Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

jueves, 22 de diciembre de 2016

El lado izquierdo


Amanece lloviendo otra vez. Lo sé por la humedad gris que se asienta en la habitación. El frío me sigue abrazando, está obsesionado conmigo. Puedo sentirlo hasta los huesos, inmutable, como el movimiento del esternón o el crecimiento de las hebras del cabello; la diferencia es que nada de esto duele, el frío en los huesos sí. Mi piel también sufre, gélida en la parálisis de una noche agónica, irritada por la calígine furtiva que se ha metido por debajo de la puerta y las hendijas de la ventana. Mis ojos aun en tinieblas adivinan las formas inertes que me acompañan cada día, cada noche. Descubro mi cuerpo cautivo entre las cobijas, se siente pesado, torpe, quisiera seguir durmiendo; en su irresponsabilidad refugiarse, inmóvil y aletargado, inconsciente de sí mismo, conozco esa sensación. Las comisuras resecas de mis labios, laceradas por el frío imploran agua. Entonces, estoy somnolienta, se congela mi cuerpo, me carcome la sed, el dolor se esparce en mis entrañas, mas no tengo miedo. Es un buen balance.

Doy unos pasos hacia el cuarto de baño, en esta ciudad lo llaman así. Me enfrento al espejo justo antes de encender la luz, ya sé lo que voy a ver. Asomándose en el claro de mi piel junto al ombligo yace un punto casi imperceptible y debajo de mi clavícula se explaya en planitud una cicatriz alargada e incuestionable, de ambos hitos se erige el testimonio de mi renacimiento. 

-El problema lo tenemos en su lado izquierdo- fueron las palabras del médico. Con ellas cinceló el momento cúspide del miedo. Un miedo que se materializó mientras estaba sentada en aquel consultorio abarrotado de color café, donde todo daba cuenta de una mezcla monótona y carente de imaginación, empezando por el médico y terminando en su asistente. Luego de este momento todo resulta borroso y escalofriante; exámenes, citas, pastas, terapias, médicos, anestesia, quirófanos y dolor, siempre más dolor.  El recuerdo más vívido se lo lleva el agua, este líquido con tanta insipidez y falta de gracia, aun en aquel momento transcendental sin futuro promisorio cercano a la expiación, fue el deseo más sublime, la necesidad primaria. 

Vivir se convirtió en un instinto salvaje y elemental. Surgió irrefutable de las cenizas de pesares, arrepentimientos, vacilaciones y del adormecimiento que dominaba mi existir. Toda la energía desperdiciada en anhelos y sueños sin cumplir, fue direccionada hacia el mismo fin, mantenerme con vida. Salí de la hibernación para luchar por un objetivo sin complicaciones, transparente, para luchar por mí. Cada día fue un escalón, peleé contra cada dolor como si fuera el único y vencí. Y hoy es otro día que le gano al destino, que se lo arrebato de las manos con mis propias uñas, por la fuerza que dentro de mí se rebela, que me ha hecho resucitar. Otro día que me reconozco ante el espejo, diferente a lo de antes, renacida y perfecta en mi ablación. 

Ha dejado de llover y el frío empieza a disiparse.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Marcelino

Se sentó en la silla número siete porque, aunque no sabía leer, sí conocía los números. El bus le pareció de una comodidad innecesaria y esquiva. Reparaba desconcertado, sin que se le notara, todos los detalles, las personas, los ruidos, los olores. Se dio cuenta que había quienes casi se acostaban sobre las sillas, mas no supo cómo reclinar la suya, estaba ya tan acostumbrado a sentarse sobre piedras o en el suelo que supuso yacía en un trono. Viajaba solo, con un bolso negro de colegial que tenía pintada la figura de una caricatura que no conocía y en el que llevaba una camisa, un par de medias, un calzoncillo y el cepillo de dientes. Empacó como había hecho todo en la vida, con exceso de practicidad. Su rostro era redondo y matizado al sol. Tenía los ojos asimétricos por causa de un accidente de su infancia que le dejó el párpado izquierdo caído encubriendo un ojo traslucido por el que ya casi no veía y que le confería un aspecto defectuoso. En la cabeza llevaba un sombrero de forajido, impoluto mas raído por el tiempo; se le veían ciertos parches de un cabello liso nieve que desde antes ya era escaso. Su porte encorvado y reflexivo, exhibía una delgadez que nada tenía que ver con su apetito. Una persona común. Sin embargo, para cualquiera que en realidad se hubiese fijado en él, lo que más le habría llamado la atención hubieran sido sus manos. La desproporción con su cuerpo era notable, esas formas robustas y acorazadas solo podían pertenecerle a alguien brotado de la tierra. Su camisa de rayas pálidas lavada hasta la saciedad, le confería un color pálido generalizado. El pantalón color excremento lo había escogido hace muchos años por los malos consejos de una vendedora coqueta de su pueblo, solía verse y sentirse un poco mejor, ahora le recordaba el cercado de ortigas que bordeaba el potrero de su hogar. Los zapatos eran el motivo de su orgullo, le habían costado mucho. Cuando los fue a pagar casi pierde la cuenta de cuántos jornales había tenido que trabajar para hacerse a ellos; eran negros perfectamente lustrados, no parecían gastarse nunca, solo los había usado en contadas ocasiones: cuando se casó, cuando se murió su padre y para este viaje.

Su primer viaje lejos de su hogar, para visitar a unos hijos comatosos y extraños con los que, si al caso, logró cruzar un par de palabras. Le pareció curioso descubrir que tenía el don de la invisibilidad cuando estaba con ellos. A Dios gracias ya regresaba, cansado, pero inimaginablemente impaciente por volver a lo conocido, a lo suyo. Lo suyo sin comparación, todo aquello que había sido siempre tan suficiente, que no experimentó ganas de explorar más allá del portón de madera gruesa pintada con brea que separaba lo suyo de todo lo demás. Regresaba con una sonrisa exánime y la certeza de saber que lo de afuera le interesaba ahora menos que siempre. Tanto ruido, tanto movimiento, tanto humo, completa desazón, así vivían esos que decían ser sus hijos, como autómatas, sin sentido. Había pasado muchos años de trabajo de la única forma que conocía, incansablemente, para brindarle a sus hijos lo que otros llamaban un mejor futuro, en la ciudad, como profesionales. Alcanzaba incluso a lamentarse por no haber sembrado en ellos el amor por la tierra, por eso que todo lo daba, que a cambio pedía esfuerzo y constancia empero florecía, fructificaba, alimentaba sin cesar. Ahora que veía en lo que se habían convertido sus hijos, se entristecía en el alma, con la humildad del que reconoce la escasez del otro y la culpa del que se reconoce asimismo en abundancia.  
      

En medio de su escrutinio sonó el aparato que le obligaron a comprarse para estar en contacto con gente con la que no le apetecía hablar. Solo hasta ese viaje le vio provecho a la cajita negra que sonaba y no paraba por más botoncitos que se le oprimieran. Sentía cierto halo de vergüenza cuando otros se volteaban exasperados por el timbre incipiente y luego estentóreo que adquiría, que según él creía, era la forma que tenía el celular de proclamar su exasperación por no ser contestado a tiempo.  Luego de varios intentos, logró hacer que el sonido se ahogara. Escuchó todo aquel que se encontraba en el bus, la voz de una niña que se escapaba de la cajita negra preguntando: - ¿Quién habla? -. De nuevo la misma sensación ignominiosa producto de no saber cómo reducirle el volumen a la voz que escuchaba. Dudó un poco y luego contestó: - Es Marcelino -. La niña lo saludó con cariño, era su nieta, le preguntó dónde estaba y cuando volvía, le respondió corto y preciso de palabras. Luego se oyó el hablar de una mujer de voz cansina que le dijo: - Marcelino, ¿está solo? -. A lo que éste respondió: - Sí -. La mujer resopló: - ¿Por qué? -. Y Marcelino sin asomo de resentimiento le dijo: - Porque estaban todos ocupados -. Ella continuó: - Más bien porque ya no tienen tiempo para nosotros -. Marcelino se encogió de hombros, como si la mujer al otro lado de la línea pudiera verlo y luego atinó a balbucear: - No sé -. Cruzaron un par de frases más sobre la llegada y al final terminaron con un inerte: - Que le vaya bien - y un - Igual - aún más impersonal.         

miércoles, 8 de junio de 2016

Era domingo

Era sábado o ¿tal vez domingo?, o cualquier otro día, eso no hacía la diferencia. Sin embargo, seguía preguntándose de forma inconsciente y recurrente ¿qué día es hoy? La silla sobre la que estaba sentado se había convertido en el lugar para tomar descansos espasmódicos; ya no lograba distinguir qué lo asustaba más, si su realidad o sus sueños. Sentía todos los dolores en su cuerpo y a la vez ninguno le dolía en verdad, como sufría los de ella. Llevaba días sin ducharse o cambiarse, el aspecto andrajoso le venía mal, pero quién se preocupa por algo así cuando está por perderlo todo?. Como a la mayoría de las personas, no le gustaban los hospitales; mas después de meses entrando y saliendo, llorando y riendo en el mismo centro médico donde le comunicaron con el tacto más irrisorio posible que su esposa tenía cáncer, no conocía otro hogar, era su vecindario, era su mundo.

Al principio, la esperanza fue todo. Su encanto y don de gentes le permitió conseguir renombre entre enfermeros y doctores, incluso elucubrar redes clandestinas con los encargados de la comida para asegurar el mejor bocado para ella; y tanta fue la familiaridad, que llegó a pasar como parte del personal de la unidad y orientaba a los nuevos acompañantes. Todo eso fue en el principio, cuando creía que era una prueba para afianzar su amor, que no era una amenaza, solo un recordatorio para volver a ponerla en el centro de su vida. Hoy la desesperanza le besaba la sien y se aferraba con tanto ahínco a él que lo había dejado sin fuerzas. Se sentía culpable por suplicar el fin, buscaba justificación en el sufrimiento de ella no obstante el suyo le arrebató el sentido de la vida. 

Se levantó de la silla cuando el doctor se aproximó. Ya lo sabía, ocurrió. Las palabras del médico indicándole que ella se había ido le produjeron arcadas, no existía eufemismo decente para expresar lo sucedido, simplemente Ana murió. El médico continuó con un discurso que antes escuchó para otros, inútil. Se volvió a sentar.

Era sábado o ¿tal vez domingo? Por fin había conseguido cambiar la pregunta, y la respuesta si hacía la diferencia. Era domingo el día que la conoció. La plaza estaba abarrotada, un organismo vivo, palpitante, autónomo, del que los dos participaban. La tradición lo empujó a levantarse ese domingo como todos los demás para ir a deambular entre puestos de verduras, frutas, carnes, flores… ah, las flores… con la excusa de hacer el mercado. Se sentó en la misma silla de los domingos, ordenó el jugo de guayabas con limón de siempre, se perdió en la sinfonía de ires y venires, carcajadas, gritos y de repente, todo fue silencio, la vio. Estaba sentada en el puesto del frente, deleitándose con un jugo de moras. Llevaba una falda amarilla de pliegues y una camisa blanca de botones dorados, sus sandalias exhibían unos pies limpios, su piel trigueña, su cabello negro y libre, sus ojos brillantes y la sonrisa… ah, esa sonrisa… El pinchazo que recibió en el pecho le llevó a levantarse de la silla y acercarse, fue tan involuntario, tan natural. Era domingo el día que su vida empezó. 

martes, 31 de mayo de 2016

Un viejo hábito

Un lugar

En ese lugar pasa la brisa queriendo quedarse

roza delicada los endebles brotes que nacen
y se enreda entre las ramas del Olmo

De lejos las espigas danzan presas de la soltura,

impuesta por la brisa que ha perdido la cordura
y se ven diminutos destellos de luciérnagas.

Luego pasan las horas templadas y nocturnas

y se ciernen sobre las hojas, una a una,
las gotas de rocío que llegan con la alborada.

En ese lugar la ladera arrepentida se vuelve gentil,

pues la lluvia insistente ha esculpido su perfil
y el Olmo se ha encontrado el mejor lugar, 
uno donde echar raíces y llamar hogar.

El resto del bosque se convirtió en centinela

bajo la falda de la hermosa ladera
custodiando las visitas del Olmo de la cima,
filtrando hasta la brisa para volverla más fina. 

Sólo el sol, portador de luz, se posa intacto 

con actitud paternal en un delicado contacto,
impregnando de vida al pequeño paraíso
que alberga la majestuosidad de aquel árbol castizo. 

Otro lugar


Todos los pasos guardados

en las calles polvorientas,
angostas, amarillentas
de mi pueblo adorado,
resuenan en temblorosos
golpeteos libidinosos
que callan lo que sabemos,
mas decimos que no vemos,
de pasados dolorosos.

En cada rincón oculta

la historia pasajera
sobre lo bueno que era
y la partida injusta.
Destilando compungido
la nostalgia del bandido
y los pesares de otros,
para curar en nosotros
cuanto habíamos vivido.

Recogidos los caminos,

esperan por nuevas huellas
menos sangre entre ellas
dando paso al olvido.
Se alza la luz brillante,
esperanza palpitante,
pues la vida no termina
bajo las piedras germina
cubriendo lo que fue antes.

sábado, 9 de abril de 2016

El día que te conocí

Durante años soñé con él junto a mí, aquel primer día, el día en que le conocí. 

Merodeaba en los detalles de una realidad inventada, en la que le dibujaba delgado, de piel brillante, cabellera prolija y dientes blanquísimos, con ojos negros, exorbitantes. Enredaba prosas sobre su cruzada épica a través de corrientes impetuosas, recortando la distancia que ignara de su desesperación se tornaba interminable y espesa como el olor alquitranado de aquel puerto. Le investía de entereza y gallardía, con voluntad férrea, inexorable. Nada impediría que reclamará su destino y posición como estandarte en mi vida. 

Llegó tan pronto como el río se rindió ante su persistencia. Agitado, ansioso, desubicado, con una frase palpitante en su mente: Ya es hora. No traía equipaje pues volvía a casa. La brisa de aquel viaje no había disipado el calor incesante que arreció al atracar, sus ropas húmedas emulaban una segunda piel que parecía derretirse mientras caminaba por una calle principal de tierra amarilla. Implacable el sol desde el cenit castigaba su cuello y sus brazos, mientras el sudor enjugaba sus pecados y le dignificaba, era el único feligrés en su procesión íntima de jueves de Dolores. Las casas de bareque y cañabrava permanecían a puertas cerradas, los habitantes del pueblo hacían parte del mismo organismo aletargado que suspendía sus actividades a medio día y despertaba caído el atardecer. Él conservaba la marcha con sus zapatos de cuero negro abrazados por el polvo, se acordó de una sombrilla que guardaba su madre detrás de la puerta para ir a misa, una mueca se asomó en su rostro, volvió a sus pensamientos y de nuevo el corazón percutió entre sus costillas. Así transitó un par de cuadras más hasta que fue obligado a detenerse por una fila de asnos que muy seguros de su dirección doblaron la esquina para encontrarse de bruces con él, no tenían marca o distinción de pertenecer a alguien, su dueño parecía ser un perro famélico que caminaba al último, como pastor. Volvió a sonreír. Se detuvo frente a una puerta de madera pintada de gris, sabía que estaría cerrado y con una tranca atravesada desde adentro. Extrajo de su bolsillo izquierdo un pañuelo blanco de rayas marrones y secó la humedad de su rostro, el pedazo de tela impregnado tomó la coloración amarillenta del polvorín que le acompañó durante la caminata entre el puerto y aquella casa. En la mano derecha sostenía tres lirios blancos y agonizantes como antesala de un ramo que llegaría en su tiempo. Llamó a la puerta y esperó. Del otro lado emergieron los sonidos de alguien retirando las guardas de la fortaleza, fue recibido con una sonrisa amplia y un abrazo cálido. Llevaba varios meses sin ver a aquella que le prestaba su alma y sin sentir el latido de su perpetuidad en el mundo. Se dirigió hacia el patio y allí estábamos, sentadas en una mecedora dispuesta en medio del colchón de dalias húmedas y florecidas. Por entre la sombra de los árboles se filtraban los rayos de luz intensa y los cantares de azulejos y golondrinas revoloteaban festejando la llegada. Se acercó, le dio un beso en la frente a mi madre y me acunó en sus brazos. Fue entonces cuando ese hombre miró mis ojos y de manifiesto juró con devoción prístina que obsequiaba su vida a cambio de mi felicidad. 

...

Es por eso que después de tantos pesares y alegrías, de las cicatrices en su corazón no se me ocurre una mejor forma de pedir por su perdón,  sino a través de mi propia versión de un cuento de hadas que imprima el mayor honor a la gesta de mi padre. Pues hasta su nombre, exquisita coincidencia, desprendió la verdad irrefutable de su naturaleza: Guardián, defensor total. Así entonces, a bien tenga el magnánimo creador mantenerme en su estima, pues su bendición me llegó desde la concepción. 

Nunca antes había escrito algo tan personal y complejo, por ello acudo a la tibieza de tu corazón para que encuentre enredado en mis palabras el hilo indeleble que nos une y nos unirá para siempre. 




sábado, 13 de febrero de 2016

Diente de león dorado

El calor de la tarde no dio tregua. Estaban todos reunidos bajo el mismo techo que albergaba tantos años y memorias. Cada lámina contaba una historia o dos. Vendavales, jugarretas, visitantes,  momentos inolvidables y odiosos al rememorar. Esa casa gritaba secretos que agrietaban las pasarelas impecables que habían construido sobre su pasado. Y temiendo al vértigo que suponía mirar hacia abajo, se dedicaron a ignorar los aullidos del otrora y se ocuparon en comentar la crudeza del clima. -El calor de la tarde es insoportable, deberíamos cambiar la hora o la gente no va a asistir-, dijo uno de ellos. -Tal vez es mejor que no venga nadie, así podemos salir de esto más ligero-, le respondieron. 

Se disolvieron las horas entre ires y venires. La caída de la noche en poco había contribuído para desplazar el sopor del atardecer. Las generaciones más jóvenes revoloteaban buscando distraer el tedio. Ellos continuaban esquivando los lazos que los unían como hermanos y mantenían con admirable recelo interacciones distantes y vanas; mas ninguno se atrevía siquiera a mencionar la presencia del cadáver puesto con extrema delicadeza sobre la cama del segundo cuarto. 

Eustorgia vivió 83 años incompletos, prestados y compartidos. Murió días antes de su cumpleaños, tuvo su primer hijo a los 14 y le regaló sus sueños al río. Se empezó a quedar sola desde que nació. Su madre murió durante el parto y nunca conoció a su padre, fue su abuela quien se hizo cargo de ella en los primeros años, después también se fue. Tal vez por esa historia de despedidas obligadas se entregó sin miramientos al primer hombre que le brindó compañía. Aunque él también partió antes de lo esperado, dejándola con una casa y 11 hijos improvisados. Había vivido sus últimos años aislada en aquella casa monumental, con ventanales oponiéndose a los rayos de luz, capas de polvo acumulándose sobre las bailarinas de porcelana, centenares de manchas raizales y mohosas sobre las paredes, pedazos de baldosas que batallaron contra la maleza, y los benditos roedores e insectos como inquilinos asiduos, siempre estuvieron allí. Su enlace con el mundo se limitaba a una sobrina nieta que le llevaba comida y otros neceseres de cuando en vez, comprados con las limosnas de los vecinos y las monedas que sus hijos enviaban; junto con las cartas que ya no leía para compensar las mentiras con ausencia, pues le parecía menos dolorosa. Fue una mujer áspera de corazón coralino, crió a sus hijos con firmeza, sin contemplaciones, convencida que la vida no regalaba nada y el tiempo inmutable pasaría sin dilación. De sus enseñanzas germinaron cuatro profesores, dos enfermeras, un agrónomo, dos panaderos y un cantante, que siendo el menor se le fue saliendo de las manos. Emanuel se le ahogó el día que cumplió tres años. Los otros migraron del hogar antes de cumplir la mayoría de edad, con resentimientos y recuerdos para olvidar. A Toya ninguno la entendió y la fueron dejando desvanecerse en la hediondez de la soledad. 

El día que murió Emanuel, salieron temprano con el indio, dos gallinas, una pata de vaca y otras tantas cosas más para un sancocho de río. En una canoa hicieron varios viajes hasta que todos quedaron en la playa a mitad del Magdalena. Las mujeres acomodaron los trastes, mientras que los hombres arreglaban una enramada para protegerse del sol, luego armaron una pelota de bolsas y empezaron a jugar en la arena. Terminando todos de comer, llegó la hora del baño. Toya se despertó con los gritos. Al llegar a la orilla Marina llamaba, sin fortuna, a Emanuel; todos sus hijos varones estaban sumergidos buscando, pero Emanuel nunca salió. Toya supo por Marina que Emanuel se soltó de sus brazos y caminó unos cuantos pasos antes de hundirse, y a pesar de que Marina, experta nadadora saltó para agarrarlo, sintió el hueco y la fuerza de la corriente que por poco arrastra con ella también. Toya no dijo nada. Se había sentado en el borde sin tocar el agua y contemplaba pasmada las labores de búsqueda de sus hijos. Emanuel se había ido. Cuando cayó la noche les dijo que se fueran en la canoa y se quedó sola en medio del río, envuelta en una noche irónicamente estrellada. Estuvo en aquella playa durante siete días y siete noches. Lloró y gritó desesperada, nostálgica, aterrada, sin sentido, huérfana de su hijo. Ese hijo amado que de haber crecido terminaría aborreciéndola tanto o más que los otros, ese hijo que arrancaba dientes de león y se los enredaba en el cabello mientras dormía. El amor de Dios ya no estaba con ella. 

...

La ceremonia de defunción fue corta y simple. Al templo solo asistieron cuatro personas además de los hijos; tres vecinos y la sobrina nieta; solo ella lloraba. Su llanto se mezclaba con el ruido de los abanicos y las palabras perezosas de un cura afanado por ir a dormir la siesta de medio día. En la procesión al cementerio tomaron el camino más corto. El ataúd parecía perder peso al avanzar y el sol fue abrazado por una nube que permitió cerrar las sombrillas. La gente en el pueblo estaba acostumbrada a ver cortejos escandalosos, con coronas imposibles de cargar y cánticos entristecidos; nada de esto acompañaba a Toya en su último recorrido. Al llegar al campo santo, fue la sobrina nieta quien los guió hasta un punto recóndito detrás de los samanes que ya habían asaltado tumbas olvidadas. Todos los hijos quedaron perplejos al darse cuenta que la cripta que se disponía a ser el destino final de Toya, estaba rodeada de cientos de dientes de león, tan amarillos que incluso a la luz de ese sol opaco, parecían tener pétalos de oro.  Los inundó una nostalgia sobrecogedora que desarmó sus puentes y se lanzaron en caída libre al torrente de los recuerdos. Empezaron a narrar su pasado con cuentos encantados, en los que Toya era una amazona abnegada y luchadora. Por fin podían ver la luz en todo su espectro, y lloraron y rieron durante siete días y siete noches.