Caminando cerca del cielo

Caminando cerca del cielo
Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

viernes, 25 de diciembre de 2015

La Laguna Encantada

Aún le es confuso cómo terminó al borde de la plataforma, en medio de una noche de pocas estrellas, rodeada de oscuridad, de brisa salobre, de las voces del mar. Jesús, la sacó de su letargo al insinuarle con voz taciturna que no había peligro alguno, pues se encontraba en la cuna de los peces. Era un hombre delgado, amasado al sol, de ojos pequeños en donde se escondía la serenidad de una vida bien vivida. Sus manos eran enormes y amarillas. Tenía una manera de hablar particular, de momentos con elocuencia purista y sin previo aviso hablaba como lo hacen los niños, despreocupado de necias conjugaciones, sin miedo a inventar palabras, mas en cualquiera de los casos lo hacía con una sorprendente sabiduría natural.  

La travesía había iniciado ya entrada la noche. Jesús estaba sentado debajo de la maloca, esperando. Se le veía absorto en la penumbra, hipnotizado por el movimiento indeciso de una vela. Tanta era su concentración que tuvo un sobresalto cuando sintió la presencia de los visitantes. Como si hubiera cometido una imprudencia, se extendió en una disculpa inesperada y explicó con ese saber nativo que mal hiciera en dejar en el ambiente la impresión de ser una persona miedosa, cuando estaba a punto de llevarlos a vivir una experiencia que demandaba confianza incuestionable. Solo hasta tener sus pies al borde de la plataforma, entendió la pertinencia de las palabras de Jesús.

El recorrido consistía en cruzar parte de la isla caminando, hasta llegar a la embarcación que surcando el borde isleño y atravesando algunos manglares los llevaría a la Laguna Encantada. Se le había olvidado cómo era caminar acariciando la maleza, saboreando la humedad, deleitándose en la sinfonía de los insectos y las olas, tanteando la arena debajo de sus pies; ahora que todo aquello ocurría, sus labios se derretían, su piel erizada y sus ojos lacrimosos con dificultad, apaciguaban los sobresaltos de ese corazón cimarrón galopante y desbocado debajo de sus senos. Atravesaron el camino en silencio, con la expectativa a flor de piel. Llegaron a un puerto improvisado y esperaron mientras Jesus ponía a flote una canoa que según él comentaba, era comunitaria. En esa isla de menos de cien habitantes, las cosas no se perdían, solo las personas en el mar. Sin embargo a esa hora las olas menguaban y el campo de aguas era cálido, perfecto para un paseo en bote. Unos minutos después de iniciada la navegación se dio cuenta de algunos peces pequeños y delgados saltando incansables junto a la canoa. De acuerdo con Jesús, se sentían atraídos por la luz de la linterna. Se entregó a profundas cavilaciones sobre la necesidad de muchos seres por la iluminación tanto física como espiritual, la misma necesidad que la empujó a realizar ese viaje imprevisto. Se sentía diferente.

Había renunciado a su trabajo, finalizado una relación sempiterna,  vendido su apartamento y desaparecido del mundo conocido, refugiándose en aquella isla minúscula del Caribe. Ahora vivía en una choza de caña brava y techo de palma, que ostentaba un lecho frugal con toldillo, un bombillo de fulgor débil y amarillento, una cómoda de madera, una mesa de noche con superficie de vidrio y un cuadro tornasolado de una palenquera en carnaval. El baño por otro lado tenía dos baldes, uno con agua dulce y otro con agua de mar, el inodoro y un espejo manchado que a su concepto tenía el mejor reflejo visto jamás. Mientras más repasaba ese inventario, más convencida estaba, no le hacía falta nada. Era diferente. Por eso cuando Jesús le preguntó de dónde era, le respondió: -Yo nací aquí.

No pudo contener la desilusión al entrar a la ensenada y ver el brillo mezquino de la luna rezagada sobre el cristal negro, parecía arroparse con las nubes traslucidas y reflejarse de soslayo en su piel. Esa oscuridad sugerente se apoderó de todos los visitantes. El agua permanecía inmóvil, el sonido del mar se hizo cada vez más lejano e incluso la brisa se tornó densa.   Atracaron junto a una arcaica plataforma metálica y se sentaron en torno a un círculo para escuchar la antesala de Jesús. Él sin embargo, fue breve en su intervención y los instó a dar un salto hacia la negrura de la Laguna Encantada. Esta laguna llevaba ese nombre debido a un fenómeno particular consistente en que las algas que proliferaban en ella, emitían una luminiscencia verdosa con el movimiento. Todos rehuían de la invitación, cada uno escudriñaba la mirada furtiva del otro, aún más esquiva por la carencia de intensidad en la luz de aquella vieja linterna. Lo cierto era que aquel lecho acuático solo inspiraba el más alto grado de incertidumbre, la vacilación se percibía en el ambiente y ni siquiera los hombres que parecieron osados durante el trayecto, emitían palabra alguna dejando entrever un acto de gallardía. Ella tampoco era la excepción, hacía tan solo unos segundos filosofaba acerca de su irrevocable necesidad por la iluminación, ¿cómo entonces lanzarse en aquel vacío marino del que nada conocía?. 

Y lo sintió. Su visión del nirvana fue brillante, la liberación inmediata la inundó, se esparció en todo su ser el regocijo por el reconocimiento de la verdad, la renuncia completa a los pocos vestigios que aún se aferraban a esa vida pasada, ahora distante, incomprensible. Sin pensarlo, dio un salto a las tinieblas de ese abismo con la completa convicción de estar bien, simplemente bien. El segundo que duró el salto se quedaría grabado en lo más profundo de su conciencia, así como la sensación refrescante al sumergirse en la cuna de los peces.     

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Los visitantes quedaron estupefactos, inmóviles ante aquel reflejo súbito de una mujer que no habían escuchado pronunciar palabra, solo se veía sonreír y estallar en carcajadas al aproximarse con admiración infantil a la naturaleza de su alrededor. Sus miradas buscaron ansiosas el lugar de donde provino el sonido producto de su cuerpo al tocar el agua y vieron atónitos el festival de luces y destellos que se activó, iluminando sus brazos y piernas, enmarcando el placer en su rostro. Parecía flotar en el vacío y estar vestida de miles de luciérnagas. Finalmente volvieron a escuchar su risa.