Pasadas las 8 de la noche recibió la llamada acostumbrada en la que le avisaba su salida del trabajo y su próxima llegada a casa. Las palabras fueron escuetas y cansinas. Eran años los que serpenteaban en una conversación obligada y predecible. La rutina le indicaba que tenía cerca de 20 minutos antes que él llegara; por lo que decidió caminar hacia la despensa ubicada en una esquina cercana. Había estado aplazando la diligencia desde varios días atrás, mas hoy sin azúcar en su alacena y sin pretexto válido, se convenció de la necesidad de salir. Tan maquinal como las demás tareas que ejecutaba, agarró un suéter sin color que habitaba detrás de la puerta. Sabía que allí lo encontraría y que no tendría que embotarse en seleccionar una prenda para vestir; porque, aunque el suéter no le quedaba espléndido cumpliría la función de abrigarla lo suficiente. Verse espléndida había dejado de ser una preocupación. Retiró las llaves de un recipiente comprado en tiempos mejores, cuando las ilusiones sobraban y el amor eterno existía. El llavero era de épocas con menos lustre y más realidad. Lo había encontrado en un mercado de las pulgas, un domingo lluvioso en que decidió perdonar la infidelidad. Ese pequeño gato enjaulado, metálico y mal oliente, le recordada que ante la traición se había rendido por miedo a quedarse sola. No era un pensamiento feliz mas ya lo había adoptado como habitual; ¿si podía vivir sin espíritu, por qué no con eso? Sonrió con algo de desdén mientras entrecerraba los ojos y torcía su mirada hacia otro ángulo, era algo así como su sello personal.
El camino para llegar a la despensa que quedaba del otro lado de una avenida secundaria, se prolongaba por una cuadra y media desde su casa. Para cruzar usaba el puente peatonal; la verdadera razón por la que procrastinaba de forma incesante cuando debía abastecerse de algo en el mercado. Desde el puente podía ver con cierta repulsión, a los transeúntes que de manera insensata se abalanzaban al cruce de la vía en un punto donde no existían semáforos o señales de pare, solo aquella plataforma que todos resolvían ignorar. Le parecía tan factible arriesgar la vida en formas incontablemente estúpidas empero cuando intentó quitarse la suya no lo había conseguido. Les daba vueltas a los hechos, circunstancias, decisiones; hizo sus cálculos con determinación, no había tenido intenciones de llamar la atención de nadie, solo se quiso ir, y no sucedió. Más temprano que tarde volvería a intentarlo, pero antes debía asegurarlo todo, sin margen de error. Llegó a la despensa.
Ya dentro tomó una canastilla verde para medir sus compras, no quería agitarse cargando peso de más al regresar. Recogió algunas bolsas de azúcar, se paseó frente al estante de las galletas hasta encontrar las promociones, durante varios minutos caviló sobre la elección del queso holandés de su preferencia y pesó algunos tomates tan grandes como manzanas. Cuando se encontraba escogiendo con minucia las fresas que se llevaría, escuchó un golpe seco seguido del característico rechinamiento de las llantas sobre el asfalto en maniobra de frenado y luego la algarabía de la gente que se asomaba por la puerta de la despensa hacia la calle. En principio solo imaginó un típico accidente y continuó como si nada. Mientras caminaba por los pasillos recolectaba los comentarios de periodistas improvisados, que reseñaban algo más parecido a una hazaña épica de salvación que a un simple choque. Reconstruyó los hechos a partir de la murmuración que se dispersó en toda la despensa. Un motociclista en un acto heroico evadió a un hombre mayor que cruzaba la avenida a mitad de trayecto; la motocicleta chocó contra el separador y el conductor salió volando a una velocidad extraordinaria, cayó junto a la acera y en el golpe el casco salió disparado, los vehículos que venían en marcha frenaron en seco para evitar arrollar al viejo, que del shock había quedado paralizado en el centro de la vía y al motociclista que yacía en el suelo sobre un pequeño charco de sangre que iba expandiéndose de manera vertiginosa. Impresionante e impersonal.
Se dirigió a la caja para pagar por sus víveres. Al pararse frente al mostrador se percató de que la cajera, de uniforme gris y sonrisa fingida, intercambiaba detalles del accidente con su compañera de al lado. Empezó a sacar las cosas de la canastilla verde una a una, mientras la otra de forma automática facturaba. Intentó concentrarse en el aumento progresivo de su cuenta, diecisiete mil, veintiún mil quinientos, treinta y tres mil… hasta que del otro lado del mostrador alguien pronunció las palabras VSA-14C. Reprodujo los sonidos en su mente, se imaginó los caracteres de números y letras, cerró los ojos y vio la moto de su marido. Salió del ensimismamiento cuando la cajera por tercera vez le indicó que la cuenta era por ciento setenta y cinco mil pesos. Con un hilo de voz le pidió que repitiera las placas de la motocicleta accidentada, no había error, escuchó bien. Sin mediar palabras salió de la despensa y dirigiéndose hacia el tumulto que rodeaba al motorizado, se abrió paso a golpes y empujones. En su mente solo se dibujaba el llavero reluciente como el día que lo adquirió; estaba desconectada de todo, no sintió la tenue llovizna que humedecía su rostro, se hundió en el silencio absoluto y sintió la liviandad de su cuerpo del que se levantaba un peso infinito.
De pie junto al que posiblemente era su marido, observó sin mayor exaltación la fastuosa flexibilidad en la posición del cuerpo, el ángulo en que se ubicaba el rostro no le permitió verlo y la sangre que lo cubría lo hizo aún más difícil; indagó buscando algún sonido o movimiento, tuvo la tentación de patear su bota izquierda para confirmar si había alguna respuesta, pero se abstuvo. Uno de los policías que estaba en la escena intentó retirarla del área, mas al ver su determinación en permanecer allí le preguntó si tenía relación con el accidentado, a lo que ella respondió: Creo que lo conozco. El policía, que ya había revisado los documentos del motociclista, confirmó que en efecto se trataba de su marido y que el accidente había sido ocasionado por un transeúnte irresponsable, que no usó el puente y atravesó la avenida en un lugar prohibido, y a quien su marido le había salvado la vida al esquivarlo. Salvar la vida de alguien, que afirmación tan intensa y trascendental o más bien ridícula e irónica. ¿El hombre que estaba allí tirado en el suelo, había decidido en cuestión de segundos sobreponer la existencia de un desconocido a la suya propia? Ese mismo hombre abusador y bélico que ardía en soberbia y explotaba en insultos, que maltrataba tanto su mente como su cuerpo, que había marchitado su espíritu hasta acabarlo, que pisoteaba su existencia día a día desde hacía tantos años, ¿era un héroe?...
El policía la extrajo de sus cavilaciones y solicitó su cédula para corroborar la relación que manifestaba tener con el motociclista; lo hizo más por protocolo que por desconfianza. Recibió una maleta negra perteneciente a su marido y se sentó en un borde cercano, se la puso sobre las piernas, mientras esperaba la llegada de la ambulancia. Parecía que no había pulso, pero nadie lo podía confirmar. Sintió que algo se movió dentro de la maleta y al revisar vio iluminarse la pantalla de un celular, lo sacó y observó un número que conocía, era solo el número sin nombre o identificación, ese mismo número que llamaba todos los días pasadas las 9 de la noche, esa misma llamada después de la cual su marido siempre salía del apartamento para fumar en el pasillo o a la tienda para comprar algo y llegar sin nada. La rutina en definitiva era una droga, la mantenía en la inercia del diario vivir, le permitía una falsa sensación de estabilidad y era suficiente para cohibirla de pensar en el futuro. Al contestar escuchó la voz de una mujer angustiada que bien habría podido ser su madre o su amante por la forma en que se refería, si tan solo su madre hubiera estado viva. Luego de unos segundos de mutismo, la llamada finalizó. Trágica la forma de confirmar, sin espacio para dudas, que su marido la engañaba. Era algo que ya sabía pero que había ignorado decididamente. ¿Y ahora?
Sorprendida reconoció que ningún sentimiento de empatía se manifestaba al mirar a su marido tirado en la acera de una avenida secundaria, podría incluso haber sentido más piedad por un desconocido que por él; y entendió. La sensación de alivio fue irrefutable. Sus pensamientos divagaron un poco más hasta llegar a la fría y sensata conclusión: De no haber ocurrido esto, probablemente yo misma lo habría asesinado. Sonrió con algo de desdén mientras entrecerraba los ojos y torcía su mirada hacia otro ángulo. Siguió esperando a que llegara la ambulancia.