Cuando escuché esas trompetas, sentí
un llamado de los buenos tiempos, de los lejanos, una sonrisa se posó sobre mis
labios y se extendió en todo mi cuerpo, sonreía con el cuerpo, me levanté de la
silla.
Eran más de las nueve de la noche y
la vena masoquista que llevo dentro decidió escuchar un programa de nombre
Parrandeando, un viernes por la noche en mi oficina ubicada a 40 km de la población
más cercana, en la mitad del Magdalena Medio. Envuelta entre tantas minutas y
solicitudes de pedido, que a pesar de haber estudiado una ingeniería son mi pan
de cada día, me distraje escuchando los sonidos alegres de este lado del charco,
entre Guayacán, Chocquibtown, La India y Mark Antony, apareció el grande, el mío,
el sr. Alvaro Jose Arroyo y supe entonces que sería una buena noche. En efecto,
entre movimientos cadenciosos de cabeza logré agilizar mis tareas manteniendo
la esperanza de acostarme antes de las 10:00 pm. Y como regalo divino, justo al finalizar las
escuché, unas trompetas poderosas de las que imagino en el Olimpo, seguidas de
la inconfundible magia del padre del Mambo Dámaso Perez Prado, allí estaba hipnotizada
bajo una sola pregunta: Qué le pasa a Lupita?
Y fueron justo dos décadas las que
desaparecieron de mis recuerdos para dejarme en 1995 con tan solo 10 añitos en
mi haber, en una tarde de quinto de primaria junto a mis audaces compañeros de
clase y Frank Vides, un profesor entusiasta de ojos claros como el mar que aún
no conocía, carismático y vital, de esas personas que recuerdas aun con el
pasar del tiempo, el mismo que concibió la inconcebible idea de hacerme Lupita.
Y esa tarde esa era yo, La Lupita de Perez Prado, la misma niña famélica que un
par de semanas atrás no sabía bailar Mambo y ahora estaba vestida con tul de
colores y una falda minúscula, muy parecida a las muñecas con las que aun
jugaba. Este fue mi primer encuentro cercano con el Mambo, con aquella conversación
sagrada del espíritu, que se metía entre mis venas y desplazaba todo lo demás por
las ganas incontenibles de bailar como fuera, sorprendente más aun por tratarse
de un alma tan joven.
Mi memoria diáfana en ciertos
detalles, no recuerda otros como por ejemplo cuantas veces nos reunimos al
atardecer para practicar los pasos inventados por el profe Frank, en pistas
improvisadas de baile como la cancha de la escuela mixta o la casa de mi prima
Katty. Mas recuerdo con la claridad del cristal aquel movimiento dancístico en
el cual mis 40 kg se paseaban por encima de las espaldas desnudas de mis compañeros,
yo era la reina, era torpe pero era la reina. No puedo evitar sonreír al
recordar las quejas de aquellos niños cuando mis pies descalzos se resbalaban y
terminaba golpeándolos con mis huesudas rodillas en sus cabezas, mientras ese
profesor convencido de mi talento u obstinado en ello, me brindaba sus indicaciones para hacerlo
mejor.
Todo estuvo listo para el día de la
izada de bandera, la coreografía, el vestuario, la música y nosotros, el
grupito de niños que pretendía danzar al ritmo del Mambo de los dioses y en
frente de aquella osadía, estaba Lupita. Fue una de las mejores tardes de mi
vida y empezó cuando escuché las trompetas majestuosas y mi cuerpo irrumpió
en un vaivén caribe que copiaron mis secuaces. Qué le pasa a Lupita? Alcanzó el
éxtasis al bailar su mambo y su papá la dejó.
Y fue la misma sensación la que me obligó
a levantarme de la silla y empezar a reproducir la coreografía de aquella tarde
en la que bailé con el alma. En la estrechez de mi oficina, con un televisor de
80” por equipo de sonido, un par de decenios más tarde y 15 kilos demás, volví
a ser Lupita.