Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

viernes, 1 de agosto de 2014

Volví a ser Lupita

Cuando escuché esas trompetas, sentí un llamado de los buenos tiempos, de los lejanos, una sonrisa se posó sobre mis labios y se extendió en todo mi cuerpo, sonreía con el cuerpo, me levanté de la silla.

Eran más de las nueve de la noche y la vena masoquista que llevo dentro decidió escuchar un programa de nombre Parrandeando, un viernes por la noche en mi oficina ubicada a 40 km de la población más cercana, en la mitad del Magdalena Medio. Envuelta entre tantas minutas y solicitudes de pedido, que a pesar de haber estudiado una ingeniería son mi pan de cada día, me distraje escuchando los sonidos alegres de este lado del charco, entre Guayacán, Chocquibtown, La India y Mark Antony, apareció el grande, el mío, el sr. Alvaro Jose Arroyo y supe entonces que sería una buena noche. En efecto, entre movimientos cadenciosos de cabeza logré agilizar mis tareas manteniendo la esperanza de acostarme antes de las 10:00 pm.  Y como regalo divino, justo al finalizar las escuché, unas trompetas poderosas de las que imagino en el Olimpo, seguidas de la inconfundible magia del padre del Mambo Dámaso Perez Prado, allí estaba hipnotizada bajo una sola pregunta: Qué le pasa a Lupita?

Y fueron justo dos décadas las que desaparecieron de mis recuerdos para dejarme en 1995 con tan solo 10 añitos en mi haber, en una tarde de quinto de primaria junto a mis audaces compañeros de clase y Frank Vides, un profesor entusiasta de ojos claros como el mar que aún no conocía, carismático y vital, de esas personas que recuerdas aun con el pasar del tiempo, el mismo que concibió la inconcebible idea de hacerme Lupita. Y esa tarde esa era yo, La Lupita de Perez Prado, la misma niña famélica que un par de semanas atrás no sabía bailar Mambo y ahora estaba vestida con tul de colores y una falda minúscula, muy parecida a las muñecas con las que aun jugaba. Este fue mi primer encuentro cercano con el Mambo, con aquella conversación sagrada del espíritu, que se metía entre mis venas y desplazaba todo lo demás por las ganas incontenibles de bailar como fuera, sorprendente más aun por tratarse de un alma tan joven.     

Mi memoria diáfana en ciertos detalles, no recuerda otros como por ejemplo cuantas veces nos reunimos al atardecer para practicar los pasos inventados por el profe Frank, en pistas improvisadas de baile como la cancha de la escuela mixta o la casa de mi prima Katty. Mas recuerdo con la claridad del cristal aquel movimiento dancístico en el cual mis 40 kg se paseaban por encima de las espaldas desnudas de mis compañeros, yo era la reina, era torpe pero era la reina. No puedo evitar sonreír al recordar las quejas de aquellos niños cuando mis pies descalzos se resbalaban y terminaba golpeándolos con mis huesudas rodillas en sus cabezas, mientras ese profesor convencido de mi talento u obstinado en ello, me brindaba sus indicaciones para hacerlo mejor.

Todo estuvo listo para el día de la izada de bandera, la coreografía, el vestuario, la música y nosotros, el grupito de niños que pretendía danzar al ritmo del Mambo de los dioses y en frente de aquella osadía, estaba Lupita. Fue una de las mejores tardes de mi vida y empezó cuando escuché las trompetas majestuosas y mi cuerpo irrumpió en un vaivén caribe que copiaron mis secuaces. Qué le pasa a Lupita? Alcanzó el éxtasis al bailar su mambo y su papá la dejó.

Y fue la misma sensación la que me obligó a levantarme de la silla y empezar a reproducir la coreografía de aquella tarde en la que bailé con el alma. En la estrechez de mi oficina, con un televisor de 80” por equipo de sonido, un par de decenios más tarde y 15 kilos demás, volví a ser Lupita.