Advertencia:
La siguiente entrada se genera, como las demás, por el mero gusto adquirido de escribir creyendo que nadie lee. No se trata de una disertación o ensayo o análisis literario, mas un simple, muy simple comentario sobre algo que se ha leído. Como aquellos que se emiten al salir del cine, carentes de fundamento teórico o contexto propiamente dicho. Es por tanto que usted, ese que de seguro por equivocación se encuentra leyendo esto, deberá tener presente que quizás lo siguiente no le aporte en nada y por el contrario pudiera revelar algo que le impediría disfrutar a cabalidad del goce natural de un cuento singular y a su vez cortado a la medida de los más tradicionales. A partir de este punto, continuar es su decisión.
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Hace un par de días estuve leyendo a Julio Cortazar, con su Carta para una señorita en París. Debo confesar que en todas las artimañas que él usó para lectores fáciles, he caído. Me distraje con el título y al entender el meollo del asunto, la excitación y la sorpresa se entremezclaron complacidas y con un toque de vergüenza. Como cuando alguien te descubre con un placer culpable.
La espera en la exposición del conflicto me resultó exquisita, justa la medida para un cuento. Y la resolución del mismo, insisto, diseñada para lectores impresionables, inundó de satisfacción todo el recinto en el que me encontraba. No le exijo nada más.
Ahora bien, adentrándome un poco en el tema culposo del personaje, aún cuando no es mi fuerte, por demás que si tuviera alguno, las cavilaciones del mismo sobre la carga que lleva en sus hombros es tan humana como cualquier culpa, porque la culpa nace de la autocrítica y esta nada tiene que ver con la razón, mas con la sociedad. Así pues, mientras más necio sea el estándar que se ha transgredido, el parámetro que se ha burlado, mayor la recriminación propia que recae sobre el ejecutor. Y es en este punto donde, a pesar de lo inverosímil que resulta la razón, se puede sentir identificado el lector, pues ¿quién no se ha sentido culpable por algo? Sea entonces dicho que la especialidad expuesta por Cortazar en su cuento corto, endulza, enreda, acusa y por último, te saca de la silla de un golpe o ¿por qué no?, te tira al tejado sin más.