Caminando cerca del cielo

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Laguna Verde - Uyuni - Bolivia

domingo, 25 de enero de 2015

La insoportable levedad de Evangelina

-“Creí que yo era una buena persona”-. Dijo Evangelina en voz alta a sabiendas que nadie más que ella escuchaba esa verdad. Eran las 5:07 am, una hora extraña para programar el despertador, pero seguía rebelde ante las ataduras que indicaban que la hora de terminar el sueño debía ser en punto. Se decía que ella podía acabar con su sueño a la hora que quisiera y así lo hacía, sonreía al saberse inmersa en reflexiones tan fútiles.

Se había entregado a la faena diaria con la ilusión que produce el último día laboral de la semana, en cumplimiento estricto de la consigna: Mantén tu mente ocupada. Parecía lograrlo, hasta que el destino que desde hacía algún tiempo parecía empecinado en hacerle la vida a cuadros, se atravesó en su mañana y se dejó tentar. Al final del día coincidiría con aquel hombre que neciamente ejercía un efecto seductor en ella y del que ya sabía que nada debía esperar.

A punta de mentiras se dio el valor suficiente para ese encuentro, o tal vez por un momento creyó tener la fuerza necesaria para evitar sucumbir ante tal presión. ¿Pero qué tiene un gato en su cabeza al pensar que puede hacerle frente a un tigre? Así que se subió al carro y condujo.

Lo había conocido hacía un par de meses. Desde el momento que lo vió, supo que su autocontrol estaba en función de la distancia y por tanto mientras más lejos menos peligro, pero había sido solo un pensamiento que decidió ignorar por instinto, ese instinto errático del que se quiere equivocar. Como siempre buscó un paralelismo de aquel nuevo personaje con algún libro que hubiera pasado por sus manos, esa mala costumbre de estarlo comparando todo, como si sirviera de algo. Primero, intentó reflejarlo en una versión un poco menos excéntrica del impredecible Zaphod Beeblebrox, luego fue precisa y vió entre sus ojos a Tomás, el Tomás de Milan Kundera y otra vez siguió su instinto. Atando esos cabos que solo una mente con problemas logra enredar, recordó a Nietzsche y su endemoniada idea del retorno eterno. Cavilaba insistentemente entre aquella comodidad exagerada a su lado y la familiaridad con la que podía conversar con él, como si fueran conocidos de toda una vida o quizás dos. ¿Apenas llegaba o estaba volviendo?, se preguntaba una y otra vez.  Mas esa no era la pregunta adecuada y pasó mucho tiempo antes de hacer la única pregunta que era válida y que de haber sido indagada en un principio le habría ahorrado varios dolores de cabeza.

A pesar de todo, ese día no hubo escapatoria, no la quiso y se dejó arrastrar por remolinos de buenas intenciones, no tan buenos deseos y poca fuerza de voluntad. Se entregó a la más primaria de las emociones y se convirtió en una mujer de esas que tanto aborrecía.  Sabía que el amor no se manifestaba en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a una única persona, podía leer en los ojos de aquel, que nada tenía que ver con el amor. Siempre esperaba lo mismo, cuando nada debía esperar.

Al despedirse de él se hundió en un trance entre la euforia y la indecisión, no terminaba de comprender cómo en ella podían coexistir esos dos seres tan diametralmente opuestos que ahora batallaban en su interior. Había atentando de forma consciente contra su atesorada integridad, no obstante la verdadera fechoría consistía en que aún no lograba ponerse de acuerdo entre el arrepentimiento o la satisfacción.

Pasaron muchas horas antes de resolver algo, lo que fuera. Se apeó a un lado de la vía; sin alzar mucho la mirada sabía que estaba en el lugar perfecto, se regaló unos minutos para contemplar: “Nunca me había gustado tanto el río", indiferente en decirlo o solo pensarlo. Tomó una hoja de la agenda que siempre llevaba consigo, en la que consignaba las ideas más disímiles apuntadas por una misma persona,  y escribió con letra minuciosa: No es por la culpa, sino por los anhelos. Dobló el papel, lo dejó sobre la silla del pasajero, guardó la agenda y revisó que todo estuviera en su puesto dentro de aquel vehículo. Salió y cerró la puerta tras de sí, se aproximó a la baranda del puente  y saltó…



-“Creí que yo era una buena persona”-. Grito Evangelina, rogando que alguien la escuchara, miró el reloj, eran las 5:07 am y tímidamente sonrió.