Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

martes, 13 de octubre de 2015

Beto, se va a ir la luz

La madrugada fue silenciosa, herméticaLas hojas de los árboles permanecían inmóviles y escurridas. Algunos animales deambulaban por las calles iluminadas de un amarillo tierra. El pueblo dormía.

La respiración de los tres se había sincronizado en un vaivén terapéutico. El arrullador zumbido de los abanicos mantuvo inalterable el transcurrir de los minutos. De repente el cielo sin luna se iluminó con un rayo centelleante, cuya descarga fue a parar en la subestación eléctrica del sur. Se había ido la luz y el pueblo se despertó. Los faros se apagaron dándole paso a las tinieblas y los ventiladores agonizaron, ofreciendo la victoria a un vaho abrasador que antes combatían. Los mosquitos arreciaron en el ataque, bombardeando como camicaces los toldos que protegían a los tresluego de maniobras infructuosas esperaron pacientemente que el sudor los ahogara y los obligara a abandonar la malla protectora. Finalmente, los tres desistieron y en busca de una frescura inexistente salieron de sus refugios, mientras los perseguían nubes de insectos sedientos. 

La abuela fue la primera en abrir la puerta del patio, se sentó en la mecedora armada con una toalla y los ojos cerrados para aguzar su escucha, persiguiendo sonidos lejanos de críos llorones, ancianos acatarrados e incluso amantes desprevenidos. Era delgada hasta los huesos, la tiroides no respetaba su dedicación a la hora de comer, siempre miraba la balanza y el número era más pequeño, dejó de pesarse. Decía que cuando tomó la decisión de no preocuparse por sus males, se curó, sin necesidad de médicos, ni sobanderos, ni brujos; cada vez que lo manifestaba, unas arruguitas risueñas y profundas se formaban en el pliegue de sus ojos brillantes. 

Minutos después apareció el niño, paseó su mirada en la oscuridad del solar ignorando a su abuela y sin pronunciar palabra acercó un balde y lo volteó para sentarse, estaba descalzo y sudoroso. Tenía las huellas del vitiligo sobre sus hombros y la parte izquierda del cuello, sabía que más temprano que tarde esas manchas subirían hasta su rostro y quedaría como una vaca pero al revés. Era lento en el andar y el pensar, y el sopor nocturno lo acentuaba. 

Finalmente, apareció la madre con un velón de santo. Los otros dos sabían que la verían vestida de calle porque así acostumbraba a acostarse, luego que una noche saliera volando el techo de palma por culpa de un ventarrón. Ese día le tocó salir en toalla y mirar desde la casa del vecino como se desplomaba la suya. Era una mujer de semblante taciturno, dolido. Había sido feliz en otra época. Llevaba el cansancio sobre los párpados y la preocupación en el cabello revoltoso. Tampoco dijo nada al llegar al patio. Se sentó en el borde que se formaba al terminar el piso de la casa, puso los zapatos sobre la tierra y el velón a un lado. 

Permanecieron en silencio varios minutos, hasta que se escuchó la voz del niño: -“Mamá, esta noche volví a ver a mi papá, se sentó en la orilla de la cama y me dijo que se iba a ir la luz”-. La abuela y la madre se miraron de inmediato. Sin perder la calma, la abuela le respondió tajante: -“A tu papá se lo llevó el vendaval, la próxima vez que te venga a ver le preguntas dónde cayó para ir a buscarlo”-. Sin poder contenerse la madre emitió una carcajada sonora, acto seguido la abuela calcó su gesto y las dos estallaron en risas y palmadas. El niño volvió a posar su mirada en el fondo del solar, su semblante confundido detuvo la algazara de las mujeres. -“Beto, fue solo un sueño”- le dijo su madre, y se mandó una palmada a la frente aplastando un mosquito que encontró la muerte por codicioso. Volvieron a quedar en silencio. –“Ve y te metes en la pileta, para que se te pase el calor”. El niño la miró con desgano y le replicó: -“No”-. La madre insistió: -“Si te da miedo, yo te acompaño”-. Con los ojos puestos en su abuela dijo: -“Mi papá también me dijo que si me metía a la pileta, te ibas a morir”-. La abuela se estremeció. Y un segundo rayo atravesó el firmamento escoltado por un estruendo que se dejó escuchar pocos segundos despuésCayó más cerca que el primero. -“No me voy a morir porque el ánima de tu padre lo diga. Así que ve a meterte en la pileta para que dejes de decir sandeces”-. Resopló la abuela.  

Los tres se levantaron, se dirigieron hacia el lavadero mientras iban desgarrando la oscuridad del solar con el velón de santo. La pileta tenía agua hasta el borde y estaba rodeada de piedras y bloques de una construcción que nunca terminaba. El niño miró a su madre y esta le hizo el gesto de que se metiera. No había una hoja en los árboles que se moviera, solo el canto de los grillos y unas cuantas luciérnagas escondidas entre la hierba del solar. El niño se subió en el borde de cemento y cuando iba a lanzarse, se resbaló. Las mujeres oyeron el golpe seco de su cuerpo al caer al agua. La madre soltó el velón y se abalanzó dentro de la pileta. La abuela empezó a gritar en el desespero de las sombras, cuando no pudo oír más el chapoteo se arrimó también al borde. No vio nada, no escuchó nada. Se agachó y empezó a tantear hasta encontrar el velón de santo, siguió sus pasos en sentido contrario, volvió a la cocina y logró encenderlo. Regresó a la pileta y vio en el extremo debajo del lavadero los ojos estupefactos de su nieto, asomó el velón de santo sobre el agua y no encontró a su hija. Le llegó el alba convenciendo al niño para que saliera, le hablara o se moviera, solo cuando los primeros rayos del sol se dejaron ver, el niño decidió salir. Lo abrazó y se lo llevó para el interior de la casa, no sin antes revisar una vez más en la pileta. Su hija no estaba. Cuando logró arroparlo bajo las cobijas le preguntó: “Beto, ¿dónde está tu mamá?”, el niño le dijo: “Se fue con mi papá”. La abuela vio tanta convicción en su nieto que no intentó hacer otra pregunta. Cuando iba saliendo de la habitación volvió a escuchar la voz del niño: “Y te manda a decir, que no se lo llevó el vendaval, sino que lo tiraron al río y está cerca de Magangué”.