Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

lunes, 26 de junio de 2017

La divertida confidencia

Mi abuelo tenía la frente amplia, en su cabeza ovalada se extendía una calvicie refulgente, adornada a lado y lado con mechones de cabellos grisáceos y ensortijados. Tenía la piel morena, salpicada con pecas y diminutas verrugas. Había nacido en tiempos de antes, como le gustaba decir; cuando no había bombillos y los velones se hacían con sebo de chivo. Tal vez por eso, cada vez que le prendían un bombillo se paraba rumiando sobre el calor que le daba, me imagino que huía de esa luz brillante a la que no estaba acostumbrado. Sus ojos se tornaron plomizos con el pasar de los años y las bolsas que tenía debajo de ellos se fueron desinflando, dejando una telita arrugada en su lugar. Lo mismo le pasó en los brazos. Vestía camisas de botones a rayas, de mangas cortas y con cuello americano, mientras que los pantalones que llevaba eran de paño casi siempre gris. Mis recuerdos me dicen que todo el tiempo usaba las camisas sin abotonar, mostrando su prominente barriga templada, como de embarazada, con el ombligo salido; puede que me equivoque o puede que no. Con esas camisas se veía cómo le caía la piel de los antebrazos, bailando sin son mientras él se movía. Otra cosa que recuerdo mucho de él, era su bigote; ese mostacho ceniciento que se le untaba de chocolate en las mañanas y ocultaba sus tímidas e insólitas sonrisas. Cuando intento rememorar los rasgos de mi abuelo, llego a la conclusión de que tenía cara de bueno, como un ternero sumiso o un perezoso.    

Mi abuelo era más bien callado, su voz se escuchaba pocas veces mas era dictatorial. A mí nunca me regañó, casi ni me hablaba. Pero tampoco hablaba con nadie o por lo menos, yo no lo veía hacerlo. Lo que sí hacía muy a menudo era sentarse en la puerta de la casa, siempre pasado el mediodía, cuando el sol se encaminaba al oeste y la fachada le hacía sombra, solía acomodarse en un taburete de cuero de vaca que recostaba contra la pared en el límite del equilibrio.   

A mí no se me olvida una vez que lo vi pasar arrastrando sus abarcas y el taburete para sentarse en la calle como de costumbre. Yo tendría como siete u ocho años y estaba en la sala jugando sobre los muebles de cuero sintético rojo; que a todas estas quién sabe a dónde habrán ido a parar. Ya la tarde empezaba a caer, aunque el calor no amainaba. Debía ser sábado o domingo, porque era durante los fines de semana que iba a la casa de mis abuelos, mis padres nos dejaban a mi hermano y a mí, para que nos cuidaran.  La casa como siempre estaba llena de gente, todo el mundo entre la cocina y el patio; desde donde estaba podía escuchar los golpes de los calderos y las carcajadas de mis tías.  Como sentía tanto calor, salí a jugar en el pretil, mis pies colgaban por encima del suelo y mi muñeca insistía en caerse del abismo de cemento para aterrizar entre las piedras. Tan concentrada como estaba en aquel juego, escuché la voz de mi abuelo, al principio pensé que era conmigo y levanté la cabeza. Sin embargo, como ya dije, él conmigo no hablaba, y en efecto lo vi que saludaba a su amigo Lucho, con un sonoro: -Hojombe Luchooo-, que se perdía en el viento; lo particular del sonido que pronunciaba cuando decía Lucho era que parecía Lucho, pero no necesariamente. Seguí en lo mío. Pasada una media hora me llamó la atención que mi abuelo había saludado a Lucho cerca de unas tres veces. Recuerdo haber pensado que a ese señor Lucho le gustaba bastante caminar. Se volvió a caer la muñeca. Y otra vez escuché: -Hojombe Luchooo-. ¿Otra vez ese señor por aquí?, se me dio por mirarlo y resulta que no era el mismo que había visto la primera vez, era un hombre más alto y joven, y puede que haya pensado que era como el hijo del primer Lucho. No había terminado de recoger a la muñeca de su nuevo salto, cuando escuché que mi abuelo saludaba a Lucho. No puede ser el mismo, pensé; y en realidad no lo era. En esta ocasión se trataba de un señor que iba arreando un carromula, ¡que viejo y cansino se veía ese caballo! –Abuelo, tienes muchos amigos que se llaman Lucho- le dije, mas no me respondió. Eso de tener tantos amigos con el mismo nombre debía ser bueno, así a uno no se le olvidaban los nombres y no quedaba mal. Ya me había cansado de tirar a la muñeca por la borda y de nuevo mi abuelo ofrece sus saludos a su amigo Lucho. Cuál sería mi sorpresa al ver que la que pasaba por enfrente era una señora que le respondía con un movimiento de cabeza leve.  

Me encontré con la mirada risueña de mi abuelo, que sabía que me había dado cuenta de su estrategia y me eché a reír. Era como si me hubiera contado un secreto, me sentí digna de su confianza y compañía. Nos quedamos el resto de la tarde, él, con su cara de bueno, saludando al desfile de Luchos que no eran Luchos y yo mirándolos y preguntándome cuáles serían sus verdaderos nombres.   

A mí no se me olvida esa tarde, cuando descubrí que mi abuelo era un maestro de la distracción y saludaba a todo el mundo igual, ya fuera porque no se acordaba de los nombres o porque en su introspección prefería limitarse en el contacto. En todo caso, allí estuvimos los dos, arropados en la complicidad de una divertida confidencia que me contó mi abuelo, sin pronunciar palabra.