sorpresa al ver que la que pasaba por enfrente era una señora que le respondía
con un movimiento de cabeza leve.
Me encontré con
la mirada risueña de mi abuelo, que sabía que me había dado cuenta de su
estrategia y me eché a reír. Era como si me hubiera contado un secreto, me
sentí digna de su confianza y compañía. Nos quedamos el resto de la tarde, él,
con su cara de bueno, saludando al desfile de Luchos que no eran Luchos y yo
mirándolos y preguntándome cuáles serían sus verdaderos nombres.
A mí no se me
olvida esa tarde, cuando descubrí que mi abuelo era un maestro de la
distracción y saludaba a todo el mundo igual, ya fuera porque no se acordaba de
los nombres o porque en su introspección prefería limitarse en el contacto. En todo
caso, allí estuvimos los dos, arropados en la complicidad de una divertida
confidencia que me contó mi abuelo, sin pronunciar palabra.