El tiempo transita indiferente y sin vacilaciones, creando ilusiones vanas que difuminan la única certeza de la vida. ¿Cuántas veces la imaginación se cierne sobre una vida eterna sin pesares o vejez?. ¿Cuántas veces las cavilaciones se arrastran en la terminación absoluta?. El momento está marcado para cada quien, ¿sobrevendrá en calma o traerá consigo sufrimientos indescifrables?. ¿Puede un alma ignorante de su suerte corregir los designios o tan siquiera alertarse de que la hora venidera será la última?. Y si antes supiera, ¿calma tuviera el ser para sobrellevar la carga de la agonía?. El deseo sucumbe entonces a implorar al olvido su abrazo, un ruego por el cobijo de la negación, una mentira que se irrigase como bálsamo para el alma: Que haya mañana como hubo hoy.
Mas cuantos planes tácitos, tantos y tantos supuestos sobre designios que damos por sentado y nada más lejano de la realidad. Sin embargo, muy en el fondo lo sabemos, arraigado en el inconsciente, se encuentra somnoliento y silente, el desenlace. De allí nace la sed de los besos de buenas noches, una despedida al que abrirá sus ojos en el nuevo amanecer, o no. Un abrazo prolongado para el que se distancia y ha de regresar en un futuro próximo, o no. El deseo incólume de perpetuar la existencia propia a través de la descendencia. Irrisorios todos los esfuerzos por alargar en un minuto la temporalidad de nuestros cuerpos.
Y más allá está en máxima incertidumbre, el camino desconocido, del que nunca nadie ha retornado, el trayecto obligado del que todos anhelamos ser la excepción. ¿Cuándo? ¿Cómo? Se desvanece quien otrora impertérrito, dueño del tiempo y del destino, paseara entre los días sin percatarse del final. Así como una gota en un arroyo pasa y no volverá jamás. Ilusos todos que andamos sumergidos en la insensatez de la eternidad.