Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

lunes, 25 de diciembre de 2017

El químico

La fragancia de alcoholes aromáticos que se filtraba por cada hendija del laboratorio, provocaba en Rigoberto, el mismo éxtasis que un adicto siente al ingerir su anhelada dosis. Al principio le producía mareos, llego a pensar que era alérgico por la irritación que se revelaba en forma de picazón dentro de su nariz; pero como le había dicho el laboratorista que lo entrenó: “el tiempo lo acostumbra a uno a vivir como le toque”. Y después de 15 años terminó acostumbrándose, a tal punto que sin saberlo limpiaba los mesones más veces de las que era necesario y cuando no había prácticas apagaba los extractores. El laboratorio era pequeño; le fue heredado, luego de la jubilación de su mentor. Era su territorio y aunque no le pertenecía ni una espátula, se consideraba dueño de todo lo que allí había. El diseño del espacio era torpe, dos mesones ubicados en el centro que acaparaban toda el área y torpedeaban el tránsito, estantería a lo largo de las paredes conteniendo cientos de libros, manuales, partes de equipos, vidriería, un armario para almacenamiento de reactivos y un cementerio de equipos en lo que antes fue un baño. Como todas las instituciones del gobierno, la universidad contaba con un presupuesto restringido que se había venido a menos desde iniciado el Sitio, y que se manifestaba en las grietas de las baldosas del laboratorio, en la corrosión que se extendía entre puertas y ventanas y en los seis meses de retraso en el pago del salario de Rigoberto. El país se encontraba sumido en la tensión previa a un golpe de estado. El pan de cada día traía toques de queda, disparos, camiones de artillería patrullando las calles y silencio. Ya las personas no hablaban, las calles parecían desiertas, los vehículos que habían sobrevivido al asedio permanecían escondidos. Rigoberto era de los pocos que se atrevía a ir hasta la universidad y cumplir con su horario, más porque prefería la soledad de su laboratorio que la de su casa.

La madrugada de ese miércoles estuvo cargada de aviones fantasma que rompían la barrera del sonido, dejando a su paso un eco atronador. Rigoberto se levantó con un dolor punzante en el pecho, que le hizo dudar sobre presentarse o no en la universidad, al fin y al cabo, las clases estaban suspendidas. El espacio vacío de su casa tuvo la última palabra. Salió.

De camino a la universidad se tropezó con varios soldados que cargaban sus enormes maletines de guerra, los vio sin mirarlos, de la misma manera que ellos a él. Le sorprendió que debajo de esos uniformes azules de la fuerza nacional, se asomaban rostros asustados, de jóvenes que en otros tiempos habrían recibido clases en su alma mater.

Al llegar al edificio donde estaba el laboratorio, no encontró a nadie, tuvo que darse la vuelta para ingresar por una entrada auxiliar. Mientras subía por la escalera se asomó a una ventana y vio a un hombre que caminaba rápido, buscando refugio en un edificio cercano. El campus estaba especialmente desolado. Continuó su camino al espacio donde se sentía seguro. Cuando llegó al laboratorio, empezó su rutina diaria de limpieza y alistamiento de elementos para unas prácticas que no se realizarían. Sintió aumentar insistentemente los tiros, acompañados ahora con los estallidos profundos de artillería pesada. La punzada se extendió más aguda por todo su torso, tuvo que sentarse para controlar su respiración y limpiar la sudoración excesiva que recorría su rostro y emanaba de sus manos. Intentaba convencerse que no había nada que temer puesto que la universidad se había declarado territorio imparcial, reconocido por gobierno y oposición. Su corazón no le creía y seguía remontando desbocado. Volvió a asomarse por la ventana, pero esta vez se ocultó de inmediato, un grupo armado se dividía en la plaza principal para penetrar en los edificios contiguos, escuchó atento las indicaciones emitidas en gritos claramente audibles para todos los que como él se encontraban escondidos en aulas, oficinas y laboratorios. Por las palabras desalentadoras se enteró que la tregua entre los bandos se había terminado y que se perpetraba el golpe de estado por parte de la oposición. Luego un seco: “Maten a esos hijueputas”, vociferado a través de un aparato amplificador lo dejó inmóvil, pudo sentir un temblor que comenzó en la punta de sus pies y se extendió por todo su organismo. ¿Qué hacer? ¿dónde esconderse? ¿huir? ¿Enfrentarlos? ¿hablar? Podría explicarles que solo era un laboratorista, sin preferencias políticas, ignorante de partidos y que solo era químico.

Decidió esconderse en el cuarto de los equipos fuera de uso, la puerta estaba dañada, mas era el único sitio donde no le verían, si revisaban solo el área de los mesones. El espacio era muy reducido, por lo que sacó varias carcazas de viejos computadores para acomodarse, se sentó detrás de un cromatógrafo de antaño, un Emerson 400, que fue descontinuado y deshuesado para reparación de otros equipos más actualizados, en esos tiempos en los que era aprendiz. Permaneció callado, respirando con cuidado de producir el menor ruido posible, se sobaba el pecho con la esperanza de arrancarse el sufrimiento. Mientras tanto, de afuera seguía percibiendo órdenes, tiros, portazos, cada vez más próximos. Hasta que se oyó el primer chillido de una mujer, fue desgarrador, como un rayo que atravesara su ser, le dejó sin aire, exánime. Cubrió nariz y boca con sus manos empapadas, se entregó al llanto profuso que había intentado contener; la invasión del miedo aplastante ocupó todos sus pensamientos; ya no era él, sino la personificación del pánico quien se ocultaba detrás de aquella portezuela, irónicamente en lo que había bautizado como el cementerio, ese sería su último lugar.

Se acordó de su madre que le había hecho la vida imposible y a quien extrañaba más que a nada; de un hermano que no sabía si seguía con vida; de su padre que había sido un santo y de los peces que tenía en el acuario de su casa. Quién sabe cuánto tiempo sobrevivirían antes de empezar a comerse los unos a otros. Pensó en la supervivencia. ¿Sería capaz él, de hacer lo que fuera por mantenerse vivo? ¿Lo inundaría la adrenalina y atacaría para matar? ¿Podría luego vivir con ello? La puerta del laboratorio se abrió de golpe, se desplegó un vacío absoluto desde su ombligo que le produjo arcadas; por un momento creyó que su corazón se detenía, pensó que por lo menos así ni siquiera su corazón haría ruido alguno. Se mantuvo atento a los pasos sigilosos del visitante, le pareció escuchar que corría algunas sillas y cerraba las ventanas. Imaginó que su cuerpo se disolvería y el líquido recorrería las canales de las baldosas manchadas hasta llegar a las botas del asaltante. Entró alguien más. Atendió su conversación, atípica para la situación, hablaban sobre una película y sus personajes. ¿Qué escasez de escrúpulos les permitía perpetrar un asesinato platicando como cuando se desayuna o se toma el té? Hacían parte de un conflicto en el que transmutaba el concepto de supervivencia, las personas dejaban de serlo cuando se trataba de llegar a extremos políticos o de religión, y cuando la propia vida estaba en peligro. Siguieron departiendo. Entretanto, la circulación de la sangre se tornó problemática para Rigoberto, no podía sentir sus piernas, el dolor de su pecho se ensanchó hasta su espalda y cuello, el nudo en su garganta amenazaba con explotar estrepitosamente. Los minutos se dilataron volviéndose eternos, mas esperó paciente, por lo menos habían dejado de buscar y solo charlaban. –Hay que continuar- fue la clave que le sugirió que ya se iban, ambos hombres salieron del laboratorio, siguió esperando hasta quedarse dormido. Cuando se despertó, la noche reinaba, se mantenía el ajetreo militar con su sonoridad característica. Caviló lo que pensó fueron horas, entre si salir o quedarse allí para siempre. Primero dejó caer una caja de guantes para asegurarse de que nadie le escuchaba. Al no obtener respuesta decidió irse. Tuvo que ayudarse con las manos para estirar las piernas y arrastrarse hacia la portezuela, sus movimientos eran calculados, pausados y tan precisos como los calambres así se lo permitieron. Dio vuelta a la manija de la portezuela, logró abrirla en su totalidad y empezó a deslizarse hacia afuera, se acercó a una silla y mientras intentaba ponerse en pie, escuchó la voz penetrante de un hombre preguntando: ¿Usted quién es?

Se cayó de bruces, su cuerpo se entumeció, perdió control de sus esfínteres y sintió la tibieza de la orina humedecer su pantalón. El hombre había regresado por un casco que había dejado sobre un mesón. Era alto y gordo, el pasamontaña que llevaba solo mostraba unos ojos enrojecidos. Se acercó mientras apuntaba con el arma y preguntó por otra vez. Rigoberto concentró las fuerzas que reunió en el momento, balbuceó: Rigo; yo solo hago cromatografías. El hombre armado se quedó fijó en él a través de la mirilla de su fusil. Rigoberto bajó su cabeza y descansó su mejilla en el suelo frío. No había esperado lo suficiente, si se hubiera quedado escondido, si aquel hombre no hubiera olvidado su casco; ya no había tiempo para lamentaciones y regresaron las lágrimas a sus ojos y sollozó como un niño. Era el momento.

¿Rigoberto? Se interrumpió el mutismo. Rigoberto alzó su rostro y clavó la mirada en los ojos del extraño. Este se hincó ante él y descubrió su cabeza. Rigoberto vió una nariz prominente acompañada de mejillas rosáceas, eran las facciones de su padre, aunque un tanto más jóvenes que cuando murió. Sonó de nuevo la voz del militante: Soy su hermano, Raúl.
 
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sábado, 9 de diciembre de 2017

14

En una banqueta raída, está sentada.
Su vestido juega al son del cálido viento
sus ojos enfocados en la inmensa nada
son una imagen detenida por el tiempo.

Le ha venido a perturbar este intruso luciéndose en picada hacia el descenso;
agudizando la mirada en lo difuso
despierta quien antes era presa del silencio.

Única observadora de aquella danza
natural, dueña absoluta del horizonte
y del deleite anónimo que se realza
envuelto entre las alas raudas del sinsonte.

Un leal cedro centenario lo acobija,
de su enramado emerge la fortaleza
que el sinsonte juega a mantener prolija
y donde fue proclamado sublime alteza.

Levitando va desprevenido de las leyes
que la estricta naturaleza le impone,
se supone único descendiente de reyes,
legítimo heredero ante las razones.

Curiosa providencia y sus dulces antojos,
otro personaje irrumpe al escenario,
refinado y desafiante un petirrojo,
presenta su saludo glacial de adversario.

Muestra su impecable plumaje escarlata
refulgente a la luz del sol oro intenso,
se precipita en la marcha de avanzada,
batalla del rojizo contra el ceniciento.

Suspendidos en el firmamento despejado,
un ataque y una maniobra defensiva
se reparten los pequeños guerreros alados
por la reverencia en la lucha de sus vidas.

Un surco granate en vertical se destaca
de las alas grisáceas del herido sinsonte.
El dolor se extiende, este contraataca
Con la furia vibrante de un viejo bisonte

Un golpe seco contra el dorso del retador,
lo empuja hacia el filo en la corteza,
queda marcada la sangre tibia alrededor,
insignia del sinsonte y su magna proeza

Al suelo se entrega denso el petirrojo
presa de un dolor agonizante, malsano.
Padece menos por pesar que por enojo,
mientras la niña lo levanta entre sus manos.

Con cuidado maternal acarician sus plumas,
ya no hay tiempo que sobre para ser valiente,
mientras le lavan sus heridas una a una
enfrenta su batalla final contra la muerte.